Dos caraqueñas instalan circo callejero en Madeira

Dos caraqueñas instalan circo callejero en Madeira

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Las cirqueiras, como se autodenominan, cautivan a turistas en Funchal. Las hermanas, de 22 y 23 años, dicen que llegaron a la isla para mostrar lo mejor del país

Julio Materano

Son más de las 3:30 de la tarde y el sol de verano flamea en pleno invierno. El frío es tenue. Los turistas de poca ropa y de chaquetas desahogadas caminan desprevenidos por el bulevar de la avenida Arriaga, el principal corredor peatonal de Funchal, tal vez el más representativo de Madeira.

Algunos viajeros y transeuntes ávidos de entretenimiento se amontonan en el señorío de la plaza João Gonçalves Zarco. Son, sin saberlo exactamente así, un amasijo de espectadores. Parecen embelesados con la presentación de última hora: la función descapotada de dos lusovenezolanas que fusionan la danza, el teatro y el circo.

La puesta en escena se roba la atención y cautiva a cuanto peatón circula por el lugar. Una órbita de malabares, que tiene en el centro a una voluntaria del público, parece enmudecer a dos ancianas blanquísimas con lentes de sol.

El número cierra con aplausos. Pero no termina allí. Michelle, una de las dos animadoras, se calza de inmediato un hula hula. Lo sostiene con el contorneo de su cintura. Agita su cuerpo y se sacude con energía todo el tiempo. El aro revolotea toda su humanidad y acto seguido, Sharlee, su cómplice de calle, le lanza otras argollas que luego rebolotean en sus brazos, cabeza y cintura. Toda ella es un trompo.

Los aplausos de un público entusiamado convalidan el éxito del acto. Los niños sonríen y algunos adultos permanecen boquiabierta, pasmados. El jolgorio es casi mudo. No hay silbidos como se esperaría en cualquier función callejera de Caracas, Boconó o Niquitao, pueblos recónditos de Venezuela donde las dos connacionales se han presentado.

Sus caras salpicadas de escarcha y las licras adheridas a sus cuerpos elásticos son parte de su imagen, un aspecto llamativo que complementan con un parsimonioso y gracioso conjunto de instrumentos de carpa de circo: un monociclo, malabares, una rueda gigante y muchos hula hoop.

Las protagonistas de aquella escena son dos hermanas venezolanas, tienen 22 y 23 años y vienen de la parroquia El Paraíso. Llegaron a Madeira en febrero de 2019 y tienen planes de quedarse. Dicen que arribaron para mostrar lo mejor de Venezuela y lo hacen de la mejor manera: con el arte circense, aunque ellas prefieren llamarse cirqueras puesto que se formaron en la calle. Aprendieron el oficio en la Fundación Nacional de Circo, en Nuevo Circo, y  lo ejercen desde temprana edad, con la licencia de quien se prepara en el ejercicio de hacer feliz a otros.

Llevan en sus mochilas 7 años de formación en cuestiones de arte, lenguaje corporal y equilibrio. «Cuando abrimos el espectáculo, le decimos a nuestro auditorio que somos de Venezuela. No lo hacemos para dar lástima, o por dinero, sino para demostrar de qué estamos hechas. Y lo hacemos desde lo que más sabemos practicar, desde nuestra profesión, desde nuestro oficio, que es lo más valioso que tenemos para dar», dice Michelle de Andrade, cuyo padre y abuela retornaron recientemente de Venezuela a San Antonio, Funchal, por fuerza de la emergencia humanitaria.

Michelle, la mayor de las dos hermanas, hace su máximo esfuerzo para mostrar la hondura de Venezuela, el calor de una generaricón andariega, de a ratos aventurera, que trabaja para cosechar sus sueños y que reside en la esperanza del cambio.

«Debemos demostrar que somos gente buena, que nos gusta trabajar y que estamos preparados, que somos capaces de luchar por nuestros sueños pese a todo el drama que afecta nuestro país y nuestra integridad», se apura en decir.

Michelle se lamenta por quienes han capitalizado la miseria del drama venezolano, por quienes se aprovechan de la peor versión del gentilicio. «Muchos emigrantes hacen de esa situación su marca personal», sentencia.

Las hermanas cuentan que vienen de una familia de abuelos madeirenses, ajenos a las luces de los espectáculos, que sembraron en Venezuela el sueño de progreso y que arrastran el dolor de la pérdida por partida doble.

Su abuela lo perdió todo en Madeira hace 60 años cuando huyó del hambre. No había agua en su casa y se cocinaba a leña, tampoco tenía comida, electricidad ni transporte. Quienes abandonaron la isla en tiempos de posguerra, aseguran que es el mayor rasgo de una época que parece reeditarse en Venezuela, pero en pleno siglo XXI.

«Es muy duro porque mi abuela lo volvió a perder todo en Venezuela, un país generoso que le quitó todo lo que le dio», completa Michelle con voz quebrada y mirada extraviada. Es tal vez una mirada hacia adentro, hacia el despeñadero que embarrancó por segunda vez a su familia: el empobrecimiento.

Pero las hermanas no se hacen eco de la desesperanza. Aseguran que trabajan para acomodarse la vida. Pese a sus raíces lusas, es la primera vez que visitan Europa, pero han estado en Ecuador, Brasil, Colombia y Perú con su circo de calle, un espectáculo sin mayor pretensión que la de recrear en medio de la cotidianidad.

En Madeira, dice Sharlee, la menor, su auditorio es tímido, introvertido. Y ello le facilita, de cierta forma, el trabajo. «El madeirense puede que te mira una o dos veces y apenas te colabora, pero nuestro espectáculo en realidad está pensado para los turistas, que son nuestro mayor público. Es gente que se queda a vernos».

Las hermanas cirqueras, como se autodenominan, manejan con precisión cronométrica la llegada y salida de viajeros a la isla.  Conocen de rutas de navío y del desembarque de cruceros. No se permiten iniciar una jornada sin antes revisar el intinerario de la terminal marítima de Madeira, una información a la que acceden a través de la página oficial del puerto.

«Somos valientes, alegres y trabajadoras. Antes de llegar a Madeira, estuvimos en Oporto, donde colaboramos, durante la temporada de Navidad, con el Circo Mundial, una compañía reconocida en el continente», agrega Sharlee, la más pequeña de las hermanas.

Su participación en producciones estelares le confieren alto dominio en el arte de entretener. Michelle, quien construyó su vocación en los semáforos tuertos de Caracas, protagonizó producciones de la pantalla chica como A puro corazón, estrenada en septiembre de 2015 en Televen; Para verte mejor, que proyectó Venevisión en 2016 y Mi familia perfecta, una súper producción de Telemundo transmitida el año pasado, donde le tocó interpretar a una lesbiana.

Esta joven promesa de la pantalla chica, cuenta, sentada en la plaza João Gonçalves Zarco, que se fue de su casa a los 13 años de edad. Ella, por voluntad propia, decidió vivir en la calle. Pero no lo hizo por algún problema con su familia, como suele ocurrir, ni por causas ajenas a su voluntad. Lo hizo para reencontrarse con su verdadera pasión: el circo.

La oportunidad de ser actriz, recuerda, le vino un día, cuando hacía malabares en algún semáforo de Caracas. Entonces un productor de novelas se le acercó y le preguntó si estaba interesada en trabajar en la televisión. Fue así como comenzó su historia en una poderosa industria en la cual ha sido protagonista.

Pero más allá de la fama, más allá del dinero, más allá de las ofertas, Michelle reside junto con su hermana en la calle y hace circo urbano. Su historia fue el pulso del documental Libre, que en 2018 ganó un Emmy Awards. Con todo el «éxito» de su parte, suelen viajar sin dinero, viven al día, de lo que recaudan en los semáforos, donde trasladan a los viajeros desprevenidos a un mundo de realismomagico, con sus cadenas de fuego y sus hula-hula.

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