«Lucho para dejar mi marca personal»

«Lucho para dejar mi marca personal»

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Por su calidez, su capacidad de adaptarse a los cambios y de responder bajo presión, los venezolanos en Madeira han introducido un valor agregado en la competencia del mercado laboral.

Julio Materano

En un contexto nacional en el que fallan las garantías de trabajo, la población lusovenezolana se reinventa para procurarse nuevos espacios de empleo. Algunos se marchan del país para insertarse en un mercado laboral hermético y por demás competitivo, como ocurre en Madeira, donde los connacionales se abren espacios en campos inusitados. 

Se trata de un mérito sobre el que pesa la actitud de los emigrantes que han aprendido a responder a las crisis, su habilidad para relacionarse y la capacidad de emprender.

Es la otra cara de la diáspora, un fenómeno social que en Venezuela lacera el fantasma de la industria nacional y que es capitalizado por otros países que se hacen con el bono demográfico de Venezuela, el capital humano con edad de trabajar: personas entre 18 y 55 años.

A propósito de ello, en regiones como Madeira, los venezolanos que ingresan al mercado laboral con limitaciones de inglés e incluso de la lengua portuguesa, han sabido aprovechar un nicho que demanda bienes y servicios. 

Con más de 8.000 mil lusodescendientes en la isla, hay quienes aseguran que el recurso humano venezolano ha introducido un valor agregado en la competencia del mercado laboral. Quizás sea su carisma, su capacidad para adaptarse a los cambios y para responder bajo presión y su creatividad, coinciden venezolanos consultados en la isla.

Los restaurantes, cafés y tiendas atestadas de empleados lusovenezolanos reproducen un patrón que ha levantado admiración y que también deja sus detractores. A decir de la fisioterapeuta Marlene de Nóbrega, quien llegó a la isla hace dos años y actualmente trabaja en un geriátrico, además de la formación profesional que ya traían, los emigrantes llegados a la isla reciben una lección de humildad. 

Nóbrega dice que han aprendido a ponerse en el lugar del otro y a entender el valor de las labores más sencillas: de quien limpia, sirve un café o cuida de un anciano. «Independientemente de la actividad que hagas, tú eres Venezuela donde estés. Yo estoy en el área de la salud y me esmero por dar lo mejor de mí, tratar a los ancianos con cariño, hacerlos reír, lucho para dejar mi marca personal, que ellos puedan decir ella es venezolana y siempre está alegre, porque al final, el venezolano ríe cuando debería estar llorando», comenta De Nóbrega.

Oswal Melo nunca antes había sido mesonero. Sus ochos primeros meses en la isla le han servido para  tomar conciencia que detrás de cada oficio hay un ser humano. «Los que hoy tenemos este trabajo en Madeira, seguramente, cuando íbamos a un restaurante en Venezuela mirábamos con cierto aire de superioridad al mesonero y a veces le limitábamos la propina y hasta las gracias. Ahora entendemos lo desagradable que es servir a alguien que no responda de forma agradecida».

Fray Nelio Mendonça, párroco de la iglesia Sagrada Familia, en Cruz de Carvalho, Funchal, confirma que los lusovenezolanos se hacen sentir allí donde llegan. «Son personas proactivas, dinámicas y emprendedoras, lo que es una plusvalía tanto para Madeira como para el Continente». Destaca, además, que es gente con sensibilidad, que busca integrarse en actividades pastorales en las iglesias, como lo hacían en su país de origen, o en algún otro voluntariado. 

Confían en que los nuevos retos los hacen más fuertes pero también más bondadosos, menos dedicados al cultivo de sí mismos. «Darse cuenta de que pueden hacer otras cosas, abrir sus horizontes. Es una ganancia para nosotros como individuos pero también para el país que nos recibe, porque seremos ciudadanos agradecidos», agrega Melo, quien además de mesonero es instructor de baile.  

El éxodo venezolano se recrudece en un momento en el que la tasa de desempleo en el país asciende a más de 9% y la dependencia global se ubica en 47%, según la Encuesta Sobre Condiciones de Vida. Un dato que descuella de la anterior lectura de país, realizada por las universidades Central de Venezuela, Católica Andrés Bello y Simón Bolívar, es la indefensión en la que se encuentra la población entre 15 y 34 años, que representa 69% de los desocupados. 

En la Venezuela en crisis, donde la institucionalidad flaquea y los actores políticos lucen esquivos, la población lo deja todo y se reinventa en otras latitudes.Entre las vacantes ocupadas destacan puestos de poca preferencia por los madeirenses como el de pescadero, trabajador doméstico, agricultor o labores de jardinería.

Ronny García, un estudiante de ingeniería mecánica, sin raíces lusas, que llegó hace dos años y labora en un restaurante, la principal fuente de trabajo de la isla, es quizás el mejor ejemplo de integración. Residenciado en San Antonio, Funchal, ha sabido ganarse la confianza de sus compañeros. 

«Su carácter apasible, conciliador y su espíritu amigable, hacen que la gente recurra a él. Sus compañeros le piden consejo porque saben que es una persona buena gente, que sabe escuchar y trabajar en equipo», dice su madre Marilin, quien vive en Madeira hace cuatro meses fruto del trabajo de su hijo. 

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