La creación del Instituto Técnico de Inmigración y Colonización permitió la entrada de agricultores portugueses al país suramericano

Uno de los procesos migratorios que más marcó el crecimiento de la incipiente república venezolana, fue el traslado de los portugueses en los famosos “barcos negros” para trabajar en las instalaciones petroleras de Curazao a partir de 1920. Tan sólo tres años antes, al dar inicio a la explotación petrolera en Venezuela, se abre un nuevo período en la historia criolla en el cual se opera un conjunto de transformaciones en los distintos aspectos de la sociedad, que hasta aquel entonces dependía de la exportación de café y ganado.

Bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez, Venezuela se mostraba como un país que avanzaba: las grandes obras arquitectónicas nacían por doquier y la entrega de concesiones petroleras estaban a la orden del día. Hasta 1935, el país se mostraba inestable políticamente y presentaba poca comunicación interna, por lo que la llegada de extranjeros que pudieran revolucionar a los ciudadanos con sus ideales, era vista con recelo.

Sin embargo, con la llegada de Eleazar López Contreras al poder, la presencia de europeos en nuestro país era indispensable: la idea de la creación de Colonias Agrícolas surge del modelo ideológico positivista imperante en la época, mediante el  cual se planteaba que con el intento del “mejoramiento de la raza” debía incentivarse la inmigración europea, pues se tenía poco aprecio por el campesino autóctono, al cual se le consideraba incapaz de hacer bien su trabajo.

Luego de los ensayos de las colonias extranjeras Chirgua y Mendoza, se comenzó a planificar la creación de otras como la “Guayabita” en el estado Aragua y “El Rubio” en el Táchira, lo que produjo un aumento en las labores del Departamento de Inmigración y Colonización que lo hacían insuficiente. En Es así como por Decreto  Ejecutivo del 26 de agosto de 1938, se crea el Instituto Técnico de Inmigración y Colonización (ITIC), mediante el cual el gobierno planeaba la distribución de latifundios a agricultores venezolanos y extranjeros, para repoblar los campos, elevar la calidad de vida y mejorar en lo étnico a la población.

Este instituto pronto fijaría su atención en los obreros petroleros portugueses contratados en Curazao, afamados por su costo, rendimiento y docilidad. La negociación fue ventajosa tanto para los portugueses como para Venezuela: por un lado, el ITIC  les proponía devolverles su estatus de agricultores y dejar su condición de obreros petroleros; al mismo tiempo, se aumentaba la producción venezolana con capital humano experto en la agricultura.

 

El crecimiento de los lusos

La beneficiosa propuesta del Instituto de Inmigración venezolano a los portugueses en Curazao llevó a que estos extranjeros utilizaron sus ahorros para embarcarse hacia Venezuela una vez que recibían su llamado al trabajo. Desde su llegada al país, fueron trasladados a fincas en Barquisimeto, Caracas, Ciudad Bolívar, Coro, Cumaná, La Grita, La Victoria, Maracaibo y Rubio, así como en colonias agrícolas.

Voces de protesta se levantaron en varias regiones en 1939, pues los nacionales reclamaban que los extranjeros recibían asistencia integral y más facilidades que los nativos. Al final, las colonias fueron intervenidas y los inmigrantes reclamaron el incumplimiento del contrato de inmigración, lo que en conjunto a una carta publicada en El Universal y una editorial del Diario Popular de Portugal, llevó a un ambiente adverso al extranjero en el país.

Como reseña Antonio de Abreu Xavier en su libro “Con Portugal en la Maleta”, en 1941 el ITIC tenía asentados 797 ciudadanos de Portugal; “149 más que el censo oficial de ese año que sólo indicaba la presencia de 10 mujeres y 638 hombres”. Para aquel entonces, el instituto se limitaba a darles hospedaje en lugares como el Hotel de Inmigrantes ubicado en la esquina de Socarrás; la casa de Luisa Báez de Sosa situada de Colón a Cruz Verde; el Depósito de Inmigrantes de Sarría y el Hotel de El Guarataro.

Pronto el ITIC decidió eliminar estos albergues para ahorrarse los gastos de casa, comida, luz, teléfono, servicio médico y asistencial. El inmigrante quedó obligado a pagar, en comida y cama, más de la mitad de los 15 a 18 bolívares que ganaba diariamente, lo que llevó a un grupo de portugueses regresar a su país.

Muchos otros lusos vinieron sin ser llamados por el ITIC y se alojaron en posadas donde se encontraban compatriotas, tales como el Hotel Coimbra en Sarría, el Hotel Riviera en La Planta, la Pensión Portuguesa en Santa Teresa y la Pensión Portela en El Conde.

En 1941 los portugueses demostraron entusiasmo por llamar a sus familiares, “lo que hizo pensar en el arribo de labradores y obreros de todas las regiones de Portugal para instalarse con sus familiares en las agrestes tierras venezolanas” según resume de Abreu Xavier. Ese mismo año, el ITIC recomendó varias solicitudes de crédito para inmigrantes portugueses dedicados a la agricultura y, dos años más tarde, la prensa nacional se interesó en las negociaciones financieras que realizaban los lusitanos e incluyó el escudo en sus tablas de tipos de cambio en función del dólar americano.

 

El cambio en la política migratoria

La llegada de Isaías Medina Angarita al poder implicó un conjunto de cambios en la política migratoria venezolana, lo que quedaría ratificado con la eliminación del ITIC en junio de 1949. Así, se permitiría la entrada al país a aquellos extranjeros con los cuales el Estado no tuviera ningún compromiso.

En 1948 muchos venezolanos subieron el tono agresivo contra los extranjeros y los portugueses se ubicaron en la lista de las 10 nacionalidades mas rechazadas por los venezolanos. Al año siguiente, Portugal dejo de figurar en la lista de los países de los que Venezuela quería traer inmigración.

La semilla estaba echada: un nuevo período abriría las puertas para la llegada en masas de los portugueses a tierras criolllas. La xenofobia se combatiría con trabajo y más trabajo.

 

Editor - Jefe de Redacción / Periodista sferreira@correiodevenezuela.com Egresado de la Universidad Católica Andrés Bello como Licenciado en Comunicación Social, mención periodismo, con mención honorífica Cum Laude. Inició su formación profesional como redactor de las publicaciones digitales “Factum” y “Business & Management”, además de ser colaborador para la revista “Bowling al día” y el diario El Nacional. Forma parte del equipo del CORREIO da Venezuela desde el año 2009, desempeñándose como periodista, editor, jefe de redacción y coordinador general. El trabajo en nuestro medio lo ha alternado con cursos en Community Management, lo que le ha permitido llevar las cuentas de diferentes empresas. En el año 2012 debutó como diseñador de joyas con su marca Pistacho's Accesorios y un año más tarde creó la Fundación Manos de Esperanza, en pro de la lucha contra el cáncer infantil en Venezuela. En 2013 fungió como director de Comunicaciones del Premio Torbellino Flamenco. Actualmente, además de ser el Editor de nuestro medio y corresponsal del Diário de Notícias da Madeira, también funge como el encargado de las Comunicaciones Culturales de la Asociación Civil Centro Portugués.

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