De Maracay a Nueva York: Vanessa traza la ruta de la moda

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Julio Materano

Vanessa Zambito, una maracayera de 22 años radicada en Nueva York, no solo es fiel discípulo del buen vestir, es también, tal vez sin buscarlo exactamente así, un incipiente ícono de la moda. Alumna a tiempo completo de la sobriedad, la distinción y, sin contradicciones, de la irreverencia que le viene de la escuela vintage—si es que se le puede llamar así a la costumbre de comprar y reciclar ropa desgastada­—marca tendencia en las redes sociales con su gusto por la industria textil y del diseño.

Su estilo atildado, ahora regido por una paleta de colores antagónicos a la primavera, se acopla perfectamente con el invierno neoyorkino donde ha calzado con desahogo. Porque Venessa ha sabido hacer de su pasión, la moda, un universo de posibilidades, un camino enlosado de logros personales entre los que se cuenta una marca homónima de ropa, concebida en Miami, y su imagen como hacedora de armarios, una tarea que inició con Inger Mendoza, la exesposa de Nacho, quien la contactó por redes sociales para renovar sus atuendos.

«Fue una experiencia enriquecedora. Ella confió en mí y pude sugerir mi criterio. En ese momento se abrió otra ventana de posibilidades», declara Vanessa durante su paso por Madeira, la tierra de sus abuelos maternos quienes son oriundos de Seixal (Machico). Pero la historia de Vanessa también tiene visos de hazaña personal. Con 110.000 seguidores en su cuenta de Instagram (@vanessazambito), no siempre fue un paladín de la moda.

Como todos los que van detrás del «sueño americano», en Estados Unidos Vanessa tuvo que trabajar en tiendas. Vendió cosméticos para el cabello, artículos de uso personal y otros más alejados de su propio glamour como desengrasantes de ollas. En Miami, la ciudad a donde llegó por cuenta de sus padres, se supo ciudadana del mundo, mejoró su inglés, se hizo responsable de sus gastos, probó el almíbar de la independencia y coqueteó con la industria de las pasarelas, no como modelo sino como creativa, diseñadora.

«Desde pequeña dibujaba vestidos. Pensaba en los look, en los accesorios y en todo cuanto constituye la imagen de una persona. Porque la moda también tiene que ver con la actitud y la convicción con la que llevas tus prendas». Es también, enfatiza Vanessa, la forma como te plantas vestida frente a la vida. De su diálogo en redes sociales, destaca su labor orientativa. Dice que la conexión con su audiencia, principalmente mujeres interesadas en mejorar su imagen, estriba en las sugerencias de una buena combinación. Su arte es esencialmente empírico. No ha pasado por grandes academias, pero sí por pequeños eventos que juntos suponen el camino a su objetivo: ser, tal vez, una versión millennial de Carolina Herrara, pero con sello maracayero.

El trabajo de Vanessa además tiene un profundo sentido social. Es, en buena parte, moda con propósito. Solo en 2019 realizó tres ventas de artículos de belleza y prendas de vestir. La mitad de los fondos fueron enviados a Venezuela. El dinero recaudado durante su primera venta de garage rondó los 8.000 dólares y tuvieron un fin humanitario. Mientras los fondos, de menor cuantía, recaudados durantes las dos siguientes actividades, fueron invertidos en artículos de higiene bucal, que se enviaron a la Fundación OdontoÁngel, que presta servicio en el estado Aragua.

«Hay un propósito de fondo que también me he planteado con mi trabajo y es pensar más en el ambiente, mitigar la contaminación ambiental desde la moda que es una industria consumista y que mira, a través de iniciativas particulares, al planeta y tiene presente temas como la contaminación y el cambio climático. Creo que al final es hacer una moda inteligente», remata. Probablemente por eso no le interese llevar una camisa de hombre para completar su estilo.

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