Los transeúntes de Sabana Grande dan la bienvenida a la mañana con un café humeante preparado por Arturo Pinto de Abreu, en el local donde ha trabajado por muchos años. Quien podría imaginar que junto a esa máquina de café ocurrieron varios de sus mejores momentos, como el día cuando decidió que se quedaría en Venezuela o cuando conoció a la mujer que poco tiempo después se convertiría en su esposa, pero ese capítulo lo contaremos más adelante, ahora vayamos al principio.

Sus padres (llamados Manuel Pinto y María José) eran de Curral das freiras, fraguesía del Consejo de Cámara de Lobos, la misma región donde nació y creció. “Salí de mi tierra con 17 años de edad ya que mi papá no quería que fuese al cuartel, porque después de los 18 ya debías quedarte sirviendo en el ejército. En ese momento la situación era difícil y los varones de la familia tuvimos que emigrar mientras que mi madre y mis hermanas se quedaron en Portugal. Mi padre se fue a Curacao y mi destino fue Venezuela”.

A bordo del Auriga
Vino en el trasatlántico Auriga, inscrito en la matrícula naval de Nápoles, propulsado por dos máquinas alternativas de triple expansión, con una potencia total de 5 mil caballos acopladas a ejes independientes, que le proporcionaban una velocidad de 14 nudos con buen tiempo. El barco pasó al servicio de Venezuela y Centroamérica el 22 de enero de 1951 y pasó muchos años transportando inmigrantes a nuevos horizontes.
“Pasé ocho días en el barco, fue un viaje muy fuerte, agotador. Además, en el trayecto pensaba en el futuro, en todas las metas que lograría pero además en la falta de experiencias. Son esos momentos cuando alguien que te aconseje se vuelve muy importante para enfrentar la vida. Afortunadamente Dios siempre lo guía a uno y eso me daba mucha seguridad”.

En el puerto de La Guaira fue recibido por uno de sus hermanos y un cuñado. Vivió en La Pastora, después en el Cementerio, Prado de María, Las Acacias y Sabana Grande. Trabajó desde el primer día en este país: “primero labré la tierra, luego me emplearon en un abasto y me asignaron acomodar frutas, pero yo me esforzaba por hacer de todo porque desde muy pequeño sabía que debe ganarse la vida dignamente. Se trabajaba 15 horas al día, no teníamos días libres, ni siquiera en Semana Santa, intermedio de año o 24 de diciembre, porque todos los días eran buenos para recibir a los clientes, asear el local o arreglar los pedidos”.

Amor a primera vista
El personaje que entra en esta escena es una joven proveniente de Punta de Sol. Su padre falleció cuando ella tenía 4 años y su madre sacó adelante a la familia. Decidieron mudarse a Curacao y vino a Venezuela para visitar a un hermano que ya estaba en Maracay. Casualmente se quedó en el mismo edificio donde se encontraba el local del señor Arturo y al llegar lo vio, él estaba trabajando con la máquina de café y en ese instante les cambió la vida: fue amor a primera vista.

“Ella era soltera, muy linda, de gran corazón y con buenos sentimientos. Así que entablamos una amistad y, poco tiempo después, nos casamos y tuvimos dos hijos. Recuerdo perfectamente aquel día, como si fuese ayer, era el 19 de enero de 1969 y cuando ella entró a la iglesia yo estaba emocionado”.

En su hogar Portugal siempre estuvo presente, desde la comida hasta la música, “tanto por nosotros como por mi suegra, quien siempre quiso vivir al lado de su hija y eso me pareció lo mejor. Fue como una madre para mí, tenía un carácter muy tranquilo, nunca se quejaba, trataba con mucho cariño a nuestros hijos y tengo bellos recuerdos de ella”. Muchos años después su suegra falleció y su esposa presenta altibajos de salud, pero lo asume con un gran espíritu.

”Emigrar es un reto muy duro”
Volvió a Portugal cuando tenía 26 años, en la década del 60 cuando murió su padre. En ese momento deseaba quedarse allá pero otra vez el cuartel fue un obstáculo porque tenía que presentarse y servir. Así que se devolvió, pero siempre con la nostalgia en el corazón, “es que uno sale muy joven, deja los amigos y la familia. Por eso, a los venezolanos les digo que emigrar es demasiado difícil. Puedes hacer un hogar lejos de tu tierra, pero se sufre y se trabaja muy duro”.

Aun así, don Arturo aprendió a querer a los dos países. “Me emociono cada vez que escucho el Himno Nacional de Portugal o alguna canción de allá y también cuando tocan el de Venezuela. Terminas con el corazón compartido”.

Periodista de Planta vurdaneta@correiodevenezuela.com Egresada como Comunicadora Social de la Universidad Católica Andrés Bello y con un postgrado en Gerencia Educativa en la Universidad Santa María. Ha trabajado en medios como Meridiano, La Voz y Radio Capital. Fue miembro del Instituto Portugués de Cultura y se ha desempeñando como docente universitaria, además de impartir talleres literarios a niños y adolescentes. Forma parte del equipo de periodistas del CORREIO da Venezuela desde 2004. Se declara una admiradora de la cultura portuguesa, sobre todo de su literatura y su fado. “Gracias al periódico he conocido una gran comunidad, ejemplo de trabajo y perseverancia”.

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