José Nóbrega impulsa la educación en el Delta

José Nóbrega impulsa la educación en el Delta

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Misionero claretiano, nacido en Madeira, está a cargo de cuatro centros de enseñanza en las comunidades de San Félix de Guayana y Sierra Imataca en Delta Amacuro

Delia Meneses

José Nóbrega es misionero claretiano. Nació en Caniço, en la isla de Madeira, pero a los 6 años emigró a Venezuela junto a su madre a bordo del barco Flavia. El niño, que en 1969 llegó al país sudamericano, solo volvió a Portugal medio siglo después, para redescubrir una isla que sus ojos desconocían.

Desde finales de noviembre de 2019, el padre está de vacaciones en la Región Autónoma para descansar y compartir con la familia: su madre, un hermano, tíos y primos. Podría decirse que son las primeras vacaciones en serio desde que se ordenó sacerdote hace 28 años. En enero regresa a Venezuela, más específicamente a Delta Amacuro, donde está a cargo de cuatro instituciones educativas en las comunidades de San Félix de Guayana y Sierra Imataca, un camino misionero que comenzó en 1991.

Nóbrega creció en la calle 14 de Los Jardines de El Valle y se hizo bachiller en el Colegio Fe y Alegría, de La Rinconada, donde también estudiaron sus tres hermanos. Los cuatro se decantaron por la Ingeniería. El ahora sacerdote quiso ser ingeniero mecánico. Comenzó a cursar la carrera en la Universidad Simón Bolívar, pero no culminó los estudios. La vocación religiosa irrumpió como fruto, quizás, de aquellas reuniones con la pastoral juvenil. Recuerda, especialmente, un encuentro de jóvenes en Barquisimeto: la convivencia vocacional de los claretianos, la congregación en la que después se formaría como sacerdote, en Caracas.

La decisión no dejó de sorprender a sus padres, ambos naturales de Caniço; sin embargo, nunca se opusieron. Se ordenó en 1991 y sin demoras lo enviaron al Delta, aprovechando la energía de sus 26 años. No era una misión fácil. Quienes lo precedieron a lo sumo habían durado dos años en esta zona de clima cálido y húmedo donde la temperatura muchas veces sobrepasa los 30 grados.

«Llegué, junto a otro misionero claretiano, en un momento complicado, en el que el paludismo resurgía y también había cólera. Además, nos tocó vivir la transición cuando Delta Amacuro dejó de ser un territorio federal para convertirse en un estado con sus municipios», explica Nóbrega, quien desde 2002 es director del complejo educativo Antonio María Claret, en Sierra Imataca, una escuela nacional donde estudian 300 alumnos desde preescolar hasta quinto año.

El misionero, quien tiene una maestría en gerencia educativa, también está a cargo de un centro de libre escolaridad en la comunidad de El Triunfo: un bachillerato que forma técnicos en informática, muchos de los cuales acaban el curso y se van a trabajar a Brasil. Además, vela por otros dos institutos en San Félix de Guayana que están a cargo de la Conferencia Episcopal Venezolana: un centro de capacitación para el trabajo y el Colegio Antonio María Claret que recibe a alumnos desertores para que culminen el quinto año. En las cuatro instituciones la principal debilidad es el déficit de personal docente.

Desde 1985 están los claretianos presentes en el Delta en medio del pueblo warao. En ese momento, dejaron tres parroquias en Caracas, Valencia y Mérida para estar al lado de los más pobres en este estado bañado por el río Orinoco. Fundaron dos comunidades misioneras, San Félix de Guayana y Sierra Imataca. El territorio que atienden abarca una amplia extensión de tierras y caños del Orinoco, así como asentamientos en tierra firme. Está dividido en dos áreas: El Triunfo y Piacoa. En la primera los misioneros asisten a las comunidades que residen en tierra firme y en la segunda a quienes viven en las orillas del río: un pueblo de pescadores e indígenas.

Delta Amacuro, un estado donde el principal atractivo son las construcciones coloniales y los templos religiosos, hoy, sufre el drama de la falta de gasolina que paraliza la rutina de sus habitantes. Convive con la corrupción, la inflación, la inseguridad y la presencia de la guerrilla colombiana. Y lidia también con la contaminación de sus aguas y con las exploraciones y explotación del Arco Minero que ponen en riesgo a la Sierra de Imataca, pulmón vegetal no solo de Venezuela sino de la humanidad.

Nóbrega admite que es un territorio donde se está constantemente en riesgo, a la buena de Dios y donde la vocación misionera se hace más ardua y difícil que nunca. La política lo permea todo, mucho más que en Caracas. Y la escasez obliga a cambiar las estrategias y las rutinas. «Para atender las cuatro instituciones, en un día, a veces debo recorrer 100 KM, pero en las estaciones de servicio solo surten 15 litros de gasolina diarios, por lo que muchas veces no puedo movilizarme. Los conductores pueden hacer hasta 2 o 3 días de cola para abastecerse de combustible», cuenta Nóbrega, quien, en medio de este escenario, tiene la titánica tarea de sembrar esperanza.

«A los adolescentes y jóvenes los animo a prepararse para levantar el país. Les hablo del riesgo de irse a las minas, una fuente de trabajo que puede ofrecer dinero rápido pero que les puede costar la vida. Intento alejarlos del bachaqueo y los motivo para que se acerquen a los mercados primarios: la producción de cacao, de algodón, de madera para construir muebles».

La Palabra de Dios ha de ser siempre el centro de la vida de la comunidad, por eso en la escuela Antonio María Claret, los alumnos leen a diario pasajes de la Biblia. Son leídos desde las luchas, esperanzas y fracasos que experimentan a diario y es una forma de llevar el mensaje de justicia, paz y fraternidad en medio de las pruebas y contradicciones.

Nóbrega agrega que en la escuela están trabajando con un proyecto educativo de cuando Medina Angarita fue presidente de Venezuela: La República Escolar, que pone el acento en la democracia participativa. «Es una forma de que los estudiantes vean que hay otra manera de hacer las cosas, que se pueden lograr cambios, resaltando la necesidad de participación y de asumir las propias responsabilidades, sin cargar a unos pocos, o sin esperar que sea Dios el que resuelva las cosas sin la acción humana».

El sacerdote, que volvió a Madeira después de 50 años, no reconoce nada de que aquella isla rural que dejó cuando tenía 6 años. «Lo único que permanece son las calles y aceras empedradas. Caniço, el lugar donde nací, era pura piedra, un paraje salvaje, hoy las construcciones ganan terreno». Espera volver con más frecuencia de vacaciones al archipiélago pero asegura que seguirá su misión en el Delta, con la tenacidad que da la fe y con la esperanza puesta en la filosofía de su padre fundador San Antonio María Claret: si la gente se forma bien, en algún momento habrá una base para que sean libres».

La misión claretiana en el Delta es un ejercicio de resistencia, permanecer es la manera que encuentran para no ceder espacios a la proliferación de religiones falsas, a los vicios y a la corrupción.

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