Lusodescendientes se integran al folclore madeirense

Lusodescendientes se integran al folclore madeirense

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Delia Meneses

Son incontables los buenos momentos que los grupos de folclore portugués le han regalado a la comunidad lusovenezolana, dentro y fuera de las fronteras criollas. Avelino da Silva, quien fundó y dirigió durante 21 años la agrupación Pérola do Atlántico, todavía recuerda ese viaje a Madeira en que sus músicos y bailarines lograron congregar a más de 2 mil personas en Cámara de Lobos, una época dorada que rememora con nostalgia.

El que siempre había dado muestras de ser un movimiento fuerte cuya meta es enaltercer la cultura popular portuguesa también se ha debilitado a la par del deterioro generalizado del país. En los últimos tiempos se ha vuelto cada vez más cuesta arriba organizar los festivales de folclore (en Venezuela se realizaban al menos cuatro), algunos tuvieron que suspenderse por fuerza de las circunstancias, en especial por la conflictividad política y social.

Ya en 2017, en la edición número 31 del Festival de Folklore Portugués, David Otero, director de Cultura del Centro Social Madeirense de Valencia, se refería al drama que envuelve a los grupos folclóricos en el país: «cada vez son menos, muchos han desaparecido por la falta de integrantes. Músicos y bailarines emigran a otros países o dejan de participar debido a los problemas económicos y a la inseguridad».

Los que persisten libran una batalla para seguir realzando la portugalidad, para que no mueran las costumbres y tradiciones de la cultura popular. Ante la ausencia de bailarines, hay parejas que integran dos grupos distintos.  En 2018 emigraron tres familias y eso significó para Os Lusiadas perder a unos diez integrantes. Es una realidad con la que han tenido que lidiar todas las agrupaciones.

Los que se van se llevan en la maleta el amor por el folclore portugués. Por eso en la isla de Madeira, donde han emigrando al menos 10 mil lusovenezolanos, hay cada vez más criollos, tanto músicos como bailarines, que forman parte de los «ranchos folclóricos».

En el grupo Monte Verde, que representa la cultura popular tradicional do Monte, se encuentra Ana Isabel Pita, después de toda una vida en Venezuela dedicada al folclore en el Grupo Amizade, perteneciente a la Casa Portuguesa del estado Aragua. Ana recuerda con nostalgia los tiempos en que impartía clases de folclore entre los más pequeños. Ahora se unió a Monte Verde, donde hay otros cuatro venezolanos, como una forma de distraerse pero también de «matar saudades».

Actualmente hay seis venezolanos en las filas del Grupo de Folclore e Etnográfico da Boa Nova que ensaya todos los martes en Santa María Maior. Una de ellas es Fabiana Gonçalves quien tiene 20 años y cuatro en la isla de Madeira. Nació en Punto Fijo y desde los 7 años integró el grupo Encantos de Portugal, donde fue bailarina y cantante.

El gusto por el folclore es herencia familiar, tanto sus padres como su hermano participaban en la agrupación folclórica en la ciudad de Punto Fijo. «Mi padre enfermó de cáncer y en Venezuela no podía cumplir con su tratamiento por eso nos vinimos a Madeira», cuenta Fabiana, quien actualmente trabaja en el Hospital Veterinario de San Antonio, la misma zona donde reside.

«La integración ha sido muy buena. En el grupo da Boa Nova ya tengo 3 años. Cuando llegué solo había dos venezolanos, ahora somos seis. Participé en dos ensayos y luego ya comencé a bailar en las presentaciones. Te ayuda la experiencia que traes de Venezuela. Es un hobby y una forma de entretenerte. Además aquí te dan un incentivo económico por participar lo cual es muy bueno. Nos presentamos en hoteles, en los cruceros , fiestas tradicionales, en bodas, festivales».

En el mismo grupo está Sofía Oriana Coelho, de 11 años. Aunque apenas está ensayando los pasos básicos le parece divertido. Vivía en Macaracuay y estudiaba en el Colegio María Inmaculada. Se mudó con su familia a la tierra de sus abuelos, específicamente a Santa María Maior.

«Nos vinimos para escapar de la inseguridad y de la escasez de los bienes básicos», cuenta Mary Teixeira, la mamá de Sofía y de Paulo (4 años). La adaptación le ha costado más a los adultos que a los niños. «De Venezuela extrañamos a la familia, el calor y el cariño de la gente, pero aquí apreciamos el salir a la calle a caminar a cualquier hora y montarnos en el autobús sin preocupación», agrega Mary, quien pasó seis meses sin poder hablar con su padre. «Él vive en Higuerote y con los problemas por la falta de luz y las fallas en Internet, se quedó incomunicado».

Para los lusodescendientes, acercarse al folclore es una forma de hacer más llevadero el proceso de integración, una manera de socializar y hacer amigos. También implica esfuerzo y sacrificio: dedicar tiempo a los ensayos, asistir a las presentaciones, aprender los bailes nuevos. «Los directores son exigentes, pero así tiene que ser para que las cosas salgan bien», dice Fabiana.

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