Padre Armelim de Sousa celebró medio siglo en Venezuela

El párroco de la Basílica de Santa Teresa, natural de Ribeira Brava, en la isla de Madeira, reconoció el valor de los que se atreven a emigrar

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Armelim de Sousa (el más pequeño) junto a su familia, poco tiempo después de haber llegado a Venezuela

Delia Meneses

El sacerdote Armelim de Sousa Andrade, párroco de la Basílica de Santa Teresa, recordó el pasado 20 de agosto cincuenta años de haber pisado suelo venezolano. Fue un 20 de agosto pero de 1970 cuando llegó al puerto de La Guaira, en el barco Santa María, en compañía de su mamá Maria da Conceiçao de Sousa y su hermano Orlando.

«Tenía seis años y no entendía muy bien de qué se trataba. Lo vi como un paseo. Atrás dejamos, en el puerto de Funchal, Madeira, a mis abuelos y dos tías maternas. Sus manos moviéndose, agitando sus pañuelos eran signo de despedida. A mis abuelos no los volví a ver, mi madre tampoco», cuenta De Sousa, quien nació en São João da Poeira, Ribeira Brava.

En Venezuela ya estaban desde hace varios años su papá y sus dos hermanos mayores. Recuerda que aprendió el castellano en pocos meses, pero en casa siempre se habló en portugués. «Me inscribieron en el Colegio Luso Venezolano de Catia. Allí estudiaba en portugués y español. A los tres meses ya era un «loro» hablando español»

«Las comidas portuguesas se fueron mezclando con las venezolanas. Y aunque al inicio fue difícil, pues venía de vivir en el campo, rodeado de sembradíos y pinares, con el océano inmenso al frente, en una aldea pequeña, para habitar en un apartamento pequeño rodeado de montañas con miles de casas apiñadas, personas y muchos carros; este país se me fue metiendo en las venas y los poros», cuenta el sacerdote, quien está al frente del templo que guarda una joya preciosa de la ciudad: la imagen del Nazareno de San Pablo. Es un lugar de culto y de evangelización por excelencia de toda Caracas.

La comunidad lo percibe como un sacerdote activo y jovial, quizás por su constante cercanía con los jóvenes. Entre 1993 y 1999 fue Director del Secretariado de Pastoral Juvenil de la Arquidiócesis de Caracas, un servicio pastoral que volvió a asumir entre 2009 y 2016. También fue director de la Pastoral Juvenil Latinoamericana en el Consejo Episcopal Latinoamericano, en Bogotá (1999-2003).

El 16 de enero de 1993, Armelim se ordenó sacerdote. Ese año comenzó como vicario y párroco en la Parroquia San Benito Abad (Santuario San José del Ávila) al centro-norte de la ciudad hasta 1999. En 2003 fue Administrador Parroquial de la Iglesia Nuestra Señora Reina del Mundo en la urbanización La Paz en El Paraíso.

Entre 2004 y 2017 estuvo al frente del templo más antiguo de la ciudad, la Parroquia Dulce Nombre de Jesús en el casco colonial de Petare. Durante un año (2017-2018) fue el párroco de los feligreses de la iglesia la Transfiguración del Señor en El Cafetal y en septiembre de 2018 asumió con humildad y entusiasmo ser el pastor de los fieles que acuden a la Basílica de Santa Teresa.

Vivió siempre en San Martín, frente al Hospital Militar, hasta que entró en el Seminario. «Mi parroquia era Nuestra Señora de Lourdes, conocida como la Iglesia de Palo Grande, en la avenida San Martín». Allí fue catequista, miembro del coro juvenil, legionario de María y lector. Trabajó con los llamados Padres Franceses, fundadores de esa iglesia de estilo gótico, donde se ordenó sacerdote y celebró su primera misa.

«Agradezco a Dios por la vida que me ha dado a mí y a mi familia portuguesa en Venezuela. Recibimos tanto. Es un país que nos acogió con tanta generosidad y bondad. Hoy, 50 años después, me ha tocado ver a mis sobrinos, sobrinos-nietos y primos irse de su país porque no puede darles ahora lo que les dio a sus padres y abuelos cuando llegaron aquí. Es un movimiento misterioso».

En su cuenta de Instagram, el sacerdote publicó varias postales del barco Santa María como «un homenaje a la valentía de los emigrantes, a los que se atreven a buscar horizontes distintos a los que la historia les muestra en un momento específico. Siempre será una opción válida. Al final, toda tu vida serás extranjero”.

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