Notas sobre periodismo

Notas sobre periodismo

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Julio Materano

Por alguna razón, quizás por el cautiverio isleño que te impone tan descomunal océano de por medio, no he dejado de mirar con perplejidad lo esencial de mi vida. Escudriño mis pensamientos, mis pasiones y entonces me asalta con mayor denuedo la soberbia de escribir, la avidez de hacer periodismo y aquella sed de contar todo a mi alrededor.

Es la obsesión desbocada por la realidad, por la política, por los temas neurálgicos y otros manidos. Venezuela es mi tema recurrente y su gente mi inquietud. Probablemente sea un arrebato de aquella graciosa neurosis con la que debemos lidiar quienes asumimos el apostolado del periodismo y hacemos de cada acontecimiento un lead con título y sumario. Como si la vida fuese solo una pieza periodística contada de la mejor forma. Tal vez sea la herida de la salida, aún descosida, sin cicatrizar, o la bravuconería de dejar el país, que algunos llaman cobardía, lo que alimente mi ardor por este oficio travieso que desmonta cualquier rutina.

Quizás los monólogos en los que se me convierte la disertación sobre el «arte de escribir», como dicen los grandes, no sea más que una fanfarronería, una contradicción para quien traiciona, por apuros económicos, el oficio de retratar con la palabra. Pero de algo estoy seguro: seré reportero incluso del lado de la diáspora. No consigo engañarme ni cómo domar mi vocación barata, odiosa y pestilente para los políticos aferrados al poder.

Hoy quiero rescatar las palabras de un grande: Simón Alberto Consalvi, el periodista, diplomático y político venezolano, a quien se le antojó el periodismo como una forma contemporánea de ser historiador. Un dictamen que, estoy seguro, estriba en la tozudez de ponerlo todo en el papel. Ser periodista, así lo he entendido en mi ejercicio, es congelar una imagen del presente. Es apropiarse de lo cotidiano, decodificar la realidad y acercase, siempre humilde, pero con una afinada capacidad de asombro, a la verdad que es custodia y guardián del pasado.

Fronteras adentro, en la Venezuela de emisoras cerradas, el reto es cada  vez más exigente. El Gobierno es el medio y la noticia. Todo lo demás está al margen de la invención oficial, de la ficción roja hecha realidad. No se puede creer en el periodismo, en nuestro oficio, si no se ejerce de manera comprometida, coherente, con apego a la verdad y a la denuncia.

Los periodistas somos testigos y relatores de la historia cotidiana, contralores de la realidad, megáfonos de quienes permanecen  afónicos ante la incapacidad de un gobierno que roba la conciencia y doma las libertades de quienes sucumben ante la demagogia, el populismo y la politiquería absurda. Estar en la acera de enfrente o ser una piedra en el zapato, estoy convencido de ello, es una condición sin la cual no se puede ser un periodista bueno. Porque para ser un buen periodista primero hay que ser buena persona. Estamos llamados a escuchar, a comprender y a ejercitarnos en aquello de la alteridad para ofrecer una mirada humana de cuanto acontece en el mundo.

Permanecer atentos, afinar nuestra capacidad de asombro, nuestro olfato periodístico y estar apegados a la verdad de 2+2 son 4, cual Winston Smith en 1984, es una fórmula que nos puede ayudar a mantenernos sobrios ante un gobierno con evidentes rasgos totalitarios. La libertad, diría El Quijote, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos. «Con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».

Además de aferrarme a la palabra escrita, de aquella estéril devoción que me hace presa de historias que son capítulos de vidas ajenas, me he propuesto reflejar lo mejor de la diáspora venezolana. Aquellas iniciativas que refuerzan la Venezuela de esperanza. De nada sirve el periodismo ni los periodistas si no contribuimos al encuentro de la sociedad. Porque en eso consiste nuestro trabajo, en despejar incógnitas, en orientar y en construir una lectura sobria sobre los gobiernos de turno. Somos el contrapeso del poder. Hoy cuando la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano ha seleccionado a cuatro historias producidas en Venezuela entre las mejores 40 de Iberoamérica, para el Premio Gabo 2019, no me queda más que celebrar el trabajo de mis colegas. Y en especial el realizado por la Vida de Nos, cuya postulación, de la que hice parte, integra la categoría «Texto».

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