El día que «murió» la vecina

El día que «murió» la vecina

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Julio Materano 

La otra tarde, la de otoño inacentuado en la que murió la vecina, las familias contiguas a su vivienda salieron aturdidas de sus casas. Entonces la Travessa Dos Santos, el callejón sereno, de fachadas sosegadas y de luces oxidadas donde moraba aquella octogenaria, dejó de ser una calle regentada por el rumor del silencio, como ocurre con odiosidad en casi todo Funchal, para convertirse en un hervidero humano.

Aquello en realidad tendría que ser lo más parecido a una madriguera de bachacos. Los latidos de los perros domésticos competían con el griterío de los deudos que iban y venían con dirección a todos lados.Porque el desgañite fue en la calle, a todo pulmón.

Las viejotas de cabellos nevados y de pelos desordenados salieron con el espanto de la muerte petrificado en el rostro. El desconcierto fue total y de inmediato el luto raudo se apoderó de toda la zona.  El bullicio le despeinaba la carne a cualquiera.

Las sobrinas de la difunta gritaban desconsoladas y la hermana, otra anciana con la que compartía habitación, se lamentaba, con un llanto continuo, su partida. El desmojoramiento de su salud era un tema consabido en la comunidad, pero su partida parecía haberse precipitado antes de tiempo. La muerte le había tendido una trampa y se la llevó de la mejor manera, cuando dormía. A no ser por los achaques de su edad, por la dificultad para llegar a misa por cuenta propia, no era pecado decir que gozaba de cierta vitalidad.

El llanto de la familia era motivo de desconsuelo para quienes solían compartir bancos en las misas dominicales. La difunta era una mujer de iglesia, de eucaristía, y seguramente hubo quienes emprendieron sus oraciones enardecidas para echarle una mano en aquello de acortar la ruta al cielo. Con las oraciones llegaron los bomberos de Madeira para levantar el cuerpo y certificar la defunción, como es natural en esos casos.

Entre gritos y sollozos, los funcionarios del cuerpo se abrieron paso entre la multitud y llegaron a la casa, tal vez con el protocolo muy claro. De lo que pasó adentro hay pocos detalles. Solo se sabe que la vecina en realidad no había muerto. Solo estaba dormida, aletargada, quien sabe si por una pastilla de dormir, y no reaccionaba a los llamados de su gente. Su aspecto violaceo, el que todo el mundo quizás había imaginado, no era tal. La muerta había cruzado, sonriente, la puerta y, los vecinos, que gimoteaban su partida, se refugiaron en el jolgorio de su resurrección, porque, al menos en la teoría, se había librado de las garras de la muerte. Incluso uno de los vecinos quiso celebrarlo al estilo madeirense: con una vaso vino. «Lo importante es que está viva y está sonriente vamos a celebrar con un copo de vinho».

Lo relatado es un hecho de la vida real, la misma que, en ocasiones, le tuerce el pescuezo a la ficción.

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