Cuando Portugal es el trampolín para ingresar a Europa

Cuando Portugal es el trampolín para ingresar a Europa

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Lejos de ser la meta final, cada vez son más los lusovenezolanos que emigran a Madeira para ponerse al día con su documentación y parten a otras naciones del viejo contiente, entre las que despuntan España

Julio Materano

Con un alud de documentos por tramitar y la sombra de la ilegalidad en el equipaje, el camino de la emigración deja de ser una vía desenvuelta para convertirse en una travesía áspera, que demanda tiempo, gastos y gestiones legales en países que en la práctica son  puentes, una especie de parada intermedia entre el lugar de origen y el destino planeado. Portugal es uno de ellos.

Aun cuando no existe una categoría oficial para ese estatus migratorio, cada vez son más los connacionales que arriban a Madeira para ponerse al día con su documentación, gestionar licencias, actualizar su Cartão de Cidadão y para procurarse un primer empleo que en realidad es el punto de honor para quienes intentan seguir con su travesía.

Las historias de venezolanos que llegan con los ojos puestos en otros países de Europa son cada vez más comunes, pues es harto conocido que, para algunos, la isla no reúne las condiciones económicas para quedarse. Los sueldos se ubican por debajo de la medial mensual europea, que ronda los 2.000 euros.

Las gestiones pueden demorar meses y hasta años. Pero la aspiración es la misma: ordenar documentos. Antonio Rodrígues Quintal, un destacado médico neumonólogo que llegó a la isla hace más de un año, es prueba de ello.

El especialista, que ha emprendido una carrera contra el tiempo para ejercer en Canarias, afina los últimos detalles de su viaje, una decisión empujada en gran medida por las trabas burocráticas impuestas por Portugal a los médicos lusovenezolanos, quienes están impedidos para ejercer en la tierra de Camões. Desde hace varios años están paralizadas las equivalencias médicas y el último intento por revalidar a los médicos venezolanos se quedó trabado a inicio de 2019.

Las parejas de jóvenes recién casados también se suman al eslabón de venezolanos que brincan a otras latitudes de Europa, entre las que despuntan naciones como España, cuya lengua es el principal valor agregado para los que pretenden rehacer su vida en el viejo continente. Alberto Dos Santos es testimonio de ello. Vino a Madeira seducido por la posibilidad de una vida holgada, lejos de la crisis que sacude a Venezuela. Pretendido por la posibilidad de percibir mejores ingresos, trabaja en un hotel de Funchal, pero en realidad su meta es irse a España, donde, cree, puede conseguir mejores oportunidades.

Su percepción de la isla es la de un minúsculo territorio cuyos residentes resienten la llegada de los venezolanos. «La gente es envidiosa y no le gusta ver que progreses», suelta. Quizás la alerta de los madeirenses resida en la precaria oferta de empleos que existe en la isla, donde la tasa oficial de desocupación es de 7%. Según cifras oficiales, en Madeira el salario mínimo se ubicó en €  615 en 2019, lo que se traduce en un aumento nominal de € 23 con respecto al año anterior. Ello representa un ingreso bruto anual de € 8.610, menos de un tercio del ingreso anual promedio en Europa.

Quienes salen de Venezuela a Portugal, lo hacen convencidos de que en Europa pueden procurarse mejores ingresos, pero la decisión también supone una renuncia a una profesión y a la ocupación de toda una vida. Es el caso de Haydee, una joven de La Guaira, graduada en Administración de Empresas, que llegó a Madeira en 2018 con su esposo y se marchó para Jersey, Inglaterra, después de incursionar en sus primeras experiencias laborales en la isla.

Se fue con la ilusión de ganar un mejor sueldo y con el ánimo de quien sabe puede conseguir más por el mismo oficio. Hay quienes llegan a Portugal para casarse o legalizar la licencia venezolana en el Consulado Venezolano, un documento que abre las puertas en el campo laboral y que se expide por un poco más de 100 euros, por debajo de las gestiones ordinarias.

La psicopedagoga lusovenezolana Nelia Texeira, quien presta servicio en una escuela en Calheta, explica que algunos padres se valen de su transitoriedad en la isla para justificar el hecho de que sus hijos no tengan que aprender el idioma. «Eso es un error porque no se sabe cuánto dura ese puente, en algunos casos es cuestión de años». Durante ese tiempo, muchos de los niños son incorporados al sistema escolar y con la idea de una partida expedida es fácil pensar que algunos pudieran tener bajo rendimiento escolar, problemas para incorporarse y poco interés en actividades que les permitan construir sentido de pertenencia.

Mary de Cámara es otro ejemplo de ello. «Llegué en marzo de 2017 a Madeira y me fui en abril de 2018», recuerda. Pero en su caso su itinerario de viaje no era tan largo, su nuevo destino sería Lisboa. «Tengo a mis abuelos en Porto Moniz, al norte de la isla, y me brindaron apoyo, me permitieron quedarme en su casa mientra hacía gestiones. Allí me casé con mi novio venezolano. Recuerdo que llegué los últimos días de marzo y en cuestiones de días tenía la cita para el matrimonio, me casé el cinco de abril. Allí, en un entorno más tranquilo, él pudo tener el contacto con el idioma y yo pude mejorarlo», recuerda. Hace varios meses que logró mudarse a Lisboa, donde recibe un mejor sueldo.

Sin embargo, no en todos los casos, los emigrantes corren con la misma suerte. Aunque en países como Francia, Alemania e Inglaterra existen sueldos más jugosos, el alto costo de los servicios, la inclemencia del clima y las expresiones cada vez más marcadas de xenofobia dificultan la adaptación.

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