Bibliotecas dejadas por la diáspora son una segunda oportunidad para la lectura

Bibliotecas dejadas por la diáspora son una segunda oportunidad para la lectura

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A propósito del Día Internacional del Libro, que se conmemora cada 23 de abril, los lectores se quejan de la ausencia de novedad en el mercado y las editoriales locales hacen su máximo esfuerzo para no morir

Julio Materano

En un país donde se impone la urgencia, la industria editorial no se salva del zarpazo de la crisis. La complejidad es tal que los espacios culturales se hacen cada vez más estrechos y el placer de la lectura compite con el ardor del estómago. Hoy los lectores más asiduos se debaten entre las necesidades básicas y su gusto por la tinta y el papel, la forma universal en la que se materializa la literatura.

Con una Venezuela en recesión, las librerías venden cada vez menos textos, las editoriales no tienen dólares para imprimir ejemplares ni para traer nuevos títulos. El cierre de Lugar Común, ocurrido en año pasado, en Altamira parece ser prueba de ello. Sin embargo, por cada lugar que fenece nace otro. Y aquí viene lo que quizá sea la mayor muestra de rebeldía: La Poeteca, una apuesta arriesgada, dedicada a la poesía, que nació ese mismo año en Las Mercedes. Pero también existe una realidad que por ahora luce inaplazable: la hiperinflación que reduce la oferta de títulos.

A propósito del Día Internacional del Libro, que se conmemora cada 23 de abril, los lectores se quejan de la ausencia de novedad en el mercado y las editoriales locales hacen su máximo esfuerzo para no morir. Quizás sea poco o casi nada lo que hay en el mercado nacional de Ida Vitale (Montevideo, 1923), la poeta uruguaya, de 95 años, que recibió hace pocos días el Premio Cervantes 2018 de manos del rey Felipe VI. La oferta es a cuentagotas.

Para quienes surcan el mar de la industria editorial, el momento de mayor esplendor quedó anclado en los años 2010 y 2011, cuando aún existían grandes empresas como Océano y Anagrama. Desde entonces, el acceso a los dólares se ha vuelto cada vez más enrevesado, existen trabas y la prioridad del Estado es otra, según libreros.

Katyna Henríquez, gerente y fundadora de El Buscón en el Trasnocho Cultural, una librería especializada en textos agotados, ha dicho que el desconcierto económico pone al país en una situación extrema: los precios se incrementan a diario, no hay referencia de costos ni competencia en el mercado. “Hoy comprar un libro significa dejar de comer. En Venezuela todo se ha convertido en un mercado suntuario. Aquí la vida no transcurre como en los países normales, donde la gente puede comer, ir al cine y comprarse un buen libro”.

Desde El Buscón, un espacio concebido en 2003, advierten que en este contexto económico es difícil traducir el costo real de un libro, cuyo precio no baja de 15 dólares en España ni en otros países de la región. El desierto editorial ha sido paulatino. Hoy quedan unas pocas casas editoriales de menor alcance, pero no menos importantes, como Todtmann Editores, Madera Fina, Utopía Portátil, Libros del Fuego y Ecir Editorial, que apuestan por los escritores nacionales.

Académicos advierten que el rezago del país en materia editorial se profundizó con la partida de las casas editoriales, entre las que se cuentan Random Hause, Norma, Alfaguara, EBICA y Ediciones B. De todas las grandes, apenas sobreviven Puntocero, Alfa y Planeta, cuya gerencia hace su máximo esfuerzo para editar libros en Venezuela.

En medio de todas las carencias, los libros son una entrada de luz en medio de la oscuridad. «En toda crisis la literatura ha sido una gran alternativa para resistir, por eso son tan perseguidos los intelectuales”, sostienen los libreros.

Con toda la economía en contra, hay una práctica que toma cuerpo en el país y que, de momento, pone a salvo la dicha de leer, de palpar las palabras en papel. Se trata de la diáspora venezolana, la fiebre por dejarlo todo y empezar de nuevo en otras latitudes. El éxodo de familias abre la posibilidad de sumar nuevos libros al mercado. Hoy las bibliotecas huérfanas son aprovechadas por quienes buscan reivindicar la lectura y el libro como vía de escape, una práctica seguida por El Buscón que capta los libros de quienes se van: textos específicos, libros raros, agotados, de verdadero interés, de teatro, fotografía y arte.

Andrés Monasterio, especialista en literatura venezolana, reivindica los espacios de resistencia cultural como Kalathos, en Los Galpones de Los Chorros, una librería concebida como un lugar cálido y cercano, donde arde la pasión por la lectura y los libros que se estrenan son desgranados en foros y tertulias por sus propios autores. Conceptualizada por David Malavé, Artemis Nader y Luis Pestana, Kalathos promueve el encuentro entre la gente y sus obras de cabecera. En su interior, las historias se alternan entre tazas de café humeante y las críticas literarias de quienes viven de las tramas de papel para huir de su propia realidad. Allí todo parece estar escrito. Los textos son el lugar per se, las discrepancias y puntos de consenso. También menciona Sopa de Letra, en La Hacienda La Trinidad, y Lugar Común, todos espacios de resistencia que no dejan de apostar por sus lectores.

Todo ello es la prueba de que en Caracas, una ciudad que pide a gritos ser alimentada, aún se conservan recodos académicos que no solo relatan la historia nacional, sino que permiten internarse en las entrañas de la cultura. Uno de esos espacios es la Gran Pulpería de Libros Venezolanos, ubicada en Chacaíto, que constituye, tácitamente, un monumento a la identidad nacional.

Fundada en julio de 1984, suma más de 1.250.000 títulos usados y en total atesora tres millones de artículos, entre piezas de colección, cuadros, epístolas, manuscritos y otros. Los documentos históricos yacen en 17 mil metros lineales de estantería, distribuida en un espacio de 800 m2 y 15 metros bajo los pies de la ciudad, en Sabana Grande.

Lugares para leer

Ateneo de Caracas
Considerado la trinchera de las artes escénicas, la literatura y el cine, el Ateneo de Caracas fue concebido en plena dictadura gomecista. Se inauguró el 8 de agosto de 1931 como un espacio para el encuentro de todas las expresiones artísticas. Es el logro de un sueño compartido entre artistas e intelectuales que buscaban impulsar las bellas artes y el pensamiento político en una Venezuela envuelta en aires agrestes, donde se imponía la fuerza de la bota militar y había un recelo gubernamental por las influencias europeas que llegaron al país de la mano Antonio Guzmán Blanco.

Banco del Libro
Funciona en un edificio de tres pisos ubicado en Altamira. Tiene salas amplias, llenas de luz natural y miles de libros. Esta edificación acogedora fue diseñada por el arquitecto e investigador Henrique Hernández y se inauguró en mayo de 1988. Contó con el aporte de artistas como Carlos Cruz Diez y Alejandro Otero. Posteriormente se declaró Patrimonio Cultural. Esta organización civil sin fines de lucro comenzó a funcionar en 1960, en otra sede.

Festival de la lectura de Chacao
Para los lectores más ávidos no es otra cosa sino la fiesta de los libros. Una metáfora de la literatura, que encierra novedades editoriales y cultiva el gusto por la tinta y el papel. En el lugar retumban las voces de escritores, intelectuales y artistas que convergen en la Plaza Francia de Altamira. Para los más académicos, resulta una isla de civismo rodeada de cultura; una feria que evoluciona como el lenguaje, se adapta a los nuevos tiempos y presenta con verbo exacto la realidad venezolana.

Rinde tributo a los grandes de la literatura universal, como Miguel de Cervantes, el autor de El Quijote. También se exaltan a los autores nacionales, constructores de un acervo, como Aquiles Nazoa y Rómulo Gallegos. El Festival se realiza desde 2009 y surgió en alianza con la Cámara Venezolana del Libro y la alcaldía de Chacao.

El dato
La Unesco escogió el 23 de abril como Día Internacional del Libero por una coincidencia que aún desconcierta a muchos: ese mismo día, de 1616, murieron Miguel de Cervantes Saavedra; el dramaturgo y poeta inglés William Shakespeare; y el escritor español Inca Garcilaso de la Vega.

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