El negocio de la escasez

El negocio de la escasez

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Para algunos la crisis venezolana abona el terreno para capitalizar oportunidades

Julio Materano

En medio de los controles que ponen a Venezuela en los linderos del ahogo, se gesta una industria tímida que para los más acomodados, tal vez los menos expuestos a la crisis, se perfila como una respuesta rápida a una problemática de dimensiones colosales: el hambre que arropa a 9 de cada 10 venezolanos, según un estudio realizado por las principales universidades.

Aún sin ser oficial, aquella amalgama de iniciativas prospera en las redes sociales, aupada por la necesidad más básica de los venezolanos: comer. Son los pequeños proyectos de “envío” de alimentos que operan desde Europa, Estados Unidos y Latinoamérica con un perfil sombrío. Algunos trabajan bajo cuerda, son de reciente data y avanzan sin registros. De cualquier modo, son iniciativas surgidas en el seno de una diáspora en desespero que se las ingenia para mantener un claro de luz en la habitación sombría en la que se ha convertido Venezuela.

A juzgar por la dimensión de la emergencia humanitaria, las cestas de comida, cobradas en moneda extranjera, lucen mezquinas, insuficientes. Son sí, con toda razón, un modelo de negocio, un ejemplo de cómo las crisis favorecen el emprendimiento y abonan el terreno para capitalizar oportunidades. Pero hay también, mucho de insensatez. Porque en Venezuela las familias empobrecidas, que son las más, conocen de hambre. Han probado el ardor de sus estómagos y mastican la incertidumbre que les deja el día que aún no concluye. En realidad los hogares embestidos por la pobreza no tienen cómo pagar comida a dólar negro y menos en un contexto de hiperinflación.

En países como España y Portugal abundan las promociones de alimentos comprados en Venezuela cuyos precios alcanzan los 280 euros, un monto que en Europa fácilmente podría cubrir la alimentación de una pareja durante dos meses. Tal desparpajo es también el espejo de una hiperinflación que desde hace más de un año ha secuestrado el poder adquisitivo de los venezolanos. Los alimentos llevados hasta las puertas de las familias no son adquiridos en el país donde se contrata el servicio, sino en Venezuela, donde falta todo.

Es así como los combos oscilan entre 40, 60, 80, 120 euros y más. Por ejemplo, un kilo de carne molida, más un pollo, un cartón de huevo, un kilogramo de queso y cuatro artículos de la cesta básica tienen un costo de 35 euros. Desde Venezuela, los pagos se realizan a través de la banca y en otros países de Latinoamérica, a través de PayPal, Bitcoin y Litecoin. Mientras que en Europa existen otras entidades de pago.

“Llegamos a cada rincón de Venezuela así que si deseas enviarle un mercado completo a tu familia no dudes en contactarnos. Los envíos se realizan en un lapso de 24 a 96 horas”, reza un aviso publicitario en Facebook. Todo aquello es también un negocio redondo, cuyos promotores han sabido capitalizar las despensas vacías de una clase media maltrecha que no percibe moneda extranjera y hace lo posible para resistir los embates de la crisis humanitaria.

El servicio, que en su mayoría contratan desde el extranjero para familiares en Venezuela, tampoco resulta barato afuera. Los precios de los combos charcuteros, que una renombrada organización ofrece por 40 euros, son un exceso. Solo basta el 20% de ese monto para poner en cualquier mesa de Europa queso, jamón y mantequilla. Para ejemplificar la desmesura del monto, por 30 euros puedes recargar un pase que te permite viajar en autobús durante un mes en Portugal. Se trata de uno de los países europeos con la gasolina más cara.

En muchos casos, la crisis no ha sacado la mejor versión del país o al menos de su gente. Los vicios de un sistema de Gobierno que se apoltrona en la corrupción se instalan entre quienes lo dejan todo para huir de la miseria y quienes batallan en sus carnes contra la represión, el hambre y el encarcelamiento de la protesta.

¿Por qué alguien en el extranjero cobra en exceso por distribuir alimentos que se compran en Venezuela? Porque buscan sacar provecho de la situación, porque hay transacciones con quienes han hecho de la comida un negocio de alta factura y porque hay poco espíritu de solidaridad. Hoy el mercado informal no conoce de fronteras y se instala también en el primer mundo, donde los venezolanos intentan asegurar, por una vía distinta a la ordinaria el “bienestar” de sus familiares en Venezuela.

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