Líderes sin barreras

Líderes sin barreras

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Julio Materano

Ver a la mismísima madre de Cristiano Ronaldo sentarse unas cuatro mesas más allá fue, desde el primer momento, un rapto de sencillez, una cátedra de modestia con todos sus capítulos. Todo ocurrió en Espettus, un restaurante de comida local en Madeira, sin promesas de opulencia, que suele ser frecuentado por turistas y locales, por gente común.

 La fluorescencia de su chaqueta, de un amarillo encendido, fue, no exagero, lo más subido de tono durante la inusual coincidencia. La mujer no reprodujo siquiera una mueca de engreimiento, un gesto de altanería ni un solo aire de la arrogancia que podría permitírsele a la progenitora de la estrella más universal del futbol.

En realidad quedé pasmado y de pronto me supe secuestrado por un dictamen de certeza: si Madeira fuese Venezuela y la madre de Ronaldo venezolana, probablemente estaría escoltada, el restaurante a medio abrir y se le trataría con ademanes de reverencia. Seguramente porque ella lo habría exigido así, porque faltarían los espacios para la convivencia segura y porque el bullicio y el jaleo caracterizan a nuestro país.

Pero no, en este lugar, ubicado en una de las zonas más modernas de Madeira, fui testigo de la cortesía, pero también de la admirable neutralidad con la que se le sirvió aquel bistec a ella y a dos personas más. Porque Dolores Aveiro, la madre de CR7, no estaba sola. Llegó acompañada de los que, especulo, eran amigos, tal vez familiares.

Su mesa, la de servilletas de papel, la de lozas blancas, la de copas vacías, no era nada distinta a la mía. Yo comía carne, la especialidad del lugar y ella también. Lejos de cualquier metáfora, aquella coincidencia explica la naturalidad con la que transcurre la vida de famosos, de quienes ejercen cargos públicos o están vinculados a ellos. Es el caso de Alberto João Jardim, quien fue presidente del Gobierno Regional de Madeira, entre 1978 y 2015, y lleva una vida de retiro apasible.

 A su 76 años, el expresidente, quien ostenta la victoria  en 10 elecciones regionales consecutivas, no tiene chofer y conduce un auto modesto por las estrechas calles de la isla. No tiene motos que flanqueen su paso ni escoltas que le despejen sus caminos. Maneja solo, sin el señorío de una guardia pretoriana ni la fanfarronería del veneno rojo en Venezuela. Jardim es quizás una de esas conincidencias más comunes para los conductores de Madeira.

Otro al que también se le puede ver en la calle sin la parsiomonia que suele acompañar a los políticos de Venezuela y en casi cualquier parte del mundo es a Marcelo Rebelo de Sousa, el séptimo presidente de Portugal desde la Revolución de los Claveles. Al líder se le vio en los actos de adoración de la Cruz, oficiados el Viernes Santo en la Catedral de Funchal. Asistió sin protocolos, sin tren Ejecutivo ni la parsimonia del proselitismo político. Lo hizo para solidarizarse con los 29 fallecidos que dejó el siniestro en la isla.

Estas imágenes son más bien postales de una realidad sosegada que habla de la salud de una sociedad donde los políticos no se sienten amenazados y la gente convive con ellos sin ninguna barrera, sin el temor o la paranoia de un atentado y sin el agobio excesivo de militantes y simpatizantes que buscan saludar, abrazar o estrujar a sus líderes mesiánicos.

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