En el Sur los vivos deciden la rutina

En el Sur los vivos deciden la rutina

0 227

Julio Materano

En Caracas los cementerios no solo albergan muertos, también son refugios de vivos. Son la casa de almas perturbadas y cuerpos andrajosos, que se declaran sin hogar y deciden sepultar su existencia en fosas que se creían destinadas a cadáveres. Puede que parezca un sarcasmo, una sátira de lo que ocurre en una sociedad despellejada como la venezolana, pero es la realidad, una que, al igual que en otros casos, le tuerce el pescuezo a la ficción. Porque en Venezuela la cotidianidad supera el mundo de las ideas. Es más descarnada que cualquier guión de suspenso.

Como ocurre en el Cementerio General del Sur, el más importante de Distrito Capital, que no deja de ser una metrópolis con tumbas de puertas abiertas y caminos de espesa vegetación que conducen a los domicilios más raros y escalofriantes: panteones profanados, sepulcros corrompidos por alcohólicos, drogadictos, pero también por personas que incursionan en una vida ermitaña, sumidas en su propia miseria.

Aún recuerdo con lucidez aquella ocasión en la que, mientras cubría una pauta periodística para el diario El Universal, en la iglesia San Miguel Arcángel de El Cementerio, hallé la historia de Marta Ortega; una docente auxiliar, de 49 años, que trabajó en el preescolar Jesús de la Divina Misericordia en San José de Cotiza y vivía en el Mausoleo del presidente Joaquín Crespo, el monumento más importante del camposanto, inaugurado el 5 de julio de 1876.

Ese día, el día que descubrí su historia, Marta había acudido —como todos los viernes— a la iglesia para retirar en la hora de la cena lo que realmente era un almuerzo y, en su caso, su única comida. Entonces me confesó que tenía cuatro meses en el panteón de Crespo. Era como le había devenido el drama de su recaída en las drogas. Aquella mujer no solo consumía «piedra», vivía de la prostitución y compartía la capilla con cinco personas más.  Y aunque, según su relato, no todos eran viciosos, sí tenían un drama en común: estaban en situación de calle y pedían ser reinsertados. Parecían haber extraviado el sentido de sus vidas y se asumían, por todo aquel horror, como el despojo de nuestra sociedad mezquina.

Lejos de ser un lugar de descanso, las tumbas son caminerías, bateas, tendederos y fogones. Todo al mismo tiempo. No hay deferencia hacia los difuntos. Son puentes y pasadizos. En el barrio de los acostados, los vivos, que son los menos, imponen la rutina. Más allá del ornato, la fuente central del recinto es un llenadero a cielo abierto. Del lugar se carga el agua para preparar alimentos, lavar algo de ropa o bañarse. Quienes visitan con frecuencia  el Cementerio General del Sur, el principal camposanto de la ciudad, dicen que viven en luto permanente. Los caminos tupidos de espesa vegetación, el ambiente enrarecido por el acecho de ladrones y las tumbas de puertas abiertas corroboran la desidia en la necrópolis.

A propósito del Día de los Muertos, que se conmemora el 2 de noviembre, algunos tienen la vieja costumbre de visitar las tumbas de sus difuntos. En México, por ejemplo, es todo un acontecimiento. Es lo más parecido a una fiesta. Los deudos llevan piñatas, erigen altares con las fotos de sus difuntos y rinden tributo como música y comida. Es más una festividad animada por el jolgorio popular que por las miradas taciturnas que embargan el último adiós. Pero en Caracas es un día de llanto para muchos. Algunos ni consiguen a sus muertos. Y las visitas se realizan veloces al ritmo de los responsos, las oraciones que se alternan con el agua clara que llevan los familiares en potes para arrancar la mugre de las lápidas.

En lo que respecta a la vida en el interior del camposanto—porque sí, hay vida— las noches son largas, oscuras, con destellos de luces que estallan en la parte alta del barrio Santa Eduvigis y los caseríos de espalda a las tumbas. Quienes allí residen se iluminan con velas y se guarecen mucho antes de la puesta de sol, cuando los últimos deudos aún continúan en el camposanto y los arribistas hacen el mayor esfuerzo para no levantar sospechas. Son nómadas dentro de una porción de ciudad inmóvil. Algunos se refugian en el “Panteón de Los policías” y deambulan entre criptas de poca fama.

En el camposanto, las visitas dominicales pierden seguidores. Y se convierten en tradiciones difíciles de cumplir. Ubicado al final de la avenida principal de la urbanización Santa Rosalía, el Cementerio General del Sur, fue abierto hace más de 142 años. Fue erigido durante el primer gobierno del general Antonio Guzmán Blanco. Y más que un hito, su construcción significó la clausura de 27 necrópolis que había en la ciudad. Toda inhumación fuera del recinto era considerada ilegal —pues era el único autorizado para los sepelios y actos de solemnidad.

En la actualidad aloja los restos de próceres y sus familiares. Posee más de 246 hectáreas y se ha extendido con los años. Algunos sectores están delimitados, separados por grupos étnicos y credos: judíos, ortodoxos, cristianos, vascos y suizos, por mencionar algunos. Pero su aspecto es ruinoso. Hace rato que perdió su cariz de museo escultórico. El monte acobija las parcelas, desdibuja los linderos y no hay vigilancia. Los cadáveres son profanados a plena luz del día, cuando los carroñeros de huesos se hacen pasar por deudos y destrozan las tumbas. La embestida de quienes comercializan con la muerte ha provocado la devastación de panteones enteros y la pérdida de santuarios.

El deterioro no solo cobra terreno en el campo, también se posa en las esculturas que guardan valor patrimonial. En especial las que están en el bulevar principal, que da acceso a la zona central que fue declarada Monumento Histórico Nacional.

Construido en 1898, el mausoleo de quien fue dos veces Presidente de la República, Joaquín Crespo, con estilo dórico, es el monumento más importante de la necrópolis. Sus dimensiones y estética lo confirman. De su decoración solo quedan ventanas desvestidas de sus vitrales, cerraduras violentadas y rastrojos de basura por dondequiera. El lugar acaparó la atención de las autoridades en marzo de 2013 cuando se reportó la desaparición de los restos del general y de su esposa Jacinta de Crespo, al igual que algunos de sus hijos. El hurto, que inquietó al país, sigue siendo una incógnita por despejar.

SIMILAR ARTICLES

No hay comentarios

Leave a Reply