María Díaz encara el reto de la excelencia en el extranjero

María Díaz encara el reto de la excelencia en el extranjero

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La estudiante venezolana entró en el cuadro de honor de la escuela Francisco Franco en Funchal. Ahora estudia Matemática en la Universidad de Madeira

Delia Meneses

María Isabel Díaz Andrade es, sin exagerar, una estudiante de 20. Ese fue su promedio de bachillerato cuando se graduó a los 17 años en el colegio San Juan Bosco en la ciudad de Barquisimeto, a mediados de 2016.

Con esa meta alcanzada, en octubre de ese año, emigra junto a su tía y su hermano a la isla de sus abuelos maternos: Madeira. Sus padres llegarían despues, en 2017. La meta de toda la familia era la misma: mejorar su calidad de vida, que se deterioraba a pasos agigantados en Venezuela.

«Yo no me quería ir, tenía miedo, pero me vine. Y a pesar de que el primer año fue difícil, no me arrepiento», cuenta la joven, quien en 2018 fue motivo de asombro para la comunidad educativa de la escuela Francisco Franco, en Funchal. Allí cursó el décimo segundo año y su promedio de 19,3 la ubicó en el cuadro de excelencia.

La venezolana, la que escribía portugués con dificultad y a veces no entendía la jerga de sus compañeros de clase, sorprendió a muchos con esa calificación.

A ella, sin embargo, no le tomó por sorpresa, fue algo que se propuso. » Yo quería demostrar que podía llegar al cuadro de honor,  ayudar a cambiar esa percepción de que todo lo negativo se relaciona con Venezuela».

María y sus hermanos son parte de esa emigración esforzada y talentosa. El mayor de los tres llegó a Portugal hace ocho años, es ingeniero informático y trabaja para una empresa alemana. Luis Fernando estudia Filosofía en Lisboa y ella cursa, como alumna externa, el primer año de Matemática en la Universidad de Madeira.

Ingresar a esta casa de estudio se ha convertido en una odisea, aunque tiene todos los méritos académicos. La burocracia portuguesa y las trabas para legalizar y apostillar documentos en Venezuela han jugado en contra de la estudiante, quien ha tocado las puertas de casi todos los organismos públicos relacionados con la educación.

«No me dejan inscribirme como alumna regular en la UMA sin las notas del bachillerato de Venezuela apostilladas, pues alegan que no pueden sacar mi promedio. También exigen el título de bachiller apostillado. Las notas ya las tengo, tuve que gestionarlas a través de una abogada, quien ahora también está resolviendo lo del título».

La joven asegura que su caso se ha hecho famoso, ha sido tratado por el Consulado, el Centro de las Comunidades Madeirenses, el Gabinete de Apoyo a la Enseñanza Superior. «Yo cursé el décimo segundo año y tuve buenas notas. Pasé con 17 el Examen Nacional para ingresar a la universidad. Esto debería ser suficiente, pues aquí saben que en Venezuela todo está muy difícil, deberían flexibilizar los procesos. Hay muchos venezolanos que tienen el mismo problema que yo con el trámite de las apostillas».

Mientras continúe como alumna externa, María sólo puede asistir a las clases y presentar los exámenes. No tiene acceso a becas de estudio ni pasantías  y tampoco tiene carnet. En su salón de clases son cerca de diez estudiantes lo que ha facilitado su integración. «Son todos chéveres», dice.

Le emociona la idea de que las materias del segundo año de la carrera sean dictadas en inglés. Esto le permitirá practicar el idioma que aprendió en Venezuela por iniciativa propia, escuchando canciones y viendo series en inglés.

Díaz, quien actualmente tiene 20 años, es una estudiante inquieta. No se queda con lo que recibe en clases, investiga para aprender más. «Como a veces me da pena preguntar, busco en Internet, pero si allí no resuelvo mi duda, siempre pregunto».

Ya piensa en hacer una maestría en Matemática Enseñanza Secundaria, pues le gusta dar clases. «En Venezuela, esa materia es muy fácil. Aquí es más exigente, tienes que pensar, relacionar cosas». Confiesa que quien acabó por enamorarla de los números fue la profesora de la Francisco Franco, Ana Paula Jardim. «Es lusovenezolana y velaba mucho por sus alumnos. Al ver ese interés que ella ponía en nosotros, tú quieres hacer que ella se sienta orgullosa y te esmeras por salir bien», dice Díaz, quien vive con sus primos en Caniço, Santa Cruz, en la que fue la casa de su abuela materna.

Entre ella y una prima se comparten las labores domésticas en el tiempo libre que le deja la universidad.

Su papá, quien trabajaba en una ferretería en Barquisimeto, está en Porto Santo, empleado en un hotel y su mamá, Susana Andrade, lo seguirá en el verano.

María Isabel se siente a gusto en Madeira por la tranquilidad y la amabilidad de su gente. «Me recibieron bien, lo único que no me gusta es que para salir de aquí a juro tienes que tomar un avión», dice en tono jocoso.

A futuro se ve trabajando en España, Alemania o también en Madeira, por qué no. A Venezuela iría para visitar a sus amigos y a los pocos familiares que tiene allá, pero no se imagina viviendo en el país. Sin embargo, trabaja para ser una embajadora de Venezuela donde esté.

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