Ni pilas ni esquisito, la picardía del portugués

Ni pilas ni esquisito, la picardía del portugués

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A pesar de la similitud entre el español y el idioma portugués, las palabras parecidas pueden tener significados opuestos. Existen normas generales que podrían facilitar el aprendizaje de la lengua

Julio Materano

Aunque hermanas, el español y el portugués tienen fronteras fonéticas lo suficientemente marcadas para ser lenguas distintas. Y de hecho, lo son. Nacida en el seno del latín, el portugués es tal vez el eslabón más melódico de las letras romances. Con una influencia ineludible de sus vecinos, es lo más próximo al catalán o quizás al francés. Pero fuera del terreno académico, del marco purista, no deja de tener un vínculo estrecho con Venezuela, un país cuyos residentes aún se refugian  en la parodia y la burla manida del portugués de la esquina, porque los hay por dondequiera, detrás de los mostradores famélicos de los abastos, panaderías y de las carnicerías que resisten contra la crisis.

Aún cuando se sabe que la proximidad es un factor que favorece su aprendizaje, no todos los lusodecendientes radicados en Venezuela, dominan la lengua de sus padres o abuelos. Para quienes intentan aprender el idioma, su complejidad radica en la diversa fonología con respecto al español, lo que quizás justifique por qué algunos venezolanos no dominan el lenguaje al llegar a Madeira u otras regiones de Portugal, donde se saben enmudecidos.

 A pesar de la similitud léxica entre los dos idiomas, las palabras parecidas pueden tener significados opuestos. Una expresión que sirve para ilustrar el carácter de cada idioma quizás sea goleiro que en portugués no es goleador, sino portero. Como ese, existe una lista nutrida de términos que para el imaginario colectivo podrían ser iguales, pero en realidad no lo son; los peões, por ejemplo, no son trabajadores agrestes, como podría pensarse; son más bien peatones. Y barata nada tiene que ver con la economía, pues es así como se le conocen a las cucarachas.  Mala no es un adjetivo que indica calidad, sino es como se dice maleta. La lista es infinita y los significados insospechables. 

Entre los símiles fonéticos destacan dente, que es un pasapalo y no una pieza ósea. Mientras en español borrar significa eliminar, en portugués, quiere decir ensuciar. Cuando se trata de un plato suculento, delicioso, es recomendable no tildarlo de esquisito, porque en realidad se refiere a algo raro. En el país ibérico la palabra pila sirve para designar coloquialmente al órgano genital masculino. Por lo que ir a una tienda por pilas podría tener otra connotación. Cadeira es silla y presunto es el nombre que recibe el jamón serrano.

Un día espantoso en Venezuela no es lo mismo que en Portugal. En la lengua de Camões el adjetivo tiene sinónimos como extraordinario o maravilloso, lo que podría hacer alusión a otro contexto. Acordar-se significa despertarse y brincar se usa para designar la acción de jugar. combinar es la palabra para acordar una cita entre amigos. En lo que a transporte se refiere, un eléctrico es un tranvía y un ascensor, un funicular. Y si va por la calle, seguramente querrá eludir cualquier problema con un malandro, que no es más que un bribón.

Según la historia universal, el primer acontecimiento importante que convirtió el castellano y el portugués en idiomas afines, unidos por lazos fuertes de latinidad, fue la presencia de agricultores y soldados, invasores romanos de la Península Ibérica en el año 218 a. C. Ellos cambiaron la situación lingüística de la región, con la ayuda de la Iglesia Católica que sirvió de vehículo de difusión del latín, por medio de los cultos religiosos.

De todo el contexto de enfrentamientos bélicos y de batallas épicas entre reinos hoy descuella una anécdota universal, ensalzada por la conveniencia de cada época, y que mucho tiempo después queda resumida de esta manera: se dice que un miembro de la orden de Avis, de donde surgió la segunda dinastía real de Portugal (1385-1580), pidió a Dios un idioma que les permitiera entender a los castellanos, pero que los castellanos no los entendiesen a ellos, y les dio el portugués. Aquel relato, cargado de una sutil jocosidad, y que es consabido entre lingüistas, filólogos e historiadores, ha permanecido intacto con el paso de los siglos.

A pesar de su gran riqueza literaria, con autores de talla mundial como Fernando Pessoa, Mário de Andrade, Jorge Amado o Guimarães Rosas, y de contar con unos 250 millones de hablantes, los lusoparlantes solo se han hecho con un premio Nobel de Literatura. Corresponde a José Saramago, el escritor, novelista, poeta, periodista y autor de títulos como Tierra de pecado (1947), Levantado del suelo (1980) y La balsa de piedra.

Pero más allá de lo anecdótico, existen normas generales que podrían facilitar el aprendizaje de la lengua y que son recogidas por Duolingo en su sitio web, una aplicación digital que cobra adeptos entre los más jóvenes y que permite aprender distintos idiomas. 

Entre las reglas más comunes destacan la terminación «ad» en español que es «ade» en portugués. Así universidad es universidade y felicidad, felicidade. Ocurre lo mismo con ciudad, que se traduce como cidade. En general, la terminación «on» en español es «ão» en portugués, con lo cual es correcto decir coração, en lugar de corazón, y canção, en vez de canción. Sucede lo mismo con los plurales, cuya terminación es «ões»: corações y transformações.

Algunas palabras que se escriben con «Z» en medio de una palabra hispana, llevan “Ç» en portugués: esperanza/esperança, comenzar/começar y confianza/confiança, por mencionar algunas. Y muchas de las que se escriben con «H», llevan «F»: horno /forno, hacer/fazer, higo/figo. Mientras la «Y» es sustituida por la «I»: yodo/ iodo, mayor/maior y playa/ praia.

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