El insulto de toser en público

El insulto de toser en público

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Ahora todos son saludos raudos, malogrados, echados al aire. Me aturde la falsa sensación de higiene, la profilaxis manoseada

Julio Materano

Madeira está desolada. Luce despoblada, con el brío de un domingo estacionado a mitad de semana. Hace días que me ahoga el hedor de la huida, el perfume del miedo que impregna todo Funchal y la fetidez de la cobardía humana petrificada en los rostros escurridizos, de miradas inquietas, de manos ocultas.

Ahora todos son saludos raudos, malogrados, echados al aire. Me aturde la falsa sensación de higiene, la profilaxis manoseada.

Hay que resguardarse. Puede que en este momento sea la mayor muestra de ciudadanía, lo sé. Pero no hay escondrijo idóneo donde quepa la humanidad con todo su vértigo, con todo su festival de paranoias y delirios compartidos.

Porque en realidad no es la enfermedad, que de por sí es disparatada, lo que paraliza. Es el terror —del cual no escapo— a contraerla. Es el recrearse enfermo, fatigado por la falta de aire.

Es creer que te falta la última bocanada de oxígeno para vivir. Se me acelera el pulso con solo imaginarlo. El COVID-19 está por dondequiera.

En esta ciudad de cruceros deslumbrantes, los autobuses en los que suelen viajar más de 60 personas apenas admiten 10 pasajeros. Las tiendas de productos básicos solo aceptan dos compradores por vez y hace rato que escasean los tapabocas y guantes.

¿A dónde fueron todos los turistas con sus garrotes metálicos, con sus báculos graciosos que parecen bastones de esquí? ¿A dónde están los ancianos blanquísimos, de mejillas ruborizadas, que se procuraban descanso?

Qué contradictorio. Ahora que se instala esta postiza tranquilidad y la tan anhelada quietud de la medianía de la vida, no están por ningún lado ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que la cotidianidad, con los turistas peregrino de lo obvio, retorne a la calle?

Solo en enero de este año Madeira registró 539 mil dormidas, según el Instituto Regional de Estadística, lo que se tradujo en un ingreso de 25,6 millones de euros para el sector hotelero.

Pero en Portugal, donde la pandemia descabeza la actividad turística, los viajeros, que son el motor de la nación, no llegan a los aeropuertos cerrados. Ahora peligran puestos de trabajo.

En Madeira, una región ultraperiférica donde residen unas 250 mil personas, la estampa de la calle es apocalíptica. Juro que nada tiene que ver con aquella isla enérgica, resuelta en aquello de seducir turistas ávidos de entretenimiento.

Su temperamento es más bien otro. Es el de una ciudad enferma, apagada, de luces oxidadas y de letreros con anuncios que se estacionaron en el tiempo. Las rutinas están de baja, desbaratadas por las noticias espeluznantes que estallan, cada cierto tiempo, en RTP, la televisora local y en las redes sociales.

Su aspecto afantasmado se instaló incluso mucho antes del Estado de Emergencia oficializado el 19 de marzo por el Gobierno portugués, frente a la escalada de la pandemia en territorio luso.

Los contagiados de COVID-19 se desmoronan de fiebre, refieren dolores articulares y algunos quedan sin aliento. El peor escenario ocurre cuando los pulmones colapsan y el virus cobra la vida de su nueva víctima.

Con casi 300 mil casos confirmados y cerca de 12 mil muertes, el curso de la enfermedad no cesa. La cuarentena es obligatoria. Y los besos dobles, que son costumbre en Portugal, ahora cobraron cierto viso de peligro. En Europa, donde se registra 50% de los casos a escala mundial, las muertes se reportan por minutos.

Nunca había sido consciente de los manotazos instintivos con los que suelo saludar a la gente, del golpe en los hombros, de la melosidad, de la sobonería criolla. Me cuesta no tocar a mi interlocutor.

Ahora Delia, mi esposa, teme besarme y entiendo lo que significa la proxemia doméstica. Me trata como si estuviera contagiado. Dice que no quisiera ser la próxima.

Pero lo que más me roba el aliento son las filas de familias frente a los automercados y establecimientos de comida. Reviven en mí el sentimiento de incertidumbre y de peligro que me acompañaba en aquel país que creía sepultado: la Venezuela de escasez, la de anaqueles vacíos, la de la turba enardecida frente a las panaderías y la de establecimientos abarrotados de gente que esperaba comida que aún no llegaba.

Hoy resido de nuevo en mi propio pasado de confusiones. Cuántas cosas han vuelto a ser como antes: la dosificación de la comida, el anhelo de normalidad, el encierro, el aislamiento autoimpuesto, el recogimiento voluntario. Me siento atrapado en la irrealidad de estar sumergido en una película de suspenso, donde cualquiera podría ser víctima de una metamorfosis zombie.

Los 5 kilos de carne por persona en la mayor cadena de supermercados de Madeira me confirman que estamos al filo de una tragedia sanitaria. Lo que algunos no saben es que vengo del futuro, de una economía prácticamente en ruinas, deshilachada, donde desarrollé todas las habilidades, menos la de descalzarme el espanto.

Bajar a la plaza central de mi edificio es retornar a aquel país que sollozaba el papel higiénico, la pasta dental y los productos de consumo básico.

Ver a la gente tragarse una cola para esperar su turno en el automercado es retroceder mi propio tiempo, reeditar la angustia en una fila que te conduce a lo más profundo de las miserias humanas, la sed de almacenar el recurso quizás más limitado, la comida para calmar el apetito.

Porque el miedo llega en forma de necesidad. Se manifiesta como un ademán de retroceso, como el brinco que dio la cajera asustadiza cuando —imagino— irrumpí su espacio personal. Lo hice porque soy miope, porque no lograba descifrar, a casi dos metros, el monto de mi compra. Entonces me apoyé sobre su caja y me zambullí de cabeza en su monitor.

Cada vez que me asalta el temor de un apocalipsis respiro. Pongo orden en mis pensamientos y regreso al presente: la pandemia, mi pandemia en Portugal. Porque todo esto tiene también mucho de nuestra percepción, de nuestros dictámenes de vida.

Mi documentación europea disipa mi delirio. Estoy en Portugal, aunque, de momento, también podría estar, en la parroquia El Valle de Caracas, en su temida calle 8, donde viví por muchos años, o en el Centro de Ocumare del Tuy, el lugar de donde vengo, y que también prueba las garras del virus. O en la avenida Universidad, que tanto transité para llegar a la que fue mi última redacción en Venezuela.

El hambre nos une, también el verbo que se teje en torno a la pandemia y la necesidad de estar resguardado.

Con las escuelas de puerta cerrada y los entes públicos fuera de servicios, la vida en esta otra orilla del Atlántico está confinada a las compras en farmacias, supermercados y a la dinámica que se desarrolla en torno a los centros de salud que, de hecho, son pocos en Madeira.

Con solo un hospital de los que en Venezuela denominan tipo IV, el más equipado de todos, la respuesta sanitaria de la isla frente al virus es cuestionable. Y el déficit de médicos y personal de salud compromete aún más el panorama.

Toser se ha vuelto una grosería, un insulto en voz alta contra la humanidad, una piedra en la cabeza, una vulgaridad que para algunos significa una sentencia de muerte.

Escondo mi gripe nerviosa. Me trago la tos. Las ganas de aclarar mi garganta, de barrer la flema de mis bronquios. En la calle hago lo posible por estrangular mi gripe desvelada, la que me acompaña desde mi niñez y que estalla hasta con el polvo de mis zapatos.

En la calle no hay espacio para esa tos nerviosa, insistente, que mi difunta abuela comparó, sarcásticamente, con los espasmos que postraban a los tísicos de su sala de enfermería en el Hospital Vargas.

Es un día cualquiera de la cuarentena y ya agoté las rutinas de ejercicios a medio hacer. Repaso la música vigente de The Beatles, hago planes, miro el teléfono y retomo otros planes inconclusos.

Esta situación me hace pensar que lo único cierto es que no podemos huir a las circunstancias difíciles, las toses y los estornudos nos alcanzan donde estemos. Incluso esa nube virulenta que, vista desde el miedo, podría escurrirse por nuestras rendijas. La realidad pone a prueba la paciencia y nuestro modo de vivir.

Ir al mercado y ver letreros con anuncios que oficializan el racionamiento de carne, me aturde. Aquella imagen, que enmudece a quienes parecen acostumbrados a tenerlo todo sobre la mesa, me resulta familiar.

Todo aquello, los anaqueles repletos de comida y los servicios en su lugar, que se había convertido en mi mayor recompensa en Madeira, se arruinó.

Me agita, debo confesarlo, la mezquindad convertida en pesadilla.

Cada vez que miro a cuanta anciana varicosa se me cruza en el automercado con carritos atracados, hasta el hartazgo, de alimentos, pienso revivo mi relación con la comida, mediada hasta hace un año por la escasez en Venezuela. Entonces solo veo los escombros de ese país malogrado por el socialismo.

Miro el reloj y apenas han transcurrido los tres primeros días de mi cuarentena.

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