Mudar de idioma

Mudar de idioma

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Julio Materano

De mis primeros meses en Portugal, el país a donde decidí llevar una vida de extranjero y no de exiliado, puedo decir que son otros los fastantas que me asaltan la quietud. Sí, porque aquí escogí ser un forastero, un foraneo que, más allá de codiciar las mieles de esta esperanza en la que se me ha convertido Madeira, intenta construir con trabajo sencillo una vida desahogada. Muy lejos de la convulsión que malogra un día cualquiera en la otra orilla del Atlántico, en Venezuela.

Además de aferrarme a la palabra escrita, de aquella estéril devoción que me hace presa de historias perecederas, llenas de lugares comunes, que son capítulos de vidas ajenas, he tenido que ganarme los días con oficios dintintos «al mejor del mundo», como elogió García Márquez al periodismo. Aquí he sido mesonero, fui barista y personal de mantenimiento. Todo al mismo tiempo. Ahora debuto como lavaplatos noctámbulo, un trabajo predominantemente mecánico que solo demanda disposición física y que me provee de una experiencia básica: el contacto con la lengua portuguesa, un idioma aún desconocido, que tiene una cadencia fonética inigualable. Su musicalidad que retumba en mis oídos llega a mí como palabras redondas. Es algo difícil de explicar, pero que capta mi atención en todo momento.

De mi primer contacto con la lengua de Saramago, aún recuerdo aquella experiencia atropellada en un café de Funchal, cuyo nombre importa menos que mi arrojo desvergonzado. Pues con apenas dos semanas en la isla, un recodo por descubrir en la Europa más occidental, quise aventurarme como empleado de mesa. Fue, lo admito, una vivencia cargada de un sarcasmo aterrador. Era yo, el recién llegado a Madeira, el periodista, el extranjero, el empleado sordomudo detrás de una vitrina fría repleta de dulces y comida con nombres difíciles de pronunciar. Después de cada pedido de cada cliente ataviado de oficina, ahí estaba yo, con ansias de vender algo cuyo nombre me era ajeno, cuyo sabor me era anónimo.

Todo aquello, permeado por el susto de los primeros días en otro país, no dejaba de ser una escena risible, el chiste en el que se me convertía el plan de abandonar Venezuela. En una ocasión en la que la gerente de ese café, una venezolana corrida en la isla, consideró que, pese a mi torpeza, llegaba la hora de atender las mesas, hice el mayor esfuerzo por aplacar el pánico que entonces dominaban mis piernas temblorosas. En realidad era la prueba de rigor. Entonces las bebidas, los nombres de los desayunos y el modo en que se pedía el café se me antojaban indescifrables. Todo era nuevo para mí.

Aún me veo ahí, frente a cada mesa, frente a cada cliente atónito, en mi intento desastroso por ensayar frente a sus narices los pedidos que se me convertían en frases redundantes, balbuceos enmarañados que luego reproducía frente a mis compañeros hasta entender lo que querían.

Aunque hermanas, el español y el portugués tienen fronteras fonéticas lo suficientemente marcadas para ser lenguas distintas. Y de hecho, lo son. Nacida en el seno del latín, el portugués es tal vez el eslabón más melódico de las letras romances. Con una influencia ineludible de sus vecinos, es lo más próximo al catalán o quizás al francés. Pero fuera del terreno académico, del marco purista, no deja de tener un vínculo estrecho con Venezuela, un país cuyos residentes aún se refugian  en la parodia y la burla manida del portugués de la esquina, porque los hay por dondequiera, detrás de los mostradores famélicos de los abastos, panaderías y de las carnicerías que resisten contra la crisis.

Con más de medio año en la isla, logro entender lo básico. Por ahora mi aprendizaje se ciñe a la jerga de la cocina, al vocabulario aprendido en conversaciones informales, breves. Y me dejo sorprender por la riqueza de un idioma que tiene más de 110 mil palabras en su diccionario oficial. Es una lengua de una riqueza insondable en la cual, estoy seguro, se pueden hallar palabras y modos de nombrar muy distintos al español. Mi ejercicio escrito con la lengua aún no pasa de algún Whatsapp, de algún remedo. Con aproximadamente 260 millones de hablantes, el portugués es la séptima lengua materna más hablada del mundo.

Después de Brasil, el gigante de Suramérica, los países con más lusoparlantes son Mozambique, cuya población alcanza los 24 millones; Ángola, donde 75% de sus residentes lo habla, y Portugal. Hay también significativas comunidades de inmigrantes lusófonos en países como Andorra, Canadá, Venezuela y Francia, donde constituyen 13,1% de los extranjeros según cifras locales.

 A pesar de la similitud léxica entre los dos idiomas, las palabras parecidas pueden tener significados opuestos. Una expresión que sirve para ilustrar el carácter de cada idioma quizás sea goleiro que en portugués no es goleador, sino portero. Como ese, existe una lista nutrida de términos que para el imaginario colectivo podrían ser iguales, pero en realidad no lo son; los peões, por ejemplo, no son trabajadores agrestes, como podría pensarse; son más bien peatones. Y barata nada tiene que ver con la economía, pues es así como se le conocen a las cucarachas.  Mala no es un adjetivo que indica calidad, sino es como se dice maleta. La lista es infinita y los significados insospechables.

Según la historia universal, el primer acontecimiento importante que convirtió el castellano y el portugués en idiomas afines, unidos por lazos fuertes de latinidad, fue la presencia de agricultores y soldados, invasores romanos de la Península Ibérica en el año 218 a. C. Ellos cambiaron la situación lingüística de la región, con la ayuda de la Iglesia Católica que sirvió de vehículo de difusión del latín, por medio de los cultos religiosos.

De todo el contexto de enfrentamientos bélicos y de batallas épicas entre reinos hoy descuella una anécdota universal, ensalzada por la conveniencia de cada época, y que mucho tiempo después queda resumida de esta manera: se dice que un miembro de la orden de Avis, de donde surgió la segunda dinastía real de Portugal (1385-1580), pidió a Dios un idioma que les permitiera entender a los castellanos, pero que los castellanos no los entendiesen a ellos, y les dio el portugués. Aquel relato, cargado de una sutil jocosidad, y que es consabido entre lingüistas, filólogos e historiadores, ha permanecido intacto con el paso de los siglos.

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