«Rezo todos los días por Venezuela»

El camino de conversión del lusovenezolano Gabriel Dos Santos comenzó en Ocumare de la Costa cuando apenas tenía 10 años . Hoy se forma junto a otros 21 jóvenes en el seminario de Lisboa.

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Delia Meneses

Como buen hijo de panadero, Gabriel Alexander Dos Santos heredó la vocación de su padre. Se apropió del oficio de vender pan cuando apenas era un niño. Detrás del mostrador de canillas y campesinos calientes, seguramente aprendió del lenguaje de la levadura, del perfume de la masa y de su temperamento.

Pero su destino anticipado como panadero se desvió cuando descuidó los hornos de la familia para probar el «pan de Dios» que se repartía justo al lado del negocio de su papá, en la iglesia de Ocumare de la Costa.

La vocación de Gabriel nació cuando el párroco de ese templo, Armando Osorio, lo invitó a ser monaguillo, con apenas 10 años, en junio de 2009. Pero ahora se robustece fuera de casa,  al otro lado del Atlántico, en el seminario diocesano de Lisboa, donde comparte la fe con 21 jóvenes de cuatro continentes.

Después de conocer el templo de Ocumare, el ahora seminarista recuerda «que la iglesia me acogió, me fue guiando y animando. Gracias a esa comunidad aprendí a escuchar al Señor y en esa relación él me llamó», dice convencido de su vocación, que se reafirmó con el testimonio del Papa Francisco y de San Romero de América, dos vidas que lo marcaron profundamente.

A partir de allí, dice, emprendió una ruta de fe que lo llevó hasta el Seminario de la Diócesis de Maracay, donde permaneció un año. El deterioro progresivo de Venezuela, que también impacta a los hombres de fe, lo obligó a pedir el traslado al obispo de esa ciudad, para diseñar una hoja de ruta que tenía como destino Portugal, la tierra natal de su papá.

En febrero de 2019 lo recibió su abuelo paterno en Aveiro. Se fue con el proyecto de continuar su formación sacerdotal por lo que en abril entró al seminario de esa ciudad. Allí se familiarizó con el idioma y la cultura portuguesa, y en septiembre pasó al seminario diocesano de Lisboa, donde realiza un propedéutico. Le siguen cinco años de estudio en la Universidad Católica Portuguesa.

«En mi casa no se hablaba el idioma. Mi papá emigró en 1985 y desde hace 21 años que no visita su tierra; y mi mamá nació en Maracay. Cuando llegué a Aveiro no me expresaba bien en portugués pero todos me ayudaron a sentirme parte de ese conglomerado sin discriminarme. Por esa acogida estoy muy agradecido a la comunidad diocesana de Aveiro», dice el seminarista, quien sueña con llevar a su hermana y a sus dos sobrinos a vivir en el país ibérico. Ahora habla y escribe en correcto portugués aunque asegura que es difícil deshacerse del acento venezolano.

Gabriel tiene 21 años y dice que ya perdió la cuenta de las veces que ha visitado el Santuario de Fátima. Una de esas ocasiones, quizás la más emotiva, fue en la que acompañó y sirvió de traductor al Obispo Auxiliar de Caracas, Monseñor Tulio Ramírez, quien celebró en Fátima una misa por la paz de Venezuela el 11 de mayo de 2019. «Fue una homilía muy conmovedora en la que muchos venezolanos que estaban presentes no pudieron contener las lágrimas», recuerda Dos Santos.

«Nuestro país necesita mucho de nuestras oraciones, en especial por el respeto, la dignidad y los derechos humanos de los venezolanos. Yo rezo todos los días por Venezuela. Tengo muchas saudades de la familia, de las misas de aguinaldos, de la gastronomía, sigo las noticias a diario».

Aunque su corazón está dividido entre dos países, asegura que hay una sola iglesia. «En Venezuela acostumbraba ver la misa de RTP que transmitían a las 5:30  am para aprender a celebrar la fe como mis ascendentes portugueses lo hacían. Esta experiencia me ayudó a comprender que formo parte de una comunidad más grande que mi parroquia o mi país».

«La comunidad de los creyentes es universal y a ella pertenecen personas de todas las lenguas y países. Jesús se da en la Eucaristía a todos los creyentes sin distinción, todos comulgamos del mismo Señor y nos volvemos miembros del mismo cuerpo», dice el joven, quien trata de animar y ser un apoyo para los venezolanos radicados en Portugal y los que siguen en su país.

Recuerda que en 2017, en el centenario de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, estando en el seminario de Maracay, participó en la comisión organizadora de la visita de la imagen peregrina a Venezuela. «Esa comisión estaba compuesta por lusovenezolanos y fue una experiencia que me acercó al mensaje de paz y esperanza que María trajo a Fátima».

En el seminario diocesano de Lisboa asegura que la agenda está siempre copada. A las diferentes actividades se le suma la celebración diaria de la Santa Misa. En estos tiempos de pandemia, Dos Santos piensa que los creyentes están desafiados a ir más allá,  a reconocer el amor infinito de aquel que se da a todos con un cariño especial por cada uno .

«Ahora ya se retomaron las misas, pero antes de eso las personas siguieron las transmisiones desde su casa. Este es un tiempo nuevo que estamos viviendo, motivo de esperanza para la gente, donde Dios nos acompaña y nos sustenta», dice el lusodescendiente, para quien Portugal es uno de los países más abierto de Europa con gran tolerancia hacia los extranjeros.

Admite que las escasas vocaciones religiosas son una realidad en el país ibérico pero también en toda Europa. «Algunos jóvenes se van por otros caminos, se apartan de Dios. Aquí las exigencias educativas son superiores. En Portugal un joven promedio habla dos o tres idiomas de manera fluida», dice Dos Santos, quien ya se prepara con ilusión junto a la toda la Iglesia católica en Lisboa para la Jornada Mundial de la Juventud que protagonizará el Papa Francisco y jóvenes de todos los países del mundo en 2023 en la capital portuguesa.

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