Lusodescendientes tras el rescate de viviendas antiguas

Lusodescendientes tras el rescate de viviendas antiguas

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Migrantes llegan a Madeira para recuperar herencias y propiedades familiares

Julio Materano

Con la crisis del país de fondo, a Liliana Martins, una lusovenezolana con 23 años de servicio en la banca privada, no le quedó otra cosa sino administrar su oro. Empujada por las cuentas por pagar, dice que vendió sus prendas a pedacitos. Lo hizo para trazar su camino de regreso a Madeira, la tierra de sus padres, donde espera recuperar un acervo familiar del siglo XIX: la casa de sus antepasados.

Fue de sus bisabuelos maternos y está ubicada en la zona más alta de lo que hoy se conoce como Corral Velho, en Funchal. Fue también la residencia de su abuela, Antonia Fernandez Da Gama. No ostenta lujos ni grandes dimensiones. Son apenas 45 metros cuadrados y, a decir verdad, es la ruina de lo que alguna vez fue: un hogar de una familia local, que supo acostumbrarse a la quietud y a la austeridad de una vida en el campo. Porque entonces Madeira era solo eso, una zona rural, esquiva, ajena al ruido de las grandes ciudades como Caracas, un lugar que fue prometido al futuro.

La casa data de los tiempos más austeros de la isla, una época en la que el baño y la cocina, dos espacio vitales de cualquier residencia, estaban desarticulados de la estructura: fuera de la vivienda. Los baños eran solo un pozo en el suelo y se construían lo más apartado posible. Y la cocina era un fogón a cielo abierto. La pimera vez que Liliana tuvo contacto con la casa, fue a los 23 años. Entonces despuntaban los 90, la década en la que conoció la isla y pudo palpar parte de la historia de sus parientes, de aquella familia rota por la migración.

Hoy la diáspora venezolana, que retorna a la isla por fuerza de la crisis económica, llega en busca de herencias e inmuebles deshabitados que fueron el mayor bien familiar y que están de puertas trancadas. En algunos casos se trata de viejas construcciones que demandan intervenciones mayores y proyectos de remodelación que requieren la participación del Gobierno local.

Para Liliana, la administradora que pretende rescatar la casa de sus bisabuelos, la propiedad tiene un valor sentimental y encarna su vínculo con Madeira. Cuenta que su madre, María Mercedes Marques Gómes, se marchó en busca del sueño venezolano. Lo hizo también para honrar el compromiso con un joven que le juró amor eterno a su familia.

María salió del regazo familiar con apenas 20 años. Pero lo hizo como lo exigían los cánones sociales: casada de blanco, de velo y corona. Solo que a distancia. En realidad, dice Liliana, su madre se casó por poder. Su padre, quien se marchó a Caracas, y contrajo matrimonio al otro lado del mundo, la mandó a buscar años depués del compromiso.

«Él se casó en la Iglesia La Candelaria, en el municipio Libertador, y ella en la Iglesia de Santo Antonio, en Funchal. Primero se casó mi papá y luego, cuando llegaron los papeles a Madeira, lo hizo mi mamá, vestida de blanco. Eran primos terceros y cuando mi padre se marchó a Venezuela, con 17 años de edad, él le había prometido matrimonio. Mi mamá tenía 10 años cuando se conocieron y no había tenido el contacto mínimo para decir que lo quería. Era algo impuesto, arreglado, como ocurría en esa época. Mi madre tuvo su fiesta, con toda la familia. Es  admirable porque no pudo compartir con mi padre sino seis años depués». Luego llevaron su vida de casados en Los Teques, donde tuvieron tres hijos.», relata.

Hoy Liliana Martins hace el periplo pero a la inversa. Regresó de Venezuela a Madeira con la intención de rescatar un patrimonio familiar de más de 130 años, sin divisiones internas, de la que solo quedan cuatro paredes de roca en pie.

La propiedad no siempre estuvo a salvo y hoy exhibe la huella inaplazable del abandono. En 2016, cuando los incendios secuestraron las colinas más altas de Madeira, las llamas devoraron el techo de la vivienda. La casa se quemó y solo se salvó la roca de las paredes. En esa ocasión, cuenta Martins, los bomberos dieron prioridad a las viviendas habitadas.

Hoy su casa es un costal de huesos, un costillar de piedras cruzadas que aún resisten los embates del tiempo. Un lugar afantasmado que parece sometido por el olvido, ahogado por la maleza y sin caminos que conduzcan a las entrañas del terreno donde fue construida la casa: una parcela de 1.400 metros en una zona rural.

Reconstruir la vivienda le toma por lo menos 15.000 euros, monto que espera el Gobierno le apruebe para llevar adelante el proyecto de rescate. Actualmente aguarda por los materiales ofrecidos por la Junta de Freguesía, que brinda ayuda para el rescate de viviendas en cada comunidad. Pero nada de ello se ha concretado aún.

Casos como el de esta venezolana se reproducen en todas las freguesías de la isla. Los lusodescendientes también emigran para recuperar bienes a los que pretenden darles una segunda vida, con aires de modernidad. Como lo hizo la familia de Ana Rodrigues, cuyo hermano es arquictecto, e intervino la casa de su madre. Para el proyecto se conservó el fogón y la chimenea original de la vivienda. «Fue un trabajo bellísimo, que respetó las características originales de la casa», dice Rodrigues.

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