Manual para recibir propina

Manual para recibir propina

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Julio Materano

Múdate de país. Haz a un lado tus viejas manías de supervivencia, despídete de esas tácticas estériles de resistencia y asume los cambios con sagacidad, con la convicción de que hay otra vida por descubrir, seguramente encarcelada por los miedos más hondos. Luego debes asegurarte un trabajo en Portugal que ponga de por medio la desvergüenza a la cobardía.

Debe ser, preferiblemente, un empleo cuya función sea atender público bravucón, de esos arrojados que piden hasta por los codos, sin pausar. Y luego finge demencia, haz como si los entendieras y, para que no levantes dudas, asiente con la cabeza para espantar cualquier amago de inseguridad. Pues más vale hacerse el entendido, con una sonrisa rasgada en el rostro, que el despreocupado, con una mirada extraviada en la nube más cercana.

En una ocasión, que fue mi debut y despedida como mesero en un café de Madeira, supe, con pena, lo que era recibir propina. Aún recuerdo aquella mujer de ojos despabilados, cuyo cigarro no se acababa nunca, con su insistente gesto. No entendía por qué aquella mujer, de rostro desaliñado, me entregaba su vuelto. Le dije, en un español lento, que era su cambio­— su troco, como dicen en portugués— y ella insistió, como en un intento machacoso por hacérmelo entender, que era para mí. Así, en un fraseo melifluo: Pa—ra—ti. Fue ahí cuando caí en cuenta de su desprendimiento.

Eran 0,30 centavos de euro. Su acompañante una anciana temblorosa, con la que compartía un café negruzco, me pidió que le calibrara su dispensador de insulinas con las indicaciones del médico. Era una prescripción en una lengua distinta a la mía y no quería que se me imputara algún delito por error. Entonces le dije que no veía tan minúsculos números y que tenía prisa. Ambas mujeres se miraron a los ojos y entonces pensé en devolver la propina. Las clientas se miraron a los ojos y soltaron una carcajada de la que huí, seguramente, ruborizado.

Todo aquello, conducido por el susto de los primeros días en otro país, no dejaba de ser, como muchas otras vivencias, una escena risible. Era el chiste en el que se me convertía el plan de dejar todo atrás, de abandonar Venezuela. Entonces me propuse llevar los días con humor, lo mejor en estas circunstancias. Ahí estaba yo de nuevo, siendo el mesonero que se negaba a recibir propina. Me parecía innecesario, vergonzoso. Hasta que entendí que eran gajes del trabajo, un oficio urgente, precoz, en el que se tornaba el vaivén con dirección a las mesas repletas de consumidores ávidos de café y pan tostado.

Aún me veo ahí, frente a cada mesa, frente a cada cliente atónito, en mi intento desastroso por ensayar frente a sus narices los pedidos que se me convertían en frases redundantes, balbuceos enmarañados que luego reproducía frente a mis compañeros hasta entender lo que querían. Todavía recuerdo aquella experiencia atropellada en un café de Funchal, cuyo nombre importa menos que mi arrojo desvergonzado. Pues con apenas dos semanas en la isla, un recodo por descubrir en la Europa más occidental, quise aventurarme como mesonero. Fue, lo admito, una vivencia cargada de un sarcasmo aterrador. Era yo, el recién llegado a Madeira, el periodista, el extranjero, el empleado sordomudo detrás de una vitrina fría repleta de dulces y comida con nombres difíciles de pronunciar. Después de cada pedido, de cada cliente ataviado de oficina, ahí estaba yo, con ansias de vender algo cuyo nombre me era ajeno, cuyo sabor me era anónimo.

Quizás por todo eso somos bien vistos en Portugal, el lugar que escogí para emigrar. En Europa somos los más bonachones, los más abiertos y empáticos. No perdemos el tiempo para intercambiar números y reencontranos en el terreno de lo común: la arepa, el queso blanco y la admiración por el agua templada de las costas venezolanas.

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