Barberos lusovenezolanos le toman el pulso al desconfinamiento

Madeira, que es considerada la isla de la eterna primavera­, también podría ser contada por sus peluqueros. Desde el anhelo de orden, de pulcritud y desde la urgencia que moviliza a los barbudos hasta los salones de belleza

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Julio Materano

La normalidad, si es que la hubo, reclama su paraje en Funchal. Con la anémica rutina instalada en Madeira, un paraíso turístico huérfano de viajeros, los barberos —que madrugan el letargo impuesto por la cuarentena— han sido de los primeros en retomar la calzada para atestiguar el desmoronamiento económico tras la peste.

Son, en la práctica, las primeras voces que brotan detrás del vendaval en el que se ha convertido la pandemia. Y representan, con su pulso afilado, el regreso a la palabra compartida.

Los rapabarbas de oficio legitiman la práctica del lenguaje común que se gesta frente a espejos limpísimos que retratan la realidad en primer plano.

Madeira, que es considerada la isla de la eterna primavera y cuya vanidosa industria hotelera presume del arrogante récord de 7,5 millones de pernoctas por año­, también podría ser contada por sus peluqueros. Desde el anhelo de orden, de pulcritud y desde la urgencia que moviliza a los barbudos hasta los salones de belleza.

Quienes comercian con la pulcritud se han preparado para atender a su público con cita previa. Las listas de espera y la incertidumbre por la ausencia de protocolos para la atención masiva se imponen en las jornadas.

Pero más allá de la hojarasca remolcada por la pandemia, de la confusión y de los nubarrones de quejas compartidas, están los rapabarbas, los remendones del caos que se posó, sin previo aviso, en cuanta melena revuelta sucumbió a la tentación del desgreñe.

Durante los casi tres meses de cuarentena, el encierro y el aislamiento anidaron en los pelos enmarañados, como ocurrió con las camas deshechas. Tal vez era el aspecto, ajado, antiestético, que había cobrado el coronavirus puertas adentro, una enfermedad que ha cobrado casi 1500 vidas en Portugal y no tarda en alcanzar los 35 mil infectados.

Tras la flexibilización del distanciamiento social, muchos recurren a los amos de las tijeras para recomponer su apariencia desfachatada.

Con esa corriente a su favor, no es difícil conjurar un pronóstico favorable para quienes viven de podar melenas. Pero, al igual que ocurre con otros gremios, los cortapelos ponen en duda la rentabilidad de su trabajo.

Más del 80% de la población empleada perdió un cuarto de su poder adquisitivo y muchas familias batallan para hacer frente al pago de servicios. Agua, luz, gas, internet, gasolina, comida y alquiler son aún facturas por liquidar.

Gustavo Ibáñez, un lusovenezolano que arribó a Madeira en 2016, presagia lo que cree será el panorama para un sector que se debe, en gran medida, a las canas y a la vanidad de sus clientes.

«Sabemos que va a pasar mucho tiempo hasta que todo vuelva a la normalidad. Yo, que en noviembre alquilé un establecimiento a una inmobiliaria para trabajar como barbero, tuve que entregar el local en plena cuarentena porque sabía que no podía responder a tal responsabilidad. Ahora debo trabajar martes y miércoles a domicilio como lo hacía antes», relata el migrante y padre de familia.

El regreso a la vida social, la experiencia de hablar, murmurar y compartir dramas personales, pasa por el filo de quienes componen cogotes desarreglados y remedian melenas desveladas, de sesos tupidos.

No por nada Maese Nicolás, el barbero inquisidor de El Quijote, representa la voz universal de la razón, una responsabilidad que incluso hoy, en pleno siglo XXI, aún corre por cuenta del gremio.

«El barbero es como un psicólogo, todos le cuentan sus dramas personales. Mucha gente se la está viendo difícil. No tienen cómo pagar alquiler y fueron despedidos. No culpo a los empresarios, pero creo que se podría hacer más. Nosotros, que venimos de un país en crisis como Venezuela, donde se vive sin gasolina ni agua ni luz sabremos afrontar las adversidades», vaticina Gustavo.

La imagen de los trabajadores desinfectando las paredes, suelos, muebles y equipos, después de la flexibilización oficializada por el gobierno, resume la vida después del confinamiento, una muy distante de la antigua, que transcurre detrás de las mascarillas descartables.

Las autoridades, hasta ahora, no han detallado en profundidad las pautas a seguir en estos centros de estética. Y reina la incertidumbre en un sector que estuvo muy cerca de ser reconocido como trabajo esencial.

Mientras estallan los tímidos amagos de normalidad, la isla de economía insomne y de cajas registradoras desiertas, es escrutada por sus fígaros andariegos, trabajadores por cuenta propia que, sin pedanterías ni complejos de mando, diseccionan las historias domésticas de quienes se dicen aplastados por los escombros de una economía ahora casi en ruina.

Las parejas desempleadas, los hogares de venezolanos que se declaran en bancarrota y los que recurren a otras familias para no quedarse en la calle o para arreglárselas en un alquiler compartido también constituyen el saldo de la peste.

Se trata de una enfermedad cuyo mayor síntoma se evidencia en los fondos familiares, en los presupuestos rotos, venidos a menos en una región autónoma donde, según ha reconocido su gobierno, más del 90% de la actividad económica está subordinada a los turistas no vienen.

Madeira, el archipiélago de 250 mil habitantes, que presume —con toda razón— de alojar, y entretener cada año a 1,5 millones de excursionistas peregrinos del lujo y la naturaleza, ahora parece desnuda ante el abandono, desvalida o, mejor dicho, frágil frente a los dictámenes desmoralizados de su gente, que dispara por dondequiera sentencias de desesperanza y conjeturas anticipadas de caos.

Porque ahora todo es desempleo, miedo, ambigüedad y provisionalidad sin desenlace. En Madeira, que es considerada un rinconcito del cielo en el Atlántico, nada parece ser lo que era. Los viernes transcurren con aires de domingo, y domingos son to—dos—los—dí—as. Los estudiantes siguen sin ir a la escuela y los abrazos y besos constituyen un cóctel mortífero. Ahora todos son saludos raudos, malogrados, echados al aire.

Es la contradicción en la que ha devenido Funchal, un territorio que por quinto año consecutivo ostenta el título del mejor destino insular de Europa y que, de momento, no le hace mérito a su corona.

Solo en enero de este año Madeira registró 539 mil dormidas, según el Instituto Regional de Estadística, lo que se tradujo en un ingreso de 25,6 millones de euros para el sector hotelero.

Pero en Portugal, donde la pandemia descabeza la actividad turística, los viajeros, que son el motor de la nación, no llegan a los aeropuertos restringidos. Ahora peligran puestos de trabajo y el archipiélago podría estar muy lejos de la tasa de 7% de desempleo que registró en 2019.

De casi todo el abanico de ocupaciones empíricas existe una que, sin ser la cura a un bolsillo malogrado, supone un alivio para quienes se dicen apóstoles como Gustavo: barbería.

Con tres años en Madeira, Gustavo es tal vez una de las caras visibles de un oficio que si no es el primero de la diáspora criolla, es el de mayores adeptos.

¿Cuántos venezolanos, sin ser rapabarbas de oficio, han dejado el país con la pretensión de ganarse la vida con tijera y navaja? Tal vez sea una cuestión difícil de responder. Lo que sí parece obvio es que para Gustavo, quien se hizo barbero en sus últimos días en Venezuela, ha sido una balsa.

En Madeira cambió su postura rígida y la bienvenida parsimoniosa detrás de una recepción de hotel sin estrellas por una cámara y una computadora, sus principales aliados para agitar las redes sociales. Porque Gustavo fue durante siete años recepcionista de un hotel en Chacao y ahora desarrolla una marca: @vzlabarberpor, un perfil en redes sociales que es la síntesis del ingenio criollo y de su gusto por la barbería.

Animado por el fracaso de generenciar su propio local, ha tenido que retomar su barbería en su comunidad de Boaventura, en las afueras de Funchal. «La primera vez abrí mi negocio no recibía a ningún cliente. Entonces me iba de casa en casa con un espejo, que tenía la bandera tricolor, y mi maleta roja con todas mis herramientas de trabajo, como lo hago ahora».

A sus 36 años, se gesta su propia carrera como influencer, como uno altruista que destina parte de su tiempo apoyar causas sociales. Su mérito le viene de su habilidad para manejar las redes sociales, un mundo que le resultaba ajeno antes de llegar a Madeira.

En medio del duelo por la mudanza de país, ha logrado construirse un propósito, uno que tiene a Venezuela como eje central. Gustavo nació en Caracas y vivió buena parte de su vida en Propatria, pero su cadencia andina delata sus primeros años de vida en El Vigía, estado Mérida, cuyo gentilicio parece haberse instalado, inalterable, en su carácter.

Dice que salió del país para eludir la inseguridad y sobre todo para escapar de un Estado que imponía la trama de la «revolución» en las aulas. «Mi esposa, que era docente en una escuela del Distrito Capital, veía con preocupación cómo el Gobierno los obligaba a adoctrinar a los niños. Y como padre de un bebé, que en ese entonces tenía un año, estábamos desesperados. No queríamos eso para él».

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