Está radicado en la parroquia capitalina desde hace más de tres décadas.

En La Candelaria, en el Centro de la ciudad capital venezolana, hay muchos personajes que se han convertido en íconos o parte fundamental de la historia de Caracas. Uno de ellos es Manuel Ferreira Jardim, nacido el 24 junio de 1946 en la localidad de Calheta, en la Isla de Madeira, y que se desempeña como kiosquero en esta parroquia criolla.

Hijo de Antonio Jardim e Hilda Ferreira , Manuel tiene dos hijas: Susana y Karina. La primera es bioanalista y la segunda, nutricionista. Aunado a eso, tiene dos nietos que son hijos de Susana, la mayor tiene cinco años, se llama Sara y el menor se llama Marcos, quien tiene menos de un año.

En la mayoría de los casos, las familias lusitanas son muy numerosas. Su caso es el contrario, tiene dos hermanos. “Mi papá se casó muy joven y a los cuatro o cinco años salió de Portugal. Primero fue a Brasil, a Sao Paulo y luego a Aruba. Él regresó a Madeira y luego nos trajo, en el penúltimo viaje del Barco Santa María. Al siguiente viaje lo secuestraron”, comentó.

Las Adjuntas fue el primer lugar donde vivió en el país. “Uno de mis hermanos aún vive por ahí. Inclusive, tiene una panadería”, apuntó. Y ahí comenzó a trabajar para ayudar a sus padres a salir adelante. “El primer trabajo que tuve fue por ahí, en un abasto que se llamaba La Esperanza, duré apenas tres meses. Su dueño era un señor que se llamaba Joao. No sé si son familia de los dueños del Excelsior. Tenía apenas 13 años. Vivía esclavizado y dormía en un cuarto donde estaban los motores, no podía conciliar el sueño”, dijo.

No duró mucho ahí y otra puesto laboral le esperaba. “Luego me vinieron a buscar para trabajar en un restaurant en El Paraíso, se llamaba La Llave de Oro, quedaba en la avenida principal. El dueño era el señor José Santos. Estuve un año ahí”, apuntó.

A los 14 años, cambió de trabajo, donde duró año y medio. “Me fui para el Cementerio, en la avenida principal. En un cafetín. Estaba ahí metido desde las cinco de la mañana hasta las 11 de la noche, de lunes a lunes. Ese portugués no cerraba ni los Viernes Santos”, señaló.

Pasó a trabajar a un café en el oeste de la ciudad. “Me cansé de eso y me fui a Antímano. Dónde está el cementerio. Bueno, de la iglesia para arriba. Ahora no voy ni a mediodía. Mi jefe me dijo que cocinara un arroz y no sabía. En El Paraíso trabajé como ayudante de cocina pero no cocinaba. Bueno, me llamó para que atendiera a un cliente. Se me olvidó el arroz y se quemó. El portugués me pegó la olla por la cabeza. Después de eso, me fui”, explicó.

No demoró en ir al lugar donde llegó. “Regresé a Las Adjuntas a un abasto, donde trabajaron también mis dos hermanos. Inclusive, uno de ellos se casó con la hija del dueño. Ahí me mantuve dos años y crecí como si fuese de mi familia. Me fui de ahí para un poco más arriba, para la subida del Coral de Piedra”, contó. “Eso antes estaba lleno de cultivos. En esa época, entre diciembre y marzo, la neblina era tan densa que no veías 20 metros de distancia. Eso ahora está lleno de ranchos. Donde está ahora el terminal del metro, mi papá tenía un terreno ahí y trabajó 30 años. Al tiempo el gobierno de aquel entonces dijo que había que desalojar, hicieron un campo de beisbol y luego, lo del metro”, recordó.

Su primera experiencia como dueño de negocio no fue positiva. Junto a un paisano, se asoció en una bodega en el Barrio Santa Cruz de Baruta. Tenía apenas 17 años. “El socio se iba para el Mercado de Coche y a las nueve de la mañana llegaba ebrio. Ahí me jodí. Fue el primer golpe que llevé en este país. Eso fue un error de mi papá, porque el señor Francisco Correia le recomendó que no comprara ese negocio y no le hizo caso. A mí lo que me gustaba era echar broma e ir a la lucha libre los sábados. El socio borracho y a mí que no me gustaba trabajar, quebramos eso”, relató.

Su siguiente paso fue a La Candelaria, a la esquina de Platanal. “Había una bodega, la cambiamos para un cafetín. Ahí me asenté un buen tiempo, fueron 12 años Pero, esa esquina nunca fue buena para los negocios. Ahora, es que es hay movimiento y hay unas chamas con un local de ropa. Mi papá se fue para Portugal, el socio que teníamos ahí montó una zapatería, yo no sabía de eso y dije que no me calaba eso. Él trabajaba en otra parte, yo estaba con su mamá ahí que no sabía hablar castellano. Se llamaba José Barraca”, narró.

En la esquina Cruz de Candelaria, consiguió el lugar donde labora desde hace más de tres décadas. “Estaba recién nacida mi hija mayor. Trabajo de lunes a sábado. Pero, cuando estaba recién casado trabajaba de lunes a domingo. Estaba pasando por una situación difícil. Lo que tenía, lo invertí ahí. Ese kiosco me salió caro”, acotó.

Adoptó a Venezuela como si fuese el lugar donde nació. “Yo nunca me imaginé que iba a querer tanto este país. He pasado muchas vicisitudes. Yo siento más este país que algunos venezolanos”, dijo.

No todo es color de rosas. “Un italiano me pidió un dinero para unas planchas y me trajo unos giros, eran como 30 mil Bolívares. Bueno, ese señor le vendió esos giros a un abogado. Sin embargo, no se salió con la suya, lo metí preso dos años. Él actuó de mala fe”, contó.

Su esposa es Fátima Da Silva, oriunda del mismo lugar que lo vio nacer, a Calheta. “Yo tenía una novia aquí, una portuguesa que nació en Aveiro y era huérfana porque sus padres murieron en un accidente en Francia. Vino para acá con un tío pero él no me quería. Rompimos. Bueno, viajé a Portugal y conocí a Fátima. Le escribí para que viniera y aceptó. Eso ocurrió hace 35 años. Por el civil, nos casamos por un poder y por la iglesia, aquí en La Candelaria. La fiesta fue en el club de los bomberos de El Cafetal. El comandante era un portugués de las Islas Azores que se llamaba Manuel Da Ponte y a través de él, hicimos la fiesta ahí y no pagamos nada. Me gasté 25 mil Bolívares en ese entonces”, finalizó.

Egresado como Bachiller del Colegio Fray Luis de León y TSU en Administración del Instituto Universitario de Tecnología Venezuela. Actualmente cursa el décimo trimestre de Comunicación Social en la Universidad Católica Santa Rosa, siendo coordinador de fútbol del portal informativo “Pantalla Deportiva”. Fue conductor del programa “La Grada” en TNO Radio y formó parte del staff de la web “Huella Deportiva”. Forma parte del equipo de periodistas del CORREIO da Venezuela desde agosto de 2014. Se declara un apasionado por los deportes; gusto que alterna con el cine, el teatro, la música y la lectura, entre otras cosas.

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