Niños venezolanos oxigenan escuelas de la isla

Niños venezolanos oxigenan escuelas de la isla

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La diáspora del país suramericano no solo causa recelo, también trae aires de esperanza a una región que pierde 1.000 alumnos por año, según advierten cifras oficiales.

Julio Materano

Si no es la fórmula exacta, la del éxito seguro, entonces es tal vez la receta más provechosa para una nación que vio la miseria a los ojos. Con una infraestructura robusta, la educación primaria y media de Portugal tiene todo para ser la más prominente de Europa. Los niños aprenden a hablar inglés en sus primeros años, y no pasa mucho tiempo hasta que incorporan otra lengua a su lista de idiomas. Lo hacen con soltura.

Y a diferencia de Venezuela, el bachillerato no culmina con el décimo año aprobado. Los alumnos cursan dos períodos adicionales de capacitación técnica que los prepara en un oficio y los adelanta para competir en un campo laboral estrecho, voraz. Ocurre en regiones como Madeira, que vive del turismo y donde la educación flaquea, no precisamente por su calidad, que alcanza niveles indiscutibles, sino por la baja matrícula que ha llevado a cerrar escuelas primarias.

La minúscula tasa de fertilidad, 1,31 hijos por mujeres,  los bajos sueldos y la poca oferta laboral frustran cualquier pretensión de familia. Las parejas jóvenes postergan sus planes de tener hijos y, no en pocos casos, emigran a otros países de Europa. Las escuelas despobladas, con baja asistencia de niños le toman el pulso a la falta de incentivos. No hay quien estudie. No se trata de una lectura desmedida, sin fundamento. En el concejo de Ribeira Brava, una de las 12 cámaras municipales de Madeira, padres reportan dos instituciones clausuradas en los últimos años.

Entre los períodos lectivos 2015-2016 y 2016-2017 las escuelas públicas y privadas en Portugal perdieron más de 20 mil alumnos. La matrícula nacional pasó de 1.515.310 estudiantes a 1.495.089, según estadísticas oficiales. La caída fue mayor en la enseñanza pública que en la privada.

La preocupación crece en una sociedad cuyo grueso está en la medianía de su vida. El desmayo en las aulas parece tener otro componente distinto al de la crisis de servicios en Venezuela. En Portugal los niños llegan a un sistema educativo que les provee desayunos, meriendas y almuerzos que responden a las necesidades nutricionales.

Las aulas amplias, dotadas de un mobiliario en perfectas condiciones, y las áreas deportivas, completan el cuadro para la formación de los más pequeños. Los baños tienen agua, papel higiénico y luz. Sí, porque las escuelas tienen baños funcionales. Hay vigilancia, servicios de apoyo y de subsidios, según las condiciones de cada familia. Un niño en la educación media recibe por lo menos 80 euros mensuales para sus gastos, un monto que alcanza para su traslado en autobús y la compra de utensilios escolares.

Pero existe un inconveniente que empaña el sistema educativo: los profesores se saben mal pagados. Reclaman incremento de salarios y los padres resienten la ausencia en algunas áreas primordiales como inglés, que es el mayor valor agregado de la educación, al menos en la isla de Madeira.

En los últimos años Portugal logró que sus alumnos de 15 años se situaran por encima de la media de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, que agrupa a los países más ricos del mundo, en las tres áreas de estudio evaluadas por la prueba Pisa: ciencia, lectura y matemáticas. Desde hace una década y media el país europeo mantiene esa trayectoria en sus resultados y es el único del continente que mejora su desempeño cada año, reseñan medios locales. Pero el logro que se arrogan las autoridades nacionales podría desvanecerse si no se atienden situaciones urgentes, como el déficit de profesores.

Los logros en materia académica abren los noticieros estelares. Y abundan las competencias de matemática y lengua entre instituciones. Todo un incentivo en una región cuya población apenas supera los 250 mil habitantes.

A propósito de la reducción de la matrícula, existe un fenómeno que cobra auge con el arribo de los lusovenezolanos a la isla. La comunidad ha revitalizado, en algunas zonas, los planteles educativos. Según declaraciones de la Secretaria Regional de Educación, en el año lectivo 2016-2017 se integraron en los establecimientos de enseñaza de Madeira 197 alumnos provenientes de Venezuela. Para el año 2017-2018 se matricularon 100 nuevos estudiantes. El 9 julio de 2018, el Jornal da Madeira, uno de los periódicos más importantes de la isla, abrió el impreso con una data gruesa: para entonces el sistema de enseñanza de Madeira había absorbido 670 niños venezolanos. Para el primer trimestre de 2019 esa cifra asciende a 1.400 jóvenes, según datos oficiales.

Algunas familias llegan de Venezuela con dos y hasta tres hijos en edad escolar para procurarles mejores oportunidades. Es tal la presencia de venezolanos que los pequeños más aventajados, con un camino recorrido en el sistema escolar local y el dominio del portugués, sirven de intérpretes entre los docentes y los compañeros recién llegados.

Hoy 10% de los alumnos de la escuela municipal de Porto Moniz son lusovenezolanos. La diáspora del país suramericano no solo causa recelo, también trae aires de esperanza a una región que pierde 1.000 alumnos por año, advierten cifras oficiales. Con 8%  de alumnos venezolanos, el concejo de Calheta es el segundo con más alumnos. Hoy las escuelas de la isla ganan nueva vida.

Pese a los avances, Portugal también destaca entre los países más desiguales de Europa, con una gran proporción de adultos sin educación e ingresos desiguales, lo cual pone en evidencia las debilidades de un sistema que deja a muchos por fuera.

La mayor prueba de ello quedó en evidencia una tarde cualquiera en Ribeira Brava cuando la camarera de mi habitación confesó sin reservas ni enredo personal alguno que no sabía leer ni escribir. Es una persona de campo, sin oportunidades académicas, pero era también la cadencia de un problema que persiste: la desigualdad de ingresos por cuenta de la falta de formación. «Ni mi hermana ni yo sabemos leer ni escribir», dijeron.  No todos los jóvenes completan sus estudios medios. Y algunos solo se emplean en trabajos informales.

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