Caracas palpita en su Plaza Bolívar

Caracas palpita en su Plaza Bolívar

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Julio Materano

Rosario Martínez, una mujer entrada en edad, solía ser una de las primeras en llegar al casco. Se aparecía con el sol aún adormecido a sus espeldas, cuando los primeros transeúntes batallan todavía con el sueño del amanecer y dejan parsimoniosos la estación Capitolio. A esa hora, las 5:30 de la mañana, un carrito de alambre trenzado, tripulado por cuatro jarras de café que perfuman su ruta, y un manojo de periódicos del día son sus únicos acompañantes.

Luego llegan los que compran sus diarios, los que se lamentan por la escasez y también los que viven de las promesas del Gobierno. En ese instante comienza a latir el corazón de la ciudad, un lugar que a primera hora es de aspecto apacible, pero que es en realidad el punto neurálgico de la urbe: la plaza Bolívar y sus alrededores.

Tal vez haga falta lo básico, pero plazas Bolívar hay de sobra en el país. Existe una por cada pueblo fundado, 12 en el Área Metropolitana, y más de 335 en toda Venezuela. Pero solo en una la dinámica resulta tan definitiva, como ocurre en el casco del municipio Libertador. Se trata de otrora Plaza Mayor de Caracas, fundada en 1567, un espacio que varios siglos después es todavía asiento de la dinámica política y administrativa que bulle en la capital e irriga la nación por sus cuatro costados.

Quienes transitan el casco histórico aseguran que aquel ímpetu parece venir de la sede del Palacio Federal Legislativo, un lugar que para muchos ha sido profanado y que es hoy objeto, y terreno, de disputas políticas. Puertas adentro, la institución, que es legado de Antonio Guzmán Blanco, alberga dos proyectos de país, tan disímiles como la dinámica que se desarrolla en su entorno, coinciden caraqueños.

«Tengo 25 años de mi vida vendiendo café en el centro y mi primera parada es Capitolio. Por este lugar transita gente importante, políticos, abogados y otros de a pie, con menos fama, como yo, que trabajamos de sol a sol», soltaba Rosario como una metralla.

Sea cual sea la corriente política de quienes lo recorren, el casco colonial siempre ha sido un lugar de encuentro y de referencia para quienes resuelven diligencias de última hora, se aventuran a conocer la capital o la peregrinan en busca de alimentos y medicina.

Es además una parada ineludible para quienes intentan saldar consigo la deuda histórica en torno a una ciudad que nació en ese punto hace 450 años.

Con 154 edificaciones emblemáticas, el casco cuenta por sí mismo la historia colonial, republicana y democrática de la nación, como la Casa Amarilla, que ha sido de ese color desde 1877 y que debe su tonalidad al partido Liberal. Aunque en otros tiempos albergó la Penitenciaría Real, José Antonio Páez la convirtió en casa presidencial y Guzmán Blanco le dio su actual cariz.

Pero el lugar, flanqueado por la Catedral de Caracas, los palacios Municipal, Arzobispal y los teatros Principal y Bolívar, pierde adeptos por la confrontación política y el asedio de oficialistas contra los opositores en la Asamblea. Luz Almeida, una mujer que vive de vender cortes de zanahoria para alimentar a las ardillas de la plaza, es testigo de ello. Asegura que por estos días ha disminuido su clientela, padres y abuelos que llevan a sus pequeños para que correteen las palomas. «Desde 2015, cuando los rojitos perdieron la Asamblea Nacional, ocurren muchas cosas raras, no me refiero a lo que pasa en la Esquina Caliente, sino a esos encapuchados, que merodean la AN cada vez que hay actos».

La estampida violenta de las palomas puede ser un presagio de que algo no está bien. «Esto es enea, mijo. Hay dos grupos peleándose, que no se ponen de acuerdo y se comparten la casa de ratico. Eso ha hecho que uno se recoja temprano», dice un octogenario, que es visitante asiduo del centro y prefiere no identificarse.

Quienes acuden para despejarse en las tardes se quejan por el aumento de la mendicidad, la escasa iluminación y por los baños improvisados las esquinas. «Es lamentable que no se respete la Catedral, los alrededores de la plaza El Venezolano ni otros espacios importantes» dice Henry Castillo, funcionario del Concejo Municipal.

Hoy el centro le toma el pulso al acontecer nacional. Y a juicio de lugareños, deja en evidencia las contrariedades de una ciudad que pierde espacios por el asedio político y tiene la particularidad de albergar dos realidades en un mismo sitio.

Por la parroquia Catedral, una porción de ciudad que concentra 0,7% de la población de Caracas, según el INE, no solo transita el principal recurso humano del aparato burocrático de la nación, también gente de a pie que tiene el centro como única opción de recreación.

Luis Monasterio, un hombre que presume de su retiro por vejez, critica la desaparición de la Guardia Patrimonial, de los atardeceres musicales y la oferta gastronómica, que formaban parte de una nutrida agenda que la alcaldía de Libertador promovió enérgicamente en 2012, cuando se insistió en el centro de Caracas como un lugar de interés turístico nocturno. «En la catedral dan las misas corriendo por razones de seguridad».

En la zona la movida transcurre a contrarreloj. Los pocos comedores despachan a sus clientes a las 5:30 de la tarde. Del restaurante «Bistró del Libertador», una promesa retomada en diciembre de 2014, en la planta baja del edificio Gradillas, solo queda un salón desolado, enmudecido en medio del bullicio de la agitación política del Gobierno.

Los negocios de puertas trancadas y los que despachan el día a mitad de la tarde, como tiendas de ropa y zapatos, perfilan el rostro de la crisis y sus consecuencias: el declive de las ventas. Se trata de un problema de vieja data detonado por la falta de inventario y la devaluación de la moneda al que se le adhiere el clima político.
Los más fieles al casco intentan desmitificar ese bien que es de interés patrimonial. «Esto no es de los colectivos, es de los caraqueños. Es necesario que la gente venga y conozca sus espacios», dice Ángel Montiel.

LUGARES DE INTERÉS HISTÓRICO
Casa Amarilla: en 1874, Antonio Guzmán Blanco le encargó al arquitecto Juan Hurtado Manrique reestructurarla y convertirla en la Mansión Presidencial. Por decreto de Juan Vicente Gómez, en 1912 se convirtió en la Cancillería de la Nación.

Casa de Bolívar: es de mediados del siglo XVII. Perteneció a Don Pedro de Ponte y después de varias generaciones pasó a manos del matrimonio de Juan Vicente de Bolívar y Ponte y María de la Concepción Palacios y Blanco. En 1916 comenzó la restauración y fue reabierta el 5 de julio de 1921, con piezas de los siglos XVII y XVIII.

Santa Capilla: fue precisamente el terreno donde se ubica el templo donde se ofició la primera misa en Caracas. Posteriormente, en 1565 Don Diego de Losada funda en ese mismo solar la ermita de San Sebastián. V

arios terremotos dañaron esa estructura hasta quedar destruida por el sismo de 1812. Y el 26 de marzo de 1883 Guzmán Blanco construye la Capilla destinada a la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento.

El Palacio Arzobispal: se originó como Palacio Episcopal y fue concebido en el período colonial como residencia y despacho de la máxima autoridad religiosa.

La Catedral de Caracas: sus antecedentes se remontan al siglo XVI, cuando en el mismo lugar se construyó la primera iglesia de la ciudad. Concluida en la primeras décadas del siglo XVIII, en ella fue bautizado el Libertador en 1783.

Iglesia de San Francisco: edificada en el siglo XVI constituía para la época el conjunto arquitectónico religioso más importante de la ciudad. En ella se celebró el acto en el cual el cabildo municipal de Caracasle le concedió, el 14 de octubre de 1813, el título de Libertador de Venezuela a Simón Bolívar, por su gesta histórica.

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