Rogerio Viegas, emigrante por segunda vez “Me voy como vine, con una...

Rogerio Viegas, emigrante por segunda vez “Me voy como vine, con una mano adelante y otra atrás”

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“Debería poder disfrutar a mis hijos y nietos aquí”

Nacido en Portugal, criado y formado en Venezuela, debe abandonar el país por la situación país, y establecer su nuevo hogar en España

Desde hace algunos meses había venido compartiendo con un personaje de esos que cuando conoces su historia se te paraliza el corazón. Muy callado, educado, simpático, con esa sonrisa escondida que devela completamente solo cuando entra en confianza, este día me ha roto el corazón con su partida.

A pesar de que somos vecinos desde hace casi 10 años, no fue hasta hace algunas semanas que nuestra interacción se hizo más cercana, descubriendo cosas como su nacionalidad real, la causa de su silencio en público, y la más grande de sus tristezas. Ese personaje, junto a su súper esposa, compañera de vida, cuatro maletas, y en contra de su voluntad, ha emprendido un camino como el que tomó hace más de 60 años, cuando llegó a Venezuela procedente de Portugal.

Me atrevo a escribir estas líneas con el corazón arrugado y sin que sus protagonistas lo sepan, con una mezcla única de sentimientos, apostando por un futuro mejor para quienes, estando en la tercera edad, lo han perdido todo, y tienen una nueva oportunidad de avanzar junto a sus seres queridos.

Hoy se van del país que cuando jóvenes los recibió como suyos, Rógerio Viegas Nunes y su infalible compañera de vida, Virginia, prácticamente negados a este destierro, pero con la convicción de que al llegar a su nuevo hogar, ese sentimiento habrá desaparecido. O por lo menos con la esperanza, de que eso sea así.

En España los esperan sus dos hijos, que pasan días en vela cuando saben que alguno de sus padres se siente mal, y sus nietos, que ajenos a esta Venezuela, solo desean que los abuelos lleguen rápido para que los lleven al fútbol.

Este es mi país
Rogerio Viegas llegó desde Portugal continental a Caracas, de Algarve si mal no recuerdo, cuando apenas era un muchacho de 13 años y, cuando como el mismo dice “Venezuela era un paraíso”.

Desde el primer momento en que puso un pie en esta tierra se enamoró, parece que su acento incluso desapareció, y como la mayoría de los portugueses que vinieron a este país, buscó surgir por todos los medios.

Para él, el estudio era necesario, a pesar de venir de una familia de comerciantes emprendedores, por lo que al finalizar la escuela estudió mecánica, y con uno de sus grandes amigos y colegas, construyó el taller con el que levantó a su familia. Ese lugar, en un rincón ya inexistente de Chacao, no sólo se convirtió en su lugar de trabajo sino en su segundo hogar, del que fue desterrado casi tan bruscamente como de la confianza en los demás.

Los terrenos donde se ubicaba el establecimiento, fueron expropiados por decreto presidencial y sin derecho a pataleo, junto a otro grupo de comerciantes, tuvo que salir del lugar sin chistar. No había tiempo si quiera para reubicarse en otro sitio, no aplicaba un plan B, sólo había que sacar lo que se pudiera, y salir.

Como si no bastara la tragedia de ver su legado perdido, quien había sido su socio por casi 50 años, decidió que no quería mantener la sociedad y se hizo dueño automático de las herramientas que Rógerio y su esposa habían podido rescatar antes de la demolición. En otras palabras, la persona que él consideraba un hermano más, decidió estafarlo.

Sus dos hijos, ya grandes para el momento, habían decidido emigrar a España en el año 2002, y desde entonces ese era el lugar de encuentro de la familia cada navidad. A raíz de la expropiación, como el mismo prefiere llamarlo, los viajes empezaron a hacerse más largos, y la manutención en Venezuela, mucho más difícil.

Uno de esos viajes se extendió más de la cuenta, y en el 2013, decidieron regresar por última vez a Caracas. Se suponía que sería solo por unos meses, para vender las tres cosas que le quedaban y partir en busca de unos últimos días felices, esta vez cerca de sus nietos. Pero el tiempo se fue extendiendo, el amor por todo lo que habían logrado en más de 45 años de matrimonio, era más fuerte que cualquier crisis política.

El destierro involuntario
Entre sus historias diarias prefiere evitar hablar de lo que ha perdido, y se concentra en lo que pudo disfrutar, me habla de unos años dorados en el Centro Portugués de Caracas, “cuando todavía se podía mantener una acción sin tantas cuotas especiales”, quiere que le cuente cómo son las cosas ahora, y a mí me interesa que me cuente de esa colonia que se formó fuera de los clubes, como en colmenas de trabajo.

Durante las últimas semanas, cuando más hemos compartido, debatimos una y otra vez sobre el apego por las cosas materiales, por un país que realmente no es el suyo, y lo que representaría renunciar a la oportunidad que sus hijos le brindan en una nueva tierra, más cerca de su origen, de la paz y la tranquilidad social.

Y me cuesta comprenderlo, hasta que me dice “aquí lo hice todo, aquí se queda todo, me voy con una mano adelante y otra atrás, como llegué”. Hoy cuando entré a su apartamento, totalmente vacío entendí sus achaques de los últimos días, sus lágrimas escurridizas y el dolor de sus palabras.

-¿Usted no se quiere ir señor Rogerio?

-¿Y qué otra opción tengo Carla? Aquí ya no nos da para vivir, y estamos solos. Mis hijos deberían estar aquí, pero no es así, y no va a ser así. Las cosas no van a mejorar, y ya no tenemos nada.

¡Cuánto dolor en esas frases! Se me hace un nudo en el estómago de sólo escucharlo, y pienso que si tan sólo la mitad de las personas que ha emigrado, o quienes nos hemos quedado, pensáramos como él, tal vez la situación de este país no sería tan amarga. Me parece más increíble aún encontrar en la mirada y las palabras de un inmigrante sexagenario, el amor que siento perdido por mi propio país.

“Es muy lamentable dejar todo esto atrás. Son muchos años aquí, pero no tengo otra opción. Debería poder disfrutar a mis hijos y nietos aquí, y no tener que abandonar mi casa”, me dijo “Roge”, como le decimos de cariño, al abrazarme por última vez; se dio media vuelta y subió las escaleras que marcarían nuestra despedida. “Ojalá todo sea para mejor. Ojalá”, se le escuchó decir con la voz quebrada, yo ya lloraba.

Queridos Roge y Virginia, lamento mucho que mi pueblo no haya sido tan agradecido como ustedes esperaban. Lamento que hoy tengan que salir de aquí como si nada hubiera pasado, más que el tiempo. Lamento no haberlos conocido antes, no abrazarlos más y compartir historias y aventuras como la de los últimos días; pero sobre todo lamento, que habiendo apostado por lo bueno, hayan tenido que recibir lo peor de esta tierra, que es más suya que mía.

Aunque aquí siempre seguirán teniendo una familia prestada, espero que al ver a sus nietos, Venezuela solo sea un bonito recuerdo, como esos de los cuentos de hadas, que terminó con un final feliz, como el de los cuentos, pero en Málaga. ¡Buen viaje!

Egresada como Licenciada en Comunicación Social mención Periodismo de la Universidad Católica Andrés Bello (2010). Especializada en Periodismo Deportivo por la Universidad Simón Bolívar y en Dirección de Medios y empresas de Comunicación por la ESAE Business School de España. Inició su carrera laboral como pasante en el departamento de medios y comunicaciones corporativas de Editorial Alfa en 2007 y posteriormente como productora asociada en un programa radial en Radio Caracas Radio 750 AM, junto a los periodistas Javier Conde y Sebastián de la Nuez. Forma parte del equipo de periodistas de planta del CORREIO da Venezuela desde diciembre de 2009. Además se ha desempeñado como correctora y editora de textos de la Revista Ripeando, y asesor de comunicaciones.

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