Entre ollas hirvientes, fogones, pescados enormes y aromas deliciosos, encontramos a Abilio de Abreu Diogo trabajando junto a otros cocineros que se movían de un lado a otro en perfecta sincronía, como si se tratara de una coreografía culinaria.

En ese instante se demuestra que hay otro mundo dentro de la cocina de un restaurant: todo va a la velocidad de la luz, todo se crea en el acto y suceden mil cosas a la vez. Por eso, a don Abilio le apasiona tanto trabajar allí día a día, como lo ha hecho por 25 años en Casa Urrutia.

A bordo del Santa María
Su familia es oriunda de Ribeira Brava (Madeira), que es una pequeña pero atractiva ciudad ubicada en la desembocadura del río del mismo nombre, entre montañas de platanares y otros cultivos, al suroeste de la isla y unos 15 kilómetros de la capital Funchal.

Él también nació en esa vila portuguesa el 30 de enero de 1952, a los 3 años de edad falleció su padre y, cuando estaba por llegar a la adolescencia, la sombra del cuartel amenazaba cada vez más y para que no lo enrolaran en una guerra su madre decidió que era hora de emigrar y eligió a Venezuela como destino.

“Ella llegó primero para preparar el camino y luego me vine con 13 años de edad junto a mi hermano menor. Viajamos los dos sin familiares que nos cuidaran ni amigos, pero nos cuidábamos el uno al otro y nos sentíamos bien. El viaje duró tres semanas a bordo del barco Santa María”, en el último viaje que dio para inmigrantes antes de irse a Angola a surcar los mares africanos.

“Fue una gran experiencia y nunca tuve miedo, quizás fue porque a esa edad uno no ve peligro ni obstáculos o pudo ser la emoción tan grande que yo tenía por comenzar algo distinto”, admite el ribeirabravense.

Aquel año de 1967 en Caracas comenzó otro capítulo en su historia, trabajó en una bodega ubicada en Santa Mónica y luego en un negocio propio. A Casa Urrutia llegó en la década del 90, “cuando entré no sabía preparar un plato, nada de nada, pero tenía muchísima disposición de aprender y lo hice tan rápido que mi jefe, el señor Koldo Urrutia, me subió el sueldo al doble apenas el primer mes de trabajo”.

Innovando en la cocina vasca
“El helado con queso y naranja gustó a todos desde que lo inventé, al igual que el salmón en eneldo y otra variedad que lleva crema de leche. Por supuesto, no podía faltar el bacalao y otras recetas que ni habría imaginado 30 años atrás, cuando no sabía cocinar. “Mi esposa dice que aprender fue lo mejor, ahora ella y sus hermanas están casadas con cocineros”.

En el restaurante la gastronomía vasca ocupa un lugar especial y le encanta prepararla, de hecho, ha contribuido con el menú con nuevas combinaciones. “Tenemos muchos tipos de pescados y todos son frescos, casi parece que siguen en el mar, además utilizamos ingredientes de primera calidad y lo servimos con gusto porque cada cliente es exigente y cuando valora la calidad y el servicio, siempre regresa”.

Esa filosofía le ha servido para conquistar comensales de todas las áreas de la sociedad: artistas, deportistas, “presidentes venezolanos y extranjeros, como uno argentino que pidió entrar a la cocina para felicitarnos personalmente”, recuerda. “También aprendí repostería francesa, que lleva texturas y sabores muy particulares, algo que le ha gustado a los europeos que vienen acá”.

Entre lo que más disfruta preparar está el mero y, basta con hojear la ruta gastronómica caraqueña, para descubrir que la Casa Urrutia es muy alabada en la preparación de esta especie y don Abilio es parte de ese éxito. “Eso un trabajo en equipo” resalta enseguida.

Para él, “la cocina es como la vida: los pilares son la familia, el trabajo, la honestidad y las raíces, pero lo más importante es qué haces con esos dones. Lo mismo ves en esta olla, la base casi siempre lleva cebolla, pimentón, ajo…pero depende de ti preparar algo regular o algo maravilloso”.

Formando un hogar
En 1979 se casó con Fátima por poder (la ley permite el matrimonio por esta vía cuando uno de los dos contrayentes no puede estar presente en el lugar, fecha y hora de la boda). Ella era su amor de toda la vida…literalmente de toda la vida “porque su familia era vecina de la mía y cuando ella nació yo fui a visitarla y la cargué, en ese instante le dije a su madre que cuando fuese grande me casaría con ella y así sucedió”… Nunca la frase “amor a primera vista” tuvo tanto sentido como en esta historia.

Ya van 36 años de matrimonio y ambos agradecen que se cumpliera aquel sueño. “También mi suegra dice que está muy contenta, cada vez que llama a casa pide hablar conmigo y conversamos mucho” comenta el famoso cocinero de Casa Urrutia, quien vale decir, que su esposa y sus hermanas están casadas con cocineros, por coincidencias de la vida”.

El matrimonio tiene dos hijas “de gran corazón y buenos principios” y un hijo “graduado de Ingeniero con la distinción Suma Cum Laude”. Ellos le dieron el mejor de los regalos “ser abuelo. Eso me cambió la vida, es algo indescriptible, me inspiran, me llenan el corazón de felicidad y agradezco a Dios por haberme dado esta bendición”, afirma emocionado.

Pero esto “no vino del aire” acota, “esos logros de deben al esfuerzo que hicimos y lo digo con toda la humildad del mundo. Yo trabajaba dos turnos y el poco el tiempo libre lo invertía en ellos, en acompañarlos, quererlos y ayudar mi esposa que atendía tanto a su negocio como a nuestra casa. Siempre me ha gustado ayudar en los quehaceres de la casa porque un hombre debe colaborar en todo y ese ejemplo lo veía mi hijo. Hoy en día él hace lo mismo en su hogar y eso me llena de alegría”.

“El sabor de mi tierra”
Al radicarse en Venezuela nunca se desvinculó de las raíces al igual que sus hermanos. “Tengo muchos recuerdos de mi tierra, me encanta la música, conservamos las tradiciones y la comida”. ¿A qué saben esos recuerdos? Fue la pregunta que saltó ante la nostalgia. “A felicidad y a saudade, porque es único el sabor de mi tierra” dijo con brillo en la mirada y la respuesta llenó el alma.

Cada 29 de junio en casa de la familia de Abreu Diogo celebran el día de San Pedro, patrono de Ribeira Brava. “La penúltima vez que fui a mi pueblo tenía 25 años sin verlo, se notó el progreso y me impactó lo diferente que estaba”. La gente tampoco era la misma, muchos de sus amigos no están y su madre había fallecido (hace 17 años), pero disfruta cuando habla de otros temas como las bellezas naturales, las siembras y la amabilidad de sus coterráneos.

De vuelta a la cocina, sus compañeros de trabajo no escatiman en ofrecer halagos hacia su labor. “Es un hombre muy responsable”, “quiere mucho a su tierra”, “sabe bastante”, afirman mientras se preparan para abrir el restaurant.

Allí, en Casa Urrutia, Don Abilio lleva 25 años y hace poco tuvo que hacer una pausa obligatoria, alejándose de la vorágine, lo cual a la larga también le impactó. “Fue difícil parar pero me operaron, gracias a Dios todo terminó bien y solo tengo una marca de casi 250 puntos” de un larga cicatriz que le hizo pensar en lo corta que es la vida y por eso no deja de aprovecharla. “Ahora trabajo un turno y enseguida me voy a casa a pasar tiempo con mi esposa que, por cierto, está igual de bella que hace 30 años, somos felices al ver crecer a nuestros tres nietos y viene otro en camino. Yo digo que la familia es el mejor ingrediente para ser feliz”.

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