Alquilados o a casas de familiares llegan Venezolanos a Portugal

Alquilados o a casas de familiares llegan Venezolanos a Portugal

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En Madeira, el venezolano promedio se alquila en los llamados T2, apartamentos de dos habitaciones cuyos precios van desde 500 a 1.200 euros

Julio Materano

Es, junto con el turismo, uno de los catalizadores de la economía de Madeira. Y fue, hace al menos siete años, un mercado en ebullición que aún goza de algunas prebendas: créditos, plazos muertos y facilidad de pago. Se trata del comercio inmobiliario, un sector cuyas construcciones más nuevas tienen una edad promedio de 15 años y alcanzan la estrambótica suma de hasta 350 mil euros. Todo un lujo en una isla donde la media de ingresos  es de 600 euros por mes.

La adquisición de inmuebles es apenas una de las vertientes del rompecabezas inmobiliario, un nicho encarecido, influenciado esencialmente por extranjeros y por los lusovenezolanos que se reparten, con las dificultades de sus dramas, los roles de propietario y arrendatario.

Con un crecimiento de 2,1% en 2018, dos décimas por debajo de la previsión presupuestaria, Portugal registra un desarrollo que, en la práctica, se refleja poco en el presupuesto familiar. La venezolana Carolina Pereira, gerente de Century21, una concurrida agencia inmobiliaria en la isla, asegura que son pocas las familias retornadas que tienen capacidad para adquirir una propiedad. El mercado, dice la agente, está dominado en gran medida por extranjeros y por la diáspora venezolana que en el mejor de los casos viene al rescate de una herencia, retorna para ocupar una casa dejada o alquilar algún inmueble pequeño.

Y a juzgar por las peticiones que reposan en sus archivos, los venezolanos engrosan las listas de familias en busca de arrendamientos, en su mayoría apartamentos dos habitaciones, con precios que oscilan entre los 500, 800 y 1.200 euros, montos sobre los cuales inciden la calidad de los muebles y las facturas de los servicios básicos.

Hoy la anémica oferta de inmuebles hace de la búsqueda una tarea complicada, una pesquisa engorrosa que inicia por redes sociales. En muchos casos el cobro por adelantado de tres meses de depósito empeña el capital inicial de quienes llegan sin trabajo y con los recursos contados. Como Brian Evans, un venezolano que busca a contrarreloj un alquiler en Funchal. Al igual que Evans existen familias enteras que lo dejan todo en Venezuela para acomodarse en un garaje, en un anexo o una casa minúscula. Lo hacen echados a la suerte, ganados a la idea de que conseguirán, cuanto antes, un trabajo de ingresos modestos que le permita cubrir los gastos básicos; una aspiración que inicia desde Venezuela, con mares de por medio.

Pero la isla no siempre gozó de predilección. Carolina Pereira recuerda la Madeira de hace 40 años. Entonces era solo un archipiélago demacrado y de carreteras mezquinas. Era una región de caminos pedregosos que serpenteaban el lomo de cuantas colinas escabrosas fijaban las distancias entre pueblos.

Para quienes residían en los márgenes de Funchal, buena parte de la vida trancurría, inevitablemente, en sus caminos enjutos, donde los carros retrocedían hasta eludir la estrechez del único carril, casi siempre de aspecto esquelético y a veces de tierra amarilla. Carolina, quien suma casi una década de experiencia en el negocio inmobiliario, dice que su  familia tardaba una hora y 45 minutos en llegar a Ribeira Brava, al norte de la isla, donde residían sus abuelos paternos. Un municipio de casas maltrechas.

El trayecto era largo y el camino trepidante. Los pasajeros temblaban por el agite del carro. Llegaba crispada, con la carne erizada y sin aliento. Durante el camino, Carolina alternaba sus desmayos nauseabundos con los pasmos producidos por los vómitos. Tal vez rejurgitaba la Madeira más agreste. Y su papá se paraba en el túnel de San Vicente, donde la entonces niñas se bajaba y caminaba 50 o 100 metros hasta recuperarse del soponcio.

Hoy es la Madeira más urbana la que seduce a los visitantes. Y los créditos, con plazos de hasta 40 años, son tal vez el mayor incentivo, a veces de doble filo. “Se requiere entre 10% y 30% de la inversión para solicitar un crédito para una vivienda. Pero para el portugués, que tiene poca posibilidad de ahorro, es más complicado comprar una propiedad”, advierte la gerente de Century21 . En ocasiones, la petición de un crédito deviene en el retorno aparatoso a la casa materna. “Muchas veces las parejas se devuelven la casa de sus padres porque optan por alquilar la propiedad para saldar la deuda con el banco”, cuenta.

Madeira, una isla que recibe a la diáspora venezolana, también sufre en gran medida su propio éxodo. Cada vez más personas, entre 28 y 40 años, se marchan a otras latitudes en busca de mejores ingresos. Carolina Rodríguez dice que emigran para conseguir lo que quieren: casa, carro y estabilidad. Algunos viven asfixiados por los giros de los créditos y pretenden hacerse solventes con los ingresos que perciben en otros países.

“En una ocasión hubo personas hasta con dos y tres créditos. Y algunos se vieron obligados a entregar las propiedades a los bancos por el incumplimiento de los pagos. Hoy el mercado es más equilibrado”.

La carrera por adquirir una casa en la medianía de la vida, explica experta inmobiliaria, tiene un componente cultural. Está practicamente impresa en el ADN de los portugueses. “Los padres les dicen a los hijos debes trabajar para tener tu casa, y de inmediato los jóvenes asumen la carga de un crédito. Y los venezolanos se acomodan a sus circunstancias”, dice.

Pero la situación no les permite ser más que inquilinos. En países como Bélgica, por ejemplo, las familias solo son ocupantes. “Hay un grupo de personas con mucho dinero que son propietarios y alquilan”. La mayoría no tiene para comprar una casa y existe una bolsa de inmuebles que le toma el pulso al mercado, con lo cual y la población no hipoteca su vida al intentar comprar una vivienda.

A diferencia de lo que se cree, los expertos inmobiliarios, aseguran que las viviendas son un pasivo. “Las propiedades demandan inversión, cuidado y pago de servicios”. Los corredores ponen sobre la mesa el negocio de pisos para fines turísticos. Cada vez más familias optan por poner sus inmuebles en sitios que lo ofertan, por elevados precios, a turistas.  En este caso los tenedores deben tributar 8% de sus ingresos versus 0.8% por alquileres orinarios. La modalidad se pone de moda entre familias de pocos recursos, que pretenden capitalizar dinero con sus propiedades.

No se trata de un capricho sin fundamento. Es la tentación del turismo en un destino de puertas abiertas.Por quinto año consecutivo, Madeira es considerada el mejor destino insular, una declaratoria sobre la que pesa la baja tasa de criminalidad, la seguridad social y las buenas condiciones de vida y, por supuesto, la calidez de su clima. Toda una tentación para los turistas de Europa que llegan ávidos de calor.

Sin embargo, para 70% de la población de Madeira, cuyos ingresos se ciñen a lo mínimo, según cifras extraoficiales, resulta difícil acceder a una propiedad. El problema no solo se extiende a los alquileres, un mercado que ha languidecido por la poca oferta de trabajo y los bajos sueldos, arropa también otras áreas vitales.

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