«Los portugueses que llegan de Venezuela tienen el alma abierta»

«Los portugueses que llegan de Venezuela tienen el alma abierta»

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Marilin Moniz es abogada y desde 2001 trabaja en la Asamblea Legislativa de Madeira. Esta guaireña milita en el PSD desde los 16 años y, a través de Venecom, apoya y aclara dudas a cientos de lusovenezolanos que emigran a la isla.

Delia Meneses

Marilin Moniz ya tiene 29 años en la isla de Madeira pero conserva la calidez de La Guaira, su tierra natal, de donde emigró con sus padres, después de la revuelta popular de 1989, el llamado Caracazo. Le gusta hablar con las personas y a veces eleva la voz sin querer cuando el tema la emociona. Llegó a Portugal con 16 años y cumplió uno de los sueños de sus padres, estudiar en la Universidad de Coimbra, una de las más antiguas de Europa, donde obtuvo la licenciatura en Derecho. Antes de eso, durante un año y de una forma bastante autodidacta, se empapó de la cultura y el idioma de Luis de Camões.

La joven que llegó de Sorocaima usaba zarcillos grandes y se vestía y maquillaba diferente a las muchachas madeirenses. La adaptación no fue fácil para esta abogada que, desde 2001, por concurso público, ingresó a la Asamblea Legislativa de Madeira. Desde entonces ha pasado por diferentes áreas: consultoría parlamentaria, adjunta del secretario general de la Asamblea, coordinadora de la División de Documentación e Información Bibliográfica.

Actualmente, Moniz evalúa los problemas jurídicos que puedan surgir en el seno de la asamblea regional y lleva adelante el programa Parlamento Joven, un proyecto en el que los estudiantes se ponen en los zapatos de los diputados, realizan propuestas en torno a un tema previamente establecido, y luego conversan con los parlamentarios de los siete partidos de la Asamblea, un ejercicio que incentiva la participación democrática y fortalece la capacidad de liderazgo, de argumentación y de retórica de los jóvenes.

Aunque asegura que nunca tuvo aspiraciones políticas, esta abogada está inscrita en el PSD desde los 16 años. Explica que su elección fue un ejercicio de conciencia. «Me pregunté quién era yo, qué me definía, cuáles eran mis valores, y a partir de esas respuestas, concluí que el PSD era la alternativa política con la que me identificaba», dice Moniz quien se expresa con admiración de Alberto João Jardim, «el político de las más de 40 victorias, el estadista, el carismático».

Como vicepresidenta de Venecom (la asociación de la comunidad de inmigrantes venezolanos en Madeira) la mueve el deseo de ayudar a sus compatriotas. El fruto de ese espíritu solidario son las cientos de reuniones que ha tenido con criollos y lusodescendientes que llegan a la isla buscando información sobre apoyos sociales, vivienda, empleo, y equivalencias. Primero, las reuniones se hacían en el Jardín Municipal, luego en un espacio cedido por un colaborador en la Rua da Aranha y ahora es un café, cercano a la Iglesia da Sé, el que sirve de «oficina» para aclarar dudas y orientar a quienes regresan de Venezuela.

Moniz piensa que hay profesionales lusovenezolanos de gran experiencia que la isla está perdiendo; por eso se reunió incluso con miembros de la Ordem de los Médicos en un intento por esclarecer las razones que dificultan el proceso de reconocimiento de este grado académico.

Dice que es lo menos que puede hacer por su país, el lugar de donde conserva los mejores recuerdos de juventud, sobre todo aquellas caminatas que hacía con sus primos desde Sorocaima hasta el aeropuerto de Maiquetía o hasta la Compañía Guipuzcoana, en el casco histórico de La Guaira, en una época en que la inseguridad todavía no era un flagelo. Marilin también hacía vida en el Club luso de Catia La Mar.

«Los lusovenezolanos llegan cada vez más pobres, pero también con ganas de trabajar, de superarse y de buscar nuevas oportunidades, no son personas que se acomodan. Algunas funcionarias que trabajan en la Seguridad Social me han contado con admiración que muchos, apenas consiguen empleo, lo notifican para prescindir del subsidio que venían recibiendo».  La otra cara de la moneda son algunas personas que solicitan apoyo cuando en verdad no lo necesitan, por lo que Moniz apela a tener consciencia.

Este regreso de los emigrantes y de sus hijos es un valor agregado para la isla. Asegura que hace cuatro años era común ver muchas tiendas cerradas en Funchal. Los lusovenezolanos impulsaron la inversión, crearon emprendimientos, airearon las casas viejas de las abuelas, hacen compras, van al cine, a los cafés, han ayudado a dinamizar la economía de la isla. Y, lo más importante, algunos han creado empleos.

Moniz considera que es fundamental el incentivo a la inversión privada pues ha permitido, en algunos casos, que los emigrantes creen sus propios puestos de trabajo. «Hay un emprendimiento de flores en Calheta, que recibió un crédito de 25 mil euros para arrancar, y que ahora genera más de tres decenas de empleos. Sobre todo los mayores de 40 años algunas veces tienen dificultades para insertarse en alguna empresa, hay que apoyarlos para que creen su propio empleo», dice la abogada, quien dibuja el perfil de los emigrantes madeirenses.

«El que llega de África do Sul es más callado, recatado, menos dado a compartir. Los que regresan de Venezuela tienen el alma abierta, son alegres, sociables, generosos, les gusta invitar», cuenta Moniz, madre de dos hijos de 10 y 7 años. En su época universitaria formó parte del Orfeón Académico de Coimbra, el coro más antiguo de Europa y con el que viajó a Brasil, Azores y Francia. Su gusto por el canto también la llevó a integrar desde sus inicios el coro Tradiciones, un grupo informal que surge en 2004 y que anima las misas en español en las iglesias de la isla, sobre todo en la época de Navidad o cuando los invitan.

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