Quintino Barros tuvo que comenzar desde cero en más de una oportunidad

Tomás Ramírez González
tomasramirezg@gmail.com

Quintino Barros de Abreu llegó a Venezuela con apenas 14 años de edad, deslumbrado por los miles de portugueses que llegaron a su país de origen, prósperos y con muchos bienes. Sin embargo, no contó con el desplome de la economía venezolana de mediados de la década de los 80, y los vicios del que lo trajo al país.

El mayor de siete hermanos, dejó su trabajo de ayudante de pedreiro y la escuela para embarcarse a otras latitudes. Su tío, estaba de vacaciones en Madeira y lo alentó para que tomara un avión hacia Venezuela para trabajar en su supermercado.

Boleto aéreo que, según Barros, fue el pasaje más caro que pagó en su vida. “Yo veía a todos esos señores que llegaban a la isla adinerados. Creí que iba a contar con la misma suerte”.

Ya en Venezuela, pasó por la casa de su tío, el cual vivía en un cómodo apartamento, con habitaciones vacías, en La Candelaria, pero no se quedó ahí. El aquel niño de 14 años tuvo que dormir en el piso de una pensión frente al que sería su lugar de “trabajo” durante cinco años.

Como Barros era menor de edad en aquel entonces, su tío lo convenció de abrir una cuenta conjunta en el banco. El niño Quintino no tocó ni medio bolívar en cinco años de trabajo. Su madre, siguiendo el consejo del tío, no quería que tuviera acceso al dinero así que encomendó el dinero a su tutor y patrón.

En el supermercado Boyacá de la avenida Lecuna, en San Agustín del Norte, Barros hizo diferentes labores. Ganaba propinas en sus funciones de comenzaron como empaquetador y terminaron como carnicero.

Al cumplir los 18, un socio le sugirió al madeirense que le pidiera la libreta de ahorros a su tío. Su mayor sorpresa fue que los cinco mil bolívares con los que habrían abierto la cuenta pasaron a ser dos mil 500 luego de cinco años.

“Mi tío me dijo que había mandado el dinero a Portugal porque mi mamá lo necesitaba pero nada yo no le creí mucho. Sin embargo, no tenía nada que hacer y seguí trabajando”, dijo Barros.

El Caracazo lo derrumbó

En 1989, poco tiempo después de la estafa, el supermercado fue víctima del llamado Caracazo. Manadas de personas saquearon los principales establecimientos y el supermercado Boyacá no se salvó de la tragedia.

Quintino entonces, quedó sin trabajo y ese mismo día recibió una llamada de Portugal. Sus hermanos le dieron la mala noticia de que su padre había muerto producto de un accidente.

Sin poder ir y sin trabajo, Barros siguió hacia delante. Comenzó a vender pan en las calles de Caricuao. Lo compraba en 9,5 Bs y lo vendía en 10. El portugués se ponía la meta propia de vender mil canillas diarias. Sin embargo, no se dio cuenta de que todo su trabajo fue a un saco roto.

Por su poca experiencia, Barros mantuvo su primera cuenta de ahorros activa y depositaba continuamente lo que ganaba de las ventas. Un día que quiso cancelar la cuenta una asesora del banco le dijo que ya la habían cancelado.

“Como mi tío tenía la firma agarró los 62 mil bolívares. Cuando lo llamé, me dijo que los tomó porque los necesitaba y hoy, 20 años después, no me ha devuelto nada”.

“Comencé a ver las cosas mejor”

Si algo tenía y tiene Quintino Barros es que nunca se rinde ante las adversidades. A pesar de todas las dificultades, consiguió trabajo en la panadería Bocadillo de Parque Central.

Allí, luego de un buen tiempo trabajando quiso pedir vacaciones, ya que tenía cerca de un año de trabajo sin descanso. “El dueño me respondió dándome las llaves de la panadería. Me dijo que buscara un socio y que le pagara con lo que iba produciendo”.

Después de unos meses y con el próspero negocio en las manos, pidió un dinero prestado para operarse el estrabismo que sufrió 20 años de su vida. Vendió y compró negocios hasta que llegó a una panadería en las Minas de Baruta.

Allí conoció a quien sería su esposa en unos años. “Ella llegó pidiendo trabajo de mantenimiento. En ese mismo momento me enamoré”. La Panadería Rosa Linda le ha dado para ir a la tierra donde nació durante nueve oportunidades. Sus hijos, Jhonnathan y Leonardo también conocen Madeira.

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