La diáspora madeirense

La diáspora madeirense

0 127

Julio Materano

Con 255 mil habitantes puede que la isla esté lejos de su albor demográfico, de la mejor tasa de natalidad, del renacimiento de una población que envejece conforme se marchan los más jóvenes.Pero, sin pretensiones de ser pesimista, Madeira ostenta la fama de una tierra despoblada, prometida desde siempre a la vejez.

Es una verdad consabida, un secreto a voces que queda en evidencia en sus calles empedradas, de luces viejas. La tercera edad es mayoría y las parejas postergan al límite de su juventud sus planes de familia. A la tibieza de sus residentes, las autoridades responden con subsidios raquíticos que buscan incentivar la paternidad en la isla. Sin embargo, hasta ahora el archipiélago no ha hallado un antídoto lo suficientemente poderoso para revertir su anemia demográfica. Y quizás no lo consiga hasta tanto no se multipliquen las fuentes de trabajo.

La imagen de una isla estéril, longeva, sumida en el reposo de la ancianidad no es un exceso ni un presagio desmedido. Es la antesala de un pronóstico melancólico que se robustece en pleno siglo XXI, en tiempos de la tecnología. En la medianía del siglo pasado, la población de Madeira rondaba los 270 mil moradores. Había para entonces casi 15 mil personas más con respecto al censo actual, según cifras del Instituto Nacional de Estadísticas. Desde 1989, la región apenas ha crecido 1,1%.

Uno de los 11 concejos municipales de Madeira que exhibe la huella profusa de la contracción demográfica es Calheta. Entre 1940 y 1949, recoge el libro Emigração Madeirense para a Venezuela, editado en 2018, esa localidad sumaba 24.255 residentes, hoy apenas tiene 11.519, según el censo de 2016. Y Ponta do Sol pasó de 14.984 moradores a 8.853. Otra municipalidad secuestrada por el pasmo demográfico es Santana, cuya población se redujo de 14.028 a 7.795 en las últimas seis décadas. Tal vez ello explique por qué los más  viejos prefieren vacacionar en Madeira.

Pero en realidad no todo el resplandor de la isla pesa sobre la pubertad de su gentilicio ni la dimensión de su bono demográfico. De momento, todo parece inventado y hay poco espacio para la creatividad, para la reinvención de un estilo de vida acomodado en la rigurosidad de la regla. La estrechez y el descontento de una población que exige fuentes de trabajo han hecho que los que se pensaba serían el fututo de la región se volteen a mirar otras naciones de Europa.

Sí, en algún momento fue Venezuela, donde los lusos echaron las bases en un país ávido de emprendimientos, conducido por aires de esplendor, que supo recibir a cuanto extranjero quiso hacer de esa otrora tierra de gracia su nación. Porque entonces Venezuela lo tenía todo: la solidez para iniciar un negocio, la obviedad de la normalidad y la generosidad de un pueblo con suficiente poder adquisitivo capaz de elegir lo que se comía. Fue cuando llegaron los portugueses con sus canillas, sus campesinos y los tan anhelados cachitos, todo un invento con sello venezolano en una nación que gozaba de las mieles de la bonanza petrolera. Más tarde se popularizaron los arraiais, las fiestas de Fátima y los convites en los que se celebraban, tácitamente, la adopción de una nueva patria donde no se come si no se trabaja.

Desde 1945, cuando se registraron las grandes oleadas de migración madeirense, Venezuela siempre estuvo entre los destinos predilectos, incluso por encima de Brasil. En 1966, por ejemplo, ingresaron 4.697 portugueses, dos mil más de los que llegaron al país carioca, recoge Joselin Nascimento Gómes en su libro Emigração Madeirense. Hoy la lista de destinos escogidos por los emigrantes madeirenses la encabezan Reino Unido, España, Francia y Alemania, donde la promesa de una vida holgada, con ingresos mensuales por encima de la media de 600 euros en Portugal, son el principal atractivo.

La diáspora portuguesa, que pone en entredicho el desarrollo de regiones como Madeira, no es nueva. En realidad es un fenómeno centenario, que se remonta a la época de las grandes conquistas de los imperios europeos. Porque, hay que decirlo, Portugal y especialmente Madeira siempre han sido lugares de paso, de conexión, de descanso. Ya en el siglo XV, la pequeñez de la isla era un detonante importante de la emigración. Entonces el territorio parecía no responder al crecimiento demográfico, a la ambición de su gente y a sus aspiraciones. Se cree que fue precisamente su ubicación en el Atlántico y las compañías de expansión europea lo que realmente hicieron de Madeira un lugar de entrada y salida, una parada obligada para recargar provisiones, agua, víveres y el mayor combustible para la época: carbón.

Hoy la emigración sigue inscrita en el ADN de la isla. Los jóvenes en edad de trabajar, es verdad, se marchan al Continente para estudiar o culminar sus carreras, pero también hay quienes lo dejan todo atrás para mudarse de país. Son la mayoría. Las razones por las que se embarcan en la diáspora son tan numerosas como las personas que se van.

Hay quienes se van porque no consiguen empleo, porque la única posibilidad de trabajo se ciñe a la atención de mesas en un restaurante, el despacho de café, lavar platos o ser vendedor en una tienda. Lo es practicamente todo fuera de los ramos de transporte y salud. La oferta laboral en una región cuyos ingresos provienen del turismo es limitada. En Madeira no solo hay médicos venezolanos en una cocina o detrás de un mostrador, también hay profesionales nacidos en la isla que renuncian a sus sueños para petrificarse en un oficio ajeno a su formación o tal vez al margen de lo que siempre quisieron ser.

Muchos ven eclipsar sus sueños en el ocaso de una isla que hace lo mejor para capitalizar el turismo y cautivar a quienes se arriman a la calidez de un clima que tiene toda la simpatía del trópico. Porque en Madeira los inviernos tienen más de veranos que de vendavales helados y se come bien. Pero con toda la gracia de una economía estable, con un crecimiento moderado, son cada vez más quienes buscan otras latitudes para procrear hijos, edificar su sueños de familia y asegurarse una casa.

El encarecimiento de los servicios y los bajos sueldos, al igual que la precaria oferta inmobiliaria desatan la salida en algunas freguesías de la isla. Buena parte del campo ha sido abandonado y ahora escasean quienes atiendan las tierras. Existen casos como el de Ángel Cortés, un joven portugués formado en el área de la Comunicación Social, quien ha tenido que conformarse, durante muchos años, con el oficio de recepcionista en un hotel y las operaciones a destajo en una emisora local. El espacio para el ejercicio de su carrera es casi nulo. Los madeirenses resienten las faltas de políticas públicas para la diversificación del mercado laboral y por eso se van. Sus razones son, por cierto, muy distintas a las de los venezolanos.

SIMILAR ARTICLES

0 103

0 80

NO COMMENTS

Leave a Reply