La marca de la pobreza

La marca de la pobreza

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Julio Materano

Asombra que Madeira, una isla tan minúscula, pierda la batalla contra la miseria.Que el número de personas en situación de calle se haya elevado de 67 a 115, en los últimos dos años, solo en el centro de Funchal, confirma la incapacidad de las autoridades para abordar una cuestión que se perfila como un problema de salud pública, cuyas causas estriban, en muchos casos, en el consumo de drogas, de sustancias ilícitas y en el negocio clandestino de la prostitución.

Porque Madeira, aunque cueste creerlo, lidia en contra de la pobreza. Pero el número de habitantes sin abrigo demuestra que la batalla por la reinserción está lejos de ser ganada. Al menos así lo admitió el propio presidente de la Cámara Municipal de Funchal, Miguel Silva Gouveia, durante una conferencia municipal sobre las personas en situación de calle. La fotografía de jóvenes que echan manos a las drogas se reproduce con desparpajo en las esquinas más sórdidas de Funchal, en los callejones afantasmados, desprovistos de peatones y en algunos más concurridos, pero que no dejan de ser una escenografía favorable. La ausencia de vigilancia juega, tal vez, a favor de quienes consumen.

Algunos lo hacen a la luz del día, sin el afán o la molestia por disfrazar sus vicios. He sido testigo atónito de ello. En una ocasión en la que me dirigía al centro de salud Bom Jesus, en la avenida homónima de Funchal, pude ver cómo dos mujeres compartían una jeringa en el recodo de una calle. Una de ellas, con un maquillaje torcido, corrido, tal vez por el agite de última hora, mostraba toda su destreza en aquello de improvisar torniquetes con una sola mano. Todo eso me resultó aterrador. Pude ver la miseria de aquellas dos jóvenes durante escasos segundos. En un intento por dar crédito a lo que ocurría, retrasé la marcha, caminé, despacio, con los ojos hundidos en aquella imagen, y lo que vi me enmudeció.

Recuerdo que durante el trayecto ninguna de las dos se inmutó. Toda la atención de aquellas mujeres parecía puesta en la jeringa, una diminuta, que hacía juego con una liga amarillenta, la misma con la que una de ellas se estranguló el brazo justo antes de pincharse. Arrebatos como ese se orquestan con frecuencia en los bulevares y corredores empedrados de Funchal. En otra ocasión pude ver cómo un grupo de hombres, no estoy seguro si en situación de calle, se compartían lo que parecía ser crack , una droga letal, que genera dependencia con la primera probada.

Sea cual sea la causa de los aumentos de personas en situación de calle, las autoridades de Funchal están llamadas a atender un problema que le toma la temperatura a la cuestión política, a la vida misma, en una isla donde la educación es de calidad, pero faltan oportunidades para incorporarse a un campo laboral fecundo. En Madeira, urgen, hay que decirlo, incentivos que fomenten la permanencia de los jóvenes, de su bono demográfico, las personas en edad productiva, que se forman en las grandes ciudades de Portugal y que luego se marchan a otros países de Europa en busca de mejores condiciones de vida.

Sin duda, uno de los retos más urgentes de las autoridades es hacer énfasis en las causas que llevan a las personas a excluirse: la dependencia a sustancias tóxicas, las enfermedades mentales, la prostitución y la violencia en el seno familiar. En la mayoría de los casos son personas jóvenes, que parecen haber extraviado el sentido de sus vidas, el gozo de los días. Hoy la deuda es con más de un centenar de madeirenses que son víctimas de la exclusión y de sus propios males.

A esta situación, las autoridades intentan responder con una iniciativa que, si bien es cierto, no es el remedio definitivo, pretende reinsertar a los afectados. Se trata de una casa de acogida con capacidad para tres usuarios que contará con el apoyo de especialistas que serán los encargados de evaluarlos y acompañarlos para hacer posible su recuperación.

Lo que ocurre con este grupo de personas en situación de calle es, probablemente, el reflejo de un problema de mayores dimensiones. En 2018, cerca de 81 mil personas estaban en riesgo de pobreza y exclusión social, lo que representa 31,9% de la población de la isla, según datos de la Dirección Regional de Estadística. En todo Portugal el riesgo de miseria alcanza a 2,2 millones de personas.

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