María da Silva, la gentil catequista de El Valle

María da Silva, la gentil catequista de El Valle

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La portuguesa, nacida en Coimbra, es costurera desde los 12 años y dos generaciones de niños en esta parroquia han pasado por sus aulas

Delia Meneses

Cuando va caminando por las calles de El Valle todo el mundo la saluda. Su hija se queja de que las constantes paradas retrasan el trayecto cuando van juntas a algún lugar. “Mucha gente me conoce, son más de cinco décadas viviendo en esta zona y yo soy muy habladora”, comenta María da Silva, quien nació en un poblado de Coimbra y en 1953 cuando apenas tenía cuatro años emigró a Venezuela. Su papa era barbero en la populosa parroquia de El Valle.

Al cumplir 16, María volvió a su tierra natal donde se casó y tuvo tres hijos varones. “En 1975 regresé a Caracas con mi esposo y mis niños de 8, 7 y 1 año. Aquí nació mi hija menor, con la que vivo actualmente”, dice Da Silva, quien desde que tenía 12 años ejerce el oficio de costurera. “Esa siempre ha sido mi labor, me ha ayudado mucho a lo largo de mi vida, incluso ahora, cuando estoy por cumplir 70 años, todavía hago arreglos que me piden algunas clientas”.

La última vez que visitó su natal Coimbra fue hace nueve años y su esposo, quien levantó a la familia trabajando como mecánico y luego como conductor de busetas, falleció hace siete.

Además de coser, María da Silva descubrió otra pasión, a la que se dedica hace más de dos décadas, es catequista en la Iglesia Nuestra Señora de La Encarnación de El Valle.

Orientar a los niños que se preparan para hacer la Primera Comunión se convirtió en su vocación. Ellos la llaman  profe y la tratan con el mismo cariño que esta portuguesa les profesa.

-¿Quién le enseñó a coser a los 12 años?

-Una vecina me empezó a orientar porque desde niña me gustaba. Recuerdo que lo primero que hice fue una falda para mí y como no tenía máquina la cosí toda a mano, era plisada, yo estaba contentísima. Cuando cumplí 13, me inscribí en una escuela que en la noche impartía cursos variados, se llamaba Padre Mendoza, en El Valle. Fue allí donde me formé con una profesora maravillosa en un curso de dos años, dos veces por semana. Lo demás lo aprendí en la universidad de la vida. Yo confeccioné vestidos de novia y trabajé un año con Guy Meliet, el diseñador francés radicado en Caracas que le hacía vestidos a las misses. Ese año aprendí mucho con él.

-¿Por qué se convirtió en catequista?

-Eso fue hace 24 años. Aunque toda mi vida fui católica, no era de esas que iba todos los domingos a misa. Pero un día Raúl Padilla, un sacerdote carismático, ya fallecido, dijo en la iglesia que necesitaban catequistas. Desde ese día sentí el llamado que me hizo Dios y a partir de allí me dediqué todos los sábados a dar catequesis a los niños de El Valle. Actualmente tengo 30. Me llena mucho esa labor. No falto por nada del mundo, la única razón es que esté en mi casa enferma sin poder moverme. Recuerdo que en una ocasión fui a dar catequesis en andadera cuando tenía artrosis en la cadera. Y hasta al bautizo de mis nietos llegaba tarde para no faltar a mi cita con los niños de la catequesis.

-¿Qué es lo que más le gusta de esta labor?

– Me encantan los niños, ayudarlos y enseñarles. Juego con ellos, les echo broma, hacemos dinámicas, actividades para que se alegren y se relajen. No sé mucho de computación, apenas lo básico, lo que sé lo he aprendido gracias a mi nieta que me enseña. Ella tiene 15 años y es mi auxiliar en la catequesis. Yo llego ahí y se me olvida todo lo malo. A las 8:30 a.m. es la misa y luego vamos al colegio Carmen Maizo, que queda detrás de la iglesia de El Valle, ahí estamos hasta el mediodía.

-¿Qué desafíos tiene que enfrentar?

– Hay muchos niños que son maltratados por sus propios padres y tenemos que lidiar con eso y con las secuelas que esto deja. También tenemos que luchar contra la santería, que la gente entienda que Dios es lo primero. A los niños les digo que deben ayudarse los unos a los otros, sin burlarse de nadie y que si tienen comida que la compartan con el compañero que no tiene.

-¿Qué cosas han cambiado a lo largo del tiempo?

-Los niños siempre son inquietos y curiosos, pero ahora están sometidos a mucha violencia. Escuchan y ven muchas barbaridades, tienen un lenguaje que no está acorde con su edad, dicen malas palabras, escuchan canciones con letras muy feas. Yo trato de orientarlos, de recordarles que Dios es su guía, que su meta debe ser siempre seguir a Jesús.

-¿Qué es lo más difícil que le ha tocado vivir en Venezuela?

– El asesinato de mi hijo el 6 de octubre de 2017. Él manejaba una camioneta por puesto en Charallave. Ese día un joven le pagó un pasaje estudiantil y mi hijo le pidió que le mostrara el carnet de estudiante. El pasajero, en lugar del carnet, sacó un arma y le disparó. Mi hijo pasó por el hospital de Charallave, por un CDI, por el Hospital de Coche (donde no lo recibieron por falta de insumos). Al final lo llevaron al Domingo Luciani en El Llanito donde lo atendieron pero murió. El asesino estuvo un año preso y luego lo soltaron. Yo le entregué eso a Dios. Él es el único que le hará justicia a mi hijo. La muerte de un hijo es lo peor que le puede pasar a una madre. En ese momento la catequesis me ayudó mucho. A él lo mataron un 6 de octubre y yo retomé las clases el 8 de noviembre de ese mismo año. Estaba indecisa, pensaba que no iba a poder hacerlo, pero los niños y los representantes me apoyaron mucho.

-¿Cómo ve el futuro del país?

– Yo tengo mucha fe y esa fe es la que nos salva. Dios siempre está ahí, siempre nos escucha. Él va a solucionar esto. Venezuela será libre pero la sociedad está muy mal, falta reforzar los valores y eso uno lo ve en la catequesis. Yo quisiera ver este país resurgir otra vez. Mi hijo menor está en Colombia pero quiere regresar. Mi hija es administradora de empresas y no se quiere ir de Venezuela, pero todos mis primos y tíos se han ido. Mi mamá tiene 90 años y vive en Coimbra con mi hermana menor.

-¿Qué es lo mejor que tiene Venezuela?

-Su gente alegre y cariñosa, su comida.  En Venezuela tengo a mucha gente que me quiere. Aquí he hecho mi vida, todos mis hijos se casaron con venezolanos. Yo amo a los dos países por igual, en uno nací y en el otro he estado casi toda mi vida.

-¿Qué recuerdos le trae su tierra de origen?

– Añoro a mi familia,  a mis amigos y la tranquilidad. Me encanta el fado, sobre todo Amalia Rodrígues. Aquí en casa siempre hablamos portugués y a los niños de la catequesis en ocasiones les digo algunas palabras.

– Un consejo para sus colegas catequistas

– Entregarse a Dios y querer a los niños, tratarlos sin gritos ni maltratos.

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