La marca Portugal

La marca Portugal

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Julio Materano

Puede que uno se mude de geografía, que cambien las direcciones e incluso las referencias. Que el norte ahora sea el sur; que entonces el mar, y no la montaña más presumida, sea la bitácora de tus pasos extraviados. Puede también que la noción de calor sea lo que el invierno más ténue en tu país. Pero no necesariamente todo aquello supone una mudanza de idiosincrasia. Porque puede haber un país fuera de sí. Lo que, desde luego, sería una nación desbordada, de fronteras abiertas, que se desparrama conforme despide a su gente. Y entonces se me ocurre un ejemplo más allá de la Venezuela rota. Uno auténtico que deja la impronta de un pueblo entero a donde quiera que vayan sus residentes. Hablo de Portugal, una tierra que, a juzgar por su gentilicio, se ha convertido en una marca de exportación mundial.

Según el presidente de la nación, Marcelo Rebelo de Sousa, las estadísticas de portugueses fuera del país, superan al censo habitacional de Portugal, una nación con poco más de 10 millones de residentes. Hay quienes se van a otras latitudes de Europa en busca de mejores ingresos. Otros huyen del desempleo, el encarecimiento de los servicios y de los altos impuestos que frustran cualquier plan de inversión en la península ibérica. Sin embargo, todos tienen en común el afecto por un país que no deja de ser el suyo. Fronteras afuera, los portugueses no dejan de serlo. Llevan el bacalhau a la mesa y cuanta comida típica forma parte de su idiosincrasia.

Detrás de todo eso hay un país que se sostiene con sus tradiciones. Por qué los portugueses son tan portugueses fuera de su tierra. Quizás porque han hecho de su gentilicio una marca nacional, que prevalece sobre cualquier criterio global. Y ello se nota en la forma cómo se hace televisión, en su programación y en sus producciones de entretenimiento. La televisión nacional dedica la mayor parte de su tiempo a promover las tradiciones locales. El proceso de preparación de un dulce típico puede acaparar, fácilmente, el prime time de la pantalla chica. Los bailes típicos son aperturas y cierres de programas estelares y la cata de vinos es una cátedra pública que desentraña la verdadera esencia de un país exportador de uvas, vinos, sardinas, café y otros rubros.

Cómo se construye una marca país. Quizás no lo tenga claro. De lo que sí estoy seguro es que los portugueses tienen la clave. Tal vez la respuesta esté en sus campos, en los minúsculos sembradíos, de linderos torcidos y alambrados improvisados donde se cosecha el amor por lo propio, esa predilección por lo hecho en casa que tanto defienden los campesinos en Madeira. De cierta manera, es en el terreno doméstico donde se construye una identidad que empieza por la mesa. Es un gentilicio que tiene el sabor del trabajo, el olor del campo y el sonido de la naturaleza, de ese enorme mar que es la fachada de Portugal.

Aunque superfluos, hay ciertos hábitos que me asombran de quienes moran en este extremo del viejo continente: el gusto por el café bruno, por el vino, su devoción por los arraiales y fiestas tradicionales que construyen un panorama festivo para los europeos que hacen de Portugal el destino más visitado.

Con todo eso a su favor, hoy los portugueses están esparcidos por 178 países. Están prácticamente en cada rincón del mundo a excepción de 17, según el Primer Ministro de Portugal, Antonio Costa. Es tal vez el mayor contributo de la cultura portuguesa al mundo: la promoción de su idioma, la divulgación de su identidad y de sus costumbres.

En el extranjero los portugueses han demostrado su vocación para el trabajo, su capacidad para integrarse, sin dejar de lado su vínculo con una tierra que se pierde de vista pese a tener las fronteras más antiguas y firmes de toda Europa.

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