«Llegué sin un euro pero salí adelante»

«Llegué sin un euro pero salí adelante»

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Delia Meneses

El 31 de diciembre de 2018 fue un día agitado para Antonio Dos Ramos. Después de despedirse de sus familiares más allegados en Caracas, corrió a su casa en Baruta para recibir el 2019 con su abuela, como de costumbre. Esta vez el Año Nuevo le deparaba, literalmente, una nueva vida, un nuevo destino. Fue tal vez uno de esos pocos venezolanos que, sin chistes ni echonería, pudo sacar sus maletas, no por el manido ritual de fin de año, sino para realizar un recorrido de casi 7.000 kilómetros a Portugal. Pero no se trataba de un viaje de placer. Antonio dejaba Venezuela en busca de atención médica para su abuela, una madeirense de 81 años, con demencia senil y dos veces operada de la columna.

En su casa ya no había comida, fallaban los servicios básicos y Antonio recurría al trueque para obtener algunos insumos y medicamentos para su abuela, la mujer que asumió su crianza después de que su madre lo abandonara cuando él tenía 16 años. Durante trece años, desde 2002 a 2015, vivió en el barrio Los Erasos, en San Bernardino, en un entorno dominado por la delincuencia y los viciosen y en una vivienda en riesgo en la que se colaba la lluvia. Luego, con la ayuda de un amigo, lograron conseguir un modesto apartamento en Baruta.

Ese 31 de diciembre, pocas horas después del cañonazo, Antonio y su abuela se trasladaron al Aeropuerto Internacional de Maiquetía. Era un viaje sin retorno, que había tardado un año en gestionarse con ayuda de las autoridades del Consulado de Portugal en Caracas. Formaban parte de las 18 personas que en los últimos dos años han sido repatriadas por el Gobierno portugués, cuyos representantes diplomáticos estudian casos puntuales de familias que, debido a la precariedad de sus condiciones, son candidatas para recibir este auxilio.

«El 26 de diciembre nos llamaron del Consulado y nos preguntaron si teníamos problemas en viajar el primero de enero.  Dijimos que no y, en cinco días, finiquitamos algunos asuntos y preparamos las maletas. El plan que teníamos inicialmente, que era llegar a la casa natal de mi abuela, en Ribeira Brava no se dio porque mi familia se echó para atrás en el último momento. Nos salvó una amiga que nos ofreció, de forma temporal, un pequeño espacio en Funchal», cuenta Antonio, quien se formó como Administrador en la Universidad Simón Rodríguez y en los últimos años trabajó en una empresa farmacéutica. Pero lo que allí devengaba no le alcanzaba para llevar los alimentos básicos a casa.

Antonio llegó a Madeira con 47 kilos y medio. Su rostro, de ojos hundidos, delataba los rigores de la crisis. La piel de su rostro pegada a los huesos y su aspecto famélico hizo que algunos se mostraran esquivos ante su presencia. Hubo incluso quienes pensaban que padecía una enfermedad incurable. Hoy, cuatro meses después, pesa 55 y le agradece los kilos ganados a muchos venezolanos que, sin conocerlo, le donaron comida, ropa y dinero en efectivo. «Llegué sin un euro en la cartera, pero gracias a mi esfuerzo y a la solidaridad de muchas personas logré salir adelante». Desde hace un mes y medio trabaja en un hotel en Funchal en el área de limpieza y pudo alquilar un pequeño apartamento en Santo Antonio, donde vive con su abuela.

Su caso no es una historia aislada en Madeira, donde se estima que han arribado unos 10.000 lusovenezolanos en los últimos años. Pese a la apertura del gobierno portugués, que se ha solidarizado con la emergencia, no existe un protocolo de atención para los pacientes repatriados y sus familiares. En la práctica, son los allegados de los enfermos, quienes se enfrentan a las trabas burocráticas para reinsertarse en el campo laboral, ingresar al Sistema Nacional de Salud Portugués y acceder a los apoyos económicos, como el caso de María Gómes, una paciente con cáncer de mama, y su hijo Cristian, quienes también fueron repatriados en enero y se enfrentaron a una travesía llena de obstáculos que casi le cuesta la vida a María.

«La Venezuela que dejé es la Venezuela de la corrupción, del bachaqueo, en la que tienes que meterte en un círculo vicioso para poder sobrevivir. Aquí hay oportunidades de luchar por tus sueños, posibilidades de ahorrar y salir adelante dignamente. Aquí aprendes a sacarte el chip del facilismo, comenzando por cosas sencillas como cruzar por el rayado y respetar las normas básicas de convivencia. Aquí entendí que lo gratis y lo barato, como ocurre en mi país, algún día te lo cobran».

Antonio disfruta de la isla en la que puede caminar de madrugada sin temor y la que se ha ido abriendo a la gastronomía venezolana, pero también conoce el rostro más sombrío de una región donde se ofrece droga abiertamente, abundan las viviendas abandonadas, hay personas con necesidad y muchas zonas por explotar. Durante su permanencia en la isla dice que ha sentido la hostilidad de algunos madeirenses que lo tratan con distancia por ser venezolano, por no dominar el portugués y por recibir supuestas prebendas que le restan oportunidades a los madeirenses.

«En Venezuela me decían el ‘portu’, aquí me dicen el ‘mira’. Muchos madeirenses parecen olvidar que Venezuela les abrió las puertas a los que huyeron de la guerra y la dictadura. Eso mismo nos pasa ahora a los venezolanos», dice Antonio, quien no descarta explorar otras opciones como el Continente portugués o España.

El joven de 35 años es testimonio y prueba de que hay planes sociales en Madeira que buscan atender a los venezolanos que llegan en condiciones más precarias, pues tuvo un subsidio por reinserción social, recibió una donación mensual de comida de parte del Estado. Además recibió apoyo de Cáritas, que le donó una cama para su abuela. Y actualmente gestiona la pensión social de vejez para ella.

Dentro de este camino, se refugia en pequeñas satisfacciones cotidianas, tomarse un café con amigos, comer algo diferente, comprarse unos zapatos, cosas impensables en su país de origen. Incluso ya logró hacer sus primeros envíos de ropa y artículos escolares a su ahijado y algunos insumos a familiares que dejó en Venezuela.

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