Isadora Valero, quien se profesionalizó en el Hamburg Ballet, en Alemania, consolida...

Isadora Valero, quien se profesionalizó en el Hamburg Ballet, en Alemania, consolida su carrera en Lisboa

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Julio Materano

Al igual que la danza, sus zapatos son su arte, la síntesis más obvia de la maestría con la que encarna el ballet. Para Isadora Valero, la única venezolana en arribar a la Compañia Nacional de Ballet de Portugal, coser es, en cierta medida, igual a danzar. O al menos lo es en casa, después de cada ristra de ensayos.

Su implacable rutina acaba, casi siempre, con el zurcido por adelantado de sus puntas, las zapatillas de yeso y cartón sobre las que clava todo su cuerpo como si fuese un alfiler puntiagudo. Isadora también las fija con pegamento y refuerza las ligas que envuelven sus tobillos. Lo hace con una costura exhaustiva pero delicada. No admite margen de riesgo. Utiliza hilo grueso y escudriña las mercerías hasta conseguir la aguja más gorda. «Hay quienes las cosen con hilo dental», dice. Pero no he llegado tan lejos.

Tal vez porque lo menos que quiere es verlas rotas, ajadas, al final de cada día le dedica por lo menos media hora a sus zapatillas. Son una parte de sí, el vestido de sus pies delgados y tiene 20 de esas. Durante los espectáculos más intensos, puede que se calce hasta cinco por semana. Coserlas quizás sea también un modo de hilvanar a la bailarina interior, a la venezolana que dejó a su familia atrás, que a los 17 años renunció a una vida cerca de los suyos y a la estudiante del liceo Santiago de León de Caracas, que salió de su país, en plena adolescencia, para labrarse un sueño: la danza. Probablemente sea también la forma como remienda los sacrificios sobre los que ha construido gestas inusitadas.

Hoy Isadora es además la única latina en incorporarse a una compañía de tan alta fama en la tierra de Camões. Con 28 años y un camino recorrido en la Escuela Hamburg Ballet, en Alemania, ha sabido capitalizar las oportunidades que le presenta la vida. Ha roto los muros. Con una medida por debajo de los cánones de la danza, 1,58 metros de estatura, admite, con gracia, que ha tenido que hacerse más grande. Y revela su secreto, uno que solo queda plasmado en su currículum: en realidad prefiere decir que mide 1,60. Y a diferencia de cualquier mujer de su edad, no suplanta el tamaño que le falta con tacones. Se eleva con la danza, baila, agita su cuerpo.

En realidad su carrera inició a los 8 años, cuatro más tarde de lo que habría querido. Entonces era solo una niña cuyos padres la apoyaron en la coquetería de bailar. «Todavía no sé por qué razón quise bailar pero a los cuatro aún era muy pequeña. Cuando crecí me llevaron a Nina Novak, una escuela de ballet clásico cerca de mi casa, en Caracas, donde me quedé desde el día uno», recuerda desde Lisboa, al otro lado del hilo telefónico, en un intento raudo por desenmarañar su pasión. Y rompe el hielo de la conversación con una burla que parece una sentencia de verdad: «los pies de las bailarinas son feos». Y el desparpajo de las risas gobierna la entrevista.

Fue durante su adolescencia cuando comenzaron sus primeros viajes para competir en Estados Unidos, Rusia, Corea y otro manojo de países donde exhibió sus destrezas en aquello de hablar con el cuerpo. Porque Isadora se cruza palabras con el público, dialoga con sus brazos y responde con las piernas. Lo hace sin verbalizar siquiera una frase, con pasos afrancesados que en ocasiones son esbozos de literatura, piezas de teatro o de grandes dramas universales: Plié, Jeté, Rond de jambe, Grand Battement y Adagio.

Pero no fue sino hasta completar el bachillerato, cuando quiso profesionalizar su carrera. «En Venezuela, como es sabido, no hay un conservatorio con validez internacional. Entonces tuve que buscar otras opciones para crecer». Su participación como invitada en Romeo y Julieta y en El Cascanueces, durante su carrera en Venezuela, profundizaron su sed. Tenía contrato para quedarse, pero lo rechazó por fuerzas mayores: buscaba un aval internacional y lo consiguió en Alemania, donde se formó durante dos años y luego obtuvo un contrato por tres más.

Nueve años después de aquel inicio genuino en Caracas debió salir del país. Lo hizo con pasos pequeños pero firmes. Con un diploma simbólico en la mano, que acreditaba en Venezuela toda su pericia en el ballet, la joven iba por más. Pero esta vez lo haría en Europa, en Hamburg Ballett School, una institución dirigida por el bailarín y coreógrafo norteamericano John Neumeier. Allí recibió una beca para formarse. Fue la oportunidad que la arrimó a la profesionalización. Isadora, la que hoy se refugia en la lisura de ser la única venezolana en el Ballet de Portugal, nunca recibió medallas. Estuvo, sí, en distintas competencias, incluso en Nueva York, pero jamás en cuadros de honor.

Ni los laureles ni las mieles de los triunfos fueron sus conquistas más recurrentes. Pero su empeño y más tarde su disciplina jugaron a su favor en Hamburg Ballet. «Era otro nivel. Durante la audición para la beca no tenía idea de qué buscaban. Sólo me  dijeron ‘estaríamos feliz de tenerte'». Fue un comienzo fuerte. Durante esos dos años estuvo internada. Compartía habitación con tres chicas, una de Japón, otra de Argentina y una más de Filandia.

Estaba todo el día en la escuela. Estudiaba Anatomía, Historia de la Danza y alemán. Entonces también era la única venezolana en llegar oficialmente a la institución. En total fueron cinco años en Alemania. «Trabajar en lo que uno ama no tiene precio y yo realmente lo valoro, no todo el mundo tiene esa suerte».

En Hamburg Ballet fue aprendiz, luego pasó al cuerpo de baile, también fue solista y principal. Estuvo en todos los escalafones. Sin embargo, fue también en Alemania donde decidió cambiar toda su suerte. Entonces la asaltó la necesidad de reinventarse. Quiso buscar una compañía repertorio donde pudiera probar distintos matices de la danza, lo que devino en su ingreso al Northern Ballet, la institución con la que hizo giras por Reino Unido. Pero quiso eludir el encuadre. Buscaba probar distintos estilos: clásico, comtemporáneo y experimentar, tener su espacio. Fue así como llegó a la Compañía Nacional de Portugal en 2015. «De toda Europa, Portugal es lo más parecido a Venezuela, a nuestra tierra, a su gente cálida y eso me atrajo».

Hoy sus días transcurren entre ensayos. El trabajo es exigente en la Compañía Nacional de Portugal. Le demanda todo su tiempo y su atención se debate entre varias piezas. Sus jornadas, maratónicas pero placenteras, inician a las 9:00 de la mañana y apenas le alcanza el tiempo para almorzar. Es la vida de una bailarina que debe visitar, como todas sus colegas, el fisioterapeuta para aliviar sus dolores antes de marcharse a casa. «Me coloco hielo en los pies para aliviar las lesiones. Es obligatoria la evaluación del especialista», dice la joven quien practica yoga, pilates y tiene el inglés como segunda lengua.

Hoy es la bailarina principal en una compañía de Estado conformada por unos 70 artistas. Una de las cualidades de un buen bailarín es la versatilidad e Isadora no es la excepción. Durante esta temporada ha encarado roles estelares en los clásicos Romeo y Julieta, cuya obra se presentó en el Centro Cultural de Belén, a propósito del Día de la Música, y en Don Quijote, donde hizo el papel de Kitri, la moza que Don Quijote confundió con su Dulcinea. Fue una produccion que duró tres semanas en el Teatro Camões. «Me tuve que leer el libro de Don Quijote para complementar el proceso de trabajo. Fue un espectáculo de tres actos que duró dos horas y media. Terminas muy cansada».

En el escenario su cuerpo obedece a su mente y no piensa sino en bailar. «Cuando entro al escenario no lo hago como Isadora, en ese momento soy un medio, entro a otro mundo, a mi mundo interior, voy a otro lugar y bailo y río y lo disfruto. Es algo especial, cuando representas un rol eres un personaje. Tienes que serlo porque en ocasiones ocurren imprevistos y debes responder como el personaje. Hacer ballet requiere de valentía. Tienes que hacer tu trabajo sin dudar». Hoy su arte le permite llegar a China, como lo tienen previsto en junio, cuando esperan presentar Bailarinas en tiempo incierto.

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