«Hacer política es una manera de hacer algo por la gente»

«Hacer política es una manera de hacer algo por la gente»

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La madeirense Lidia Albornoz, quien vivió 20 años en Venezuela, es la número 26 en la lista de aspirantes a la Asamblea Regional por el CDS

Julio Materano

El día que la profesora Lidia Albornoz se estrenó como carnicera en Madeira recibió 30 cajas de pollo para deshuesar. Era su primer encargo, una orden seguramente atolondrada por aquello de llevar, en lugar de lápiz y libreta, un cuchillo amolado que, con el vértigo de la primera jornada, le habría parecido una daga desolladora. Con las botas de hule blanquísimo puestas y ataviada con un delantal, entonces solo recibió una instrucción breve, en un portugués raudo, que provenía de un jefe hambriento que se largaba para almorzar. A su regreso, la maestra había desmenbrado, a pulso enérgico, 15 cajas de pollo, un trabajo que debía administrar para el resto de la semana y que a ella solo le tomó horas.

Años después de aquella experiencia laboral en el supermercado Pingo Doce, que en realidad le duró tres años, son muchos los soles que han transcurrido para Lidia, quien es madeirense de nacimiento y presume de una vida próspera en Venezuela, donde se hizo profesora de Castellano y Literatura y además se licenció en Educación Especial: su mayor capital profesional.

La historia de Lidia, la número 26 en la lista de aspirantes a la Asamblea Regional por el CDS, es la de una familia de Madeira, cuyo padre, en ocasiones escurridizo, vivió la mayor parte de sus días atormentado por el fantasma de la guerra. Una obsesión esquizoide con la que ella y su familia parecían condenados a batallar a dondequiera que fuesen.

En Venezuela, donde Lidia vivió entre 1977 y 1997, su familia cargó con 13 mudanzas. «Vivimos en 13 casas distintas, todas alquiladas en diferentes zonas de Maracaibo», recuerda. Era siempre un comenzar de nuevo, un perder y ganar amistades. Una especie de círculo vicioso que malogró, de cierta forma, su estabilidad. «Era un verdadero problema. Y aunque mi papá tenía su psiquiatra en Venezuela, cuando regresó definitivamente a Madeira, lo vieron como el loco combatiente que dejó la guerra».

Albornoz no solo hizo vida en Venezuela. Antes estuvo en Mozambique, al sur de África, cuyo Gobierno otorgó prebendas a quienes estuvieran dispuestos a cultivar la tierra. «Madeira era una isla muy pobre y mi papá, que había estado en la Guerra de Ultramar, como se le conoce a la Guerra Colonial Portuguesa, quiso volver a África, esa vez a Mozambique, donde vivimos cinco años», relata.

La docente recuerda que llegaron a Mozambique tras un viaje en barco que duró 13 días. Allí fueron agricultores. Produjeron café, girasol y tenían una casa opulenta con un horno artesanal que robaba la atención de los negros africanos. Pero todo dio un vuelco cuando comenzaron las amenazas contra las familias portuguesas. Lidia apenas pudo llevar su muñeca de trapo cuando emprendieron la huida a Madeira. Vestía una pijama y lo dejaron todo despavoridos.

Poco tiempo después de su regreso a la isla, la familia se embarcó en un nuevo viaje, pero esta vez a Venezuela. Primero su padre y después el resto de la familia. El zarpazo a lo que sería una nueva tierra de gracia, la ciudad de Maracaibo, fue un 22 de septiembre, un día después de cumplir los 8 años.

Su llegada quedó literalmente plasmada en una imagen de la prensa local. «Recuerdo que los trabajadores del aeropuerto estaban en huelga. Hacía un calor increíble y no hablábamos nada de español. A mi hermano le tomó tres años articular palabras. Yo en dos meses ya me comunicaba y hacía los mandados de la casa», cuenta quien se formó como profesora en la Universidad Cecilio Acosta.

Su incursión en la docencia fue tras un embarazo precoz. Lidia se hizo mamá a los 18 años, cuando cursaba Derecho, una carrera que interrumpió con su gravidez. Tras 20 años en Venezuela, (1977-1997), se regresó nuevamente a Madeira para acompañar a su tía y luego a su padre, quien además de su desconcierto mental, padeció cáncer.

En la isla incursionó en la política en 2007. Entonces, dice, era solo un deber social. Participó en varias manifestaciones en contra del gobierno de Chávez y formó parte de la oposición en la Región. «En Venezuela no llegué a adquirir la nacionalidad porque mi papá no lo quiso y nosotros éramos obedientes. Pero tenía un deber con el país».

Su experiencia en la carnicería le sirvió para hacer tiempo y dinero hasta cursar su equivalencia en la Universidad de Madeira, un proceso que le tomó dos años y medio. «Estuve en el Edifico 2000 y fui jefa de Carnicería en el Pingo Doce del Centro Comercial Anadía. Hubo un tiempo en el que trabajaba y estudiaba. E intentaba conciliar mis horas de almuerzo para presentar los exámenes», recuerda. «Los primeros exámenes los contestaba en castellano. Ahí comenzó mi tragedia, hasta que pude prepararme».

Tanto se preparó que ahora es maestra de primaria en una escuela de la isla y su apoyo ha sido clave en el proceso de integración de muchos lusovenezolanos, tanto niños como adultos, que en ella han encontrado una aliada para el aprendizaje del idioma portugués o para la realización de gestiones. «Lo hago porque me nace, de una forma desinteresada, porque sé lo difícil que es emigrar».

En el ejercicio de la política halló otra forma de servir. «Entendí que es una manera de hacer algo por la gente y entonces decidí aceptar la invitación que me hicieron para formar parte del CDS, lo más parecido a una oposición segura. Luego formé parte del Consejo Regional del partido. Más tarde fui candidata a la Junta de Freguesía y al Consejo Regional de Santa Cruz. Hicimos un trabajo de calle importante. En un país donde se gobierna solo, no hay democracia. En estas regionales vamos a tener un trabajo conjunto con ayuda de los lusodescendientes. Tiene que haber un gabinete de apoyo al emigrante», dice.

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