Un enclave madeirense con calor venezolano

Un enclave madeirense con calor venezolano

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En el Club Social de las Comunidades Madeirenses sus miembros tienen una cita fija cada tarde para jugar canasta, dominó, ver el fútbol, comer, beber y hasta cantar karaoke.

Delia Meneses

Es tal vez el equivalente del Centro Portugués de Caracas pero sin su parsimonia ni opulencia. Su edificación inexpresiva, desprovista de la echonería de una gran fachada, sus techos bajos y paredes desconchadas son tal vez la mayor prueba de un recinto que no logró ser lo que un día prometía ser. No hay piscinas, tampoco canchas, pero sus dos salones asabanados, atestados de visitantes, confirman que lo más importante ocurre en su interior, un espacio que sin pretensiones de lujos ha sabido hermanar a los connacionales que regresaron a Madeira en busca de nuevas oportunidades.

Es el Club Social de las Comunidades Madeirenses, como se lee en los estatutos de la asociación, un lugar cuya fama le viene de su nombre informal: el club venezolano, como se le conoce popularmente. Sus puertas, abiertas al eterno recreo dominical, solo cierran tres días al año: Viernes Santo y los 24 y 25 de diciembre. Y en esas ocasiones puntuales los socios lo echan de menos.

Todos los que frecuentan esta casa parecen vivir en dos países al mismo tiempo, como Olavo Manica, fundador y expresidente del recinto en el que muchos soñaban construir un centro social y recreativo, en un terreno de más de 7 mil metros cuadrados. Pero los planes se frustraron por fuerza de la crisis en Venezuela y en Madeira. Con todo ello en contra, en ese lugar, ubicado en la freguesía de São Martinho, sus socios hallaron un espacio para el encuentro y la convivencia, para compartir la nostalgia de otros tiempos, un refugio para los mayores, que allí tienen una cita fija cada tarde para jugar dominó, ver el fútbol, comer, beber y hasta cantar karaoke.

En este club, más que en cualquier otro punto de la isla, se respira Venezuela. En el salón, fotografías de misses y minimisses, de reñidos torneos de dominó y de canasta. En el bar, arepas, empanadas, cachapas, patacones, chicha y Malta Caracas. En diciembre, hallacas. Algunos fines de semana preparan pabellón y otros comida típica portuguesa: cozido, feijoada, sardinhas y espetada.

Quienes hacen vida en esta casa coinciden en que hasta ahora no encontraron pueblo más amable y carismático que el venezolano pero no soportaron vivir bajo la presión de la inseguridad y la crisis de los servicios públicos. Muchos perdieron la confianza para invertir en el país. Hoy se refugian en la seguridad de una vida en Madeira. Pero algunos sufren. Viver en una pequeña isla no es fácil, sobre todo cuando se viene de Venezuela. Muchos tienen hijos y nietos allá y otros recuerdan con nostalgia ese país donde crecieron, como Gilda Pereira Pestana, quien emigró a la tierra de Bolívar cuando apenas tenía 5 años.

«En Venezuela estudié e hice la Primera Comunión, lo considero mi país. Su gente simpática y amorosa no se consigue en otra parte. Recuerdo los paseos en grupo a la playa y a El Junquito y las tardes de canasta en el Centro Portugués. Mi esposo y yo decidimos regresar a Madeira en mayo de 2002″. Un mes después del golpe y contragolpe de Estado. Ella tenía 50, él 60. El intento de secuestro del esposo de Gilda aceleró su decisión de marcharse. Desde que llegaron a la isla encontraron en el club venezolano un oasis.

«Aquí estoy como en familia, juego canasta, colaboro en lo que puedo, canto para animar las tardes. Además de los lusovenezolanos, que somos 80% de quienes hacemos vida aquí, también se han integrado algunos madeirenses. Yo vengo todos los días, a menos que tenga algún compromiso», cuenta Gilda. Desde que llegó a la isla viajaba a Venezuela todos los años, pero tiene dos que no va.

En 2016, el centro social, que en sus inicios tuvo grandes planes de crecimiento, corrió el riesgo de cerrar sus puertas. En el año 2000 se adquirió la propiedad por cerca de 700 mil euros. El objetivo era reunir a los emigrantes que regresaron a Madeira mayoritariamente provenientes de Venezuela. Vino la crisis y la edificación casi pasa a las manos del antiguo Banif, pero la deuda, de casi 400 mil euros, fue saldada por un grupo de nueve socios.

En sus mejores tiempos, el número de miembros del club superó los 400, pero esta cifra cayó drásticamente. Muchos de los asociados estaban en Venezuela y cuando la situación allá empeoró dejaron de pagar la cuota mensual, pues aunque no era muy alta ya no podían costearla. Esto mermó de forma considerable los recursos del club, cuenta uno de los socios.

«Aquí recordamos mucho a Venezuela, y cómo no hacerlo», dice Arturo, quien fuera acordionista del grupo folclórico del Centro Portugués de Caracas en sus inicios. A su lado está Humberto Ferreira, quien presidió el club de Macaracuay en 1974. Y así cada uno tiene una historia que involucra a Venezuela. «Yo trabajé más de 30 años en el mercado de Coche», dice otro.

Los socios agradecen la buena sazón de Magdalena, su actitud siempre amable y dispuesta. Ella es la encargada de preparar los bocados típicos de la gastronomía criolla desde hace más de una década. «Lo que más vendemos son arepas y empanadas. Ahora solo estamos los marineros, no hay capitán, pero ya cada uno sabe lo que debe hacer». Actualmente el club no tiene presidente, pero está por realizarse una asamblea para elegir a los nuevos directivos, relata María Magdalena Gouveia, quien nació en la Maternidad Concepción Palacios hace 60 años, 20 de los cuales han transcurrido en Madeira. «En este centro nos acoplamos muy bien. mucha gente se une y se siente el calor humano que hace falta cuando llegas a la isla».

Nunca la presencia de Venezuela se sintió tanto en Madeira como ahora, coinciden los miembros del club. Las estadísticas hablan de mas de 8 mil lusovenezolanos. Los criollos se sienten en las cajas de los supermercados, en las tiendas de los centros comerciales, en los pasillos de la Universidad de Madeira, en las noches de la discoteca Copacabana. No solo en el acento, también en la música que se escucha de repente, en los productos que se exhiben en los anaqueles. Y la arepa, la más popular expresión culinaria venezolana, se infiltró en la cotidianidad de la región.

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