Cuando se eliminó la prostitución por decreto

Cuando se eliminó la prostitución por decreto

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Julio Materano

Lejos de la Madeira solaz, la de mayor encanto, la de casas señoriales, existe una Madeira desconocida para los nativos y turistas curtidos en aquello de fisgonear sociedades. Se trata de una isla en el olvido, sepultada por orden y mandato del dictador Salazar, quien intentó borrar de golpe las marcas del despiporre en una porción de país que sucumbía, en silencio, a la prostitución. Porque esta tierra, que parece destinada a ser un lugar de paso, por mucho tiempo fue esclava de los placeres de la carne, del ardor de la desnudez. El apetito era tal, que existían casas de prostitución en cuanto establecimiento de luces oxidadas había en Funchal.

Entre 1918 y 1936, recoge el Registro de Alvaras, fueron emitidas 226 licencias para casas toleradas, prostíbulos que no tenían otro propósito distinto al de satisfacer a los hombres de familias «honestas», cabezas de hogares acomodados, que buscaban en la calle lo que se le prohibía en casa. Era una ocupación muy obvia en la isla y no necesariamente de reciente data. Ya en 1495 la iglesia aseguraba que Madeira tenía tres plagas: los ratones, las pulgas y las meretrices. Hay quienes creen que eran un mal necesario. Quizás porque eran la vía de escape, la forma de mantener la paz en los hogares atildados, donde no había cabida para el desenfreno. Entonces se pensaba que las mujeres realengas tenían genes torcidos y parecían predestinadas a la mala vida.

 En 1962, Salazar mandó a quemar todo registro que existiese acerca de la prostitución. Su cólera y bravuconería fueron desmedidas. No solo exigió incinerar los papeles, también los prostíbulos con las camas y sábanas, una gesta que se arrogó al valerse de un decreto. Con la promulgación de la ley se prohibieron, clausuran y confiscaron decenas de casas. En la práctica, el Estado vetaba la prostitución, como si por decreto se pudiera acabar. La investigadora y escritora Graça Alves corrobora aquel hecho histórico en su más reciente investigación, presentada en el marco del proyecto Tardes con Historias, la iniciativa promovida cada miércoles en el Centro de Estudios de Historias del Atlántico Alberto Vieira.

Alves, quien escudriñó la historia local, descifra cómo era la prostitución antes de Salazar, el líder que pretendía enderezar a la fuerza el desbarajuste en el que estaba sumida la Perla del Atlántico. El dictador buscaba, a toda costa, espantarle la fama mal habida a Madeira: la de un territorio de fornicación, que empañaba la moral de Portugal.

El reglamento incluso prohibía a las meretrices proferir palabras obscenas, asomarse a las ventanas y reproducir gestos concupiscentes. No podían llevar trajes que dejaran al desnudo sus carnes. Aquello era motivo de ofensa y hería la moral pública. También se les prohibió divagar por las calles y plazas para provocar a los hombres. Entonces las prostitutas no podían demorarse en los establecimientos de comida más que lo necesario para comprar.

Cuando las meretrices venían de afuera, de Francia y de España, como ocurría en algunos casos, se instalaban en los prostíbulos de Funchal. Era toda una red. Entre 1861 y 1879 los libros registraron más de 487 mujeres en el ejercicio de la prostitución, algunas extranjeras. En los años de guerra, entre 1917 y 1918, hubo más inscripciones, seguramentente aupadas por la miseria y el abandono. No se trata de una conducta fortuita. Entre 1914 y 1931, cita la investigadora, se registaron 673 meretrices en la isla. Las estadísticas rinden cuenta de un mercado prodigioso.

El expediente de las mujeres de la mala vida era detallado e incluía fotos y el apodo de la persona. La mayoría tenía motes pocos simpaticos. También se apuntaban rasgos como el color de piel, la estatura, la tonalidad del cabello y el grosor de los labios. Debían ir a sanidad semanalmente y quedaban registradas como prostitutas. Las que emigraban a Brasil, por ejemplo, debían formalizar su oficio en el pasaporte. La mayoría era de Funchal, de las freguesías da Sé, San Pedro y Santa María Mayor. Otras eran del campo, de donde provenían mozas con facciones duras, envejecidas, que llegaban a la ciudad como criadas para trabajar en casas de familia, donde eran abusadas por los señores. Una agresión que en muchos casos les auguraba una incursión obligada en la prostitución.

Las primeras prostitustas ejercían el oficio de manera clandestina, en las sombras de la oscuridad, en las habitaciones encubiertas en tabernas. Pero luego vino la época de la formalización. Hubo quienes debieron matricularse prácticamente en contra de su voluntad, cuando eran capturadas sobre algún hombre. Corrían los tiempos de la Madeira sin máscaras, sin caretas, de la isla más permisiva.

Aunque las mujeres con menos de 21 años no podían dedicarse al oficio, según la investigadora, hubo registros de niñas con 14. La edad máxima era de 40. Se cree que no hubo prostituta con medio siglo de vida. Y las mujeres que faltaban a las visitas sanitarias en los días y las horas fijadas tenían que pagar una multa. Algunas figuraban en los registros de salud de la siguiente manera: buena, menstruada, sospechosa de sarna, con dolencias de parto, mordida, molestia no venérea y en tratamiento.

Entonces había toda una red de trabajo que, a decir verdad, estaba encabezada por las prostitustas, pero también estuvo secundada por las dueñas de los establecimientos, por las señoras que lavaban las sábanas blancas y los mandaderos, niños que solían buscar las ropas de camas hediondas para ser lavadas por abuelas.

 En el imaginario de los más viejos aún persisten los nombres de aquellas calles y casas de nombres seductores como Casa Nova, el Palacio de Cristal y toda la mala fama que envuelve a la Rúa do Ribeirinho de Baixo, la calle del Anadía, en pleno centro de Funchal, donde se le daba rienda suelta al cuerpo. Los sábados en la mañana, a diferencia de otros días, las niñas de familias tenían prohibido ir a la playa, pues era el momento en el que las prostitutas se bañaban en el mar y los hombres acudían al ahora Parque Santa Catarina, donde hubo un balneario, para mirarlas con el cabello mojado. Durante mucho tiempo hubo una lucha para que la prostitutas saliera de la zona central de Funchal donde estaban los marineros, el puerto y donde atracaban los botes cargados.

A diferencia de aquella época, dice la investigadora Graça Alves, hoy las prostitutas no tienen rostro ni nombre, son cuerpos públicos. Lejos del puritanismo convenido, su aporte es concreto: hubo un tiempo en que la prostitución era una «profesión» y estaba normada. En  realidad el afán por reglamentar todo aquello estribaba en una dimensión más allá de lo moral. Había una preocupación sanitaria por la aparición de algunas enfermedades venéreas, entre ellas sífilis, que más tarde entró a las casas de las familias «correctas».

En realidad se sabe que la mayoría de las mujeres de la calle fueron niñas abanadonadas, solteras, analfabetas e hijas de padres incógnitos. Muchas eran prostitutas hijas de prostitutas. Tal vez el único consuelo al final de una vida laboral tan manoseada, era que les estaba permitido arrancar la foto de los registros, como se hacía con quienes lograban acomodarse. La reforma iba acompañada de una nota marginal que rendía cuenta sobre su ocupación actual: se casó, fue a un asilo, a la casa de los pobres, se reinsertó en la vida honesta o se reformó.

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