“Tejer cestas es como montar bicicleta, no se olvida”

“Tejer cestas es como montar bicicleta, no se olvida”

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La tradición de entrelazar el mimbre se resiste a morir en Camacha. En el taller de O Relógio, cinco artesanos realizan este oficio, entre ellos, Plácido Baptista, quien regresó a Madeira después de 42 años en Venezuela

Delia Meneses

El confeccionar artesanía con mimbre tuvo en la zona de Camacha su expresión más fuerte y creativa. Los habitantes más ancianos del pueblo recuerdan los tiempos en que este oficio milenario llevó el nombre de Madeira a todo el mundo.

La isla exportaba containers con más de cinco mil bandejas y cestas de formas diversas, según la creatividad del artesano y la flexibilidad del mimbre lo permitieran. Pero hoy, no es un secreto que este sector, que fue pujante, y que empleó a buena parte de los nativos de Camacha, está en declive y tiende a perderse pues luce poco atractivo e incapaz de captar a nuevos artesanos.

Sin embargo, el que fue uno de los oficios más antiguos de Madeira se resiste a morir. En el piso de abajo del famoso “Café Relógio”, en Camacha, es posible presenciar el trabajo de algunos de los artesanos que se encargan de mantener viva esta actividad.

Uno de ellos, Plácido Baptista, regresó a Madeira en abril de 2017, después de 42 años en Venezuela, donde en los últimos tiempos se desempeñaba como taxista. Para él, hacer cestas de mimbre es como montar bicicleta: lo aprendió a los 12 años y más nunca lo olvidó.

Baptista cuenta que en el taller, entrelazando mimbres, trabajan cinco personas y ninguno es menor de 45 años. “Uno de los señores tiene casi 80 y yo tengo 65. Si alguien quiere aprender este oficio, se le enseña, aunque pocos se animan. Hace unos años se dictaron unos cursos, financiados por el Gobierno regional, asistieron unas 200 personas, pero que yo sepa ninguno se dedicó a eso”.

Plácido conoce bien los puntos débiles de esta actividad. Los impuestos que pesan sobre el sector son elevados (22%), y pocos quieren dedicarse a hacer algo que maltrata las manos y acarrea dolores de cintura, al menos éstas son las quejas más frecuentes de los que trabajan con esta fibra vegetal proveniente de un arbusto.

Este artesano, quien dejó su casa en Venezuela y hoy vive alquilado en Camacha, recuerda los tiempos en que confeccionar artículos de mimbre era un negocio familiar. Él aprendió de dos de sus hermanos que ya no se dedican a eso.

«Los talleres se situaban junto a las casas, las familias no tenían horario y trabajaban por cuenta propia. Pero las cestas y bandejas de Camacha llegaban hasta Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y el Continente».

Eran buenos tiempos para cosechar y transformar el mimbre. Pero con la irrupción del mercado chino, con sus objetos vistosos aunque de menor calidad y precios más bajos, la demanda se desmorona. Los madeirenses no podían competir ni en cantidad ni en precios y muchos de los que cultivaban el mimbre en Camacha dejaron de hacerlo y lo sustituyeron por otras plantaciones.

Casi desapercibidos, los cinco artesanos del taller de O Relógio siguen la tradición de tejer cestas y algunos otros artículos para el hogar. Hay personas que todavía aprecian este tipo de trabajos por su valor estético y su durabilidad. «Hacer una bandeja me puede tomar entre una hora y media o dos horas», dice Plácido, quien regresó a la isla con su hija, una fisioterapeuta y su nieto, estudiante de Ingeniería Civil.

Los secretos del rattán

En los tejidos, Baptista encontró un proyecto de vida. Cuando emigró a Venezuela, en el año 1975, en búsqueda de un futuro promisorio, no abandonó su oficio sino que lo enriqueció. En Caracas, donde estaban cinco de sus cuñados, aprendió los secretos para trabajar con rattán, un material más resistente que el mimbre y de una tonalidad más clara.

«Lo que más hacía era confeccionar sillas de pavo real, redondas, tipo jardín, que se tejían con material sintético y una armadura de hierro. Al principio me costó un poco aprender a cruzar la caña, pues venía de hacer un trabajo más menudo en Camacha (papeleras, cestas, bandejas).

Este oficio se convirtió en la forma de ganarse el sustento diario en Venezuela, trabajando para empresas, gerenciadas por portugueses, que elaboraban y vendían muebles de rattán al mayor para todo el país. Pero en la medida que recrudeció la crisis económica, la actividad se complicó por las dificultades para importar el rattán, los costos se elevaron y bajó la demanda.

Cada vez había menos trabajo en el área y para ese entonces Plácido apenas se dedicaba a reparar muebles en el Comercial Montecristo. Hasta que en 2002, obligado por las circunstancias, hizo una pausa en su oficio de artesano, adquirió un taxi y se unió a la línea del centro comercial Macaracuay Plaza, donde laboró por quince años.

Fue un trayecto con altibajos. A los ocho meses de estrenarse como taxista fue víctima de secuestro y del robo de su vehículo. Lo recuperó y siguió haciendo carreras, a pesar del miedo constante a ser blanco de la delincuencia nuevamente. El drama venezolano se acentuó y en 2017 opta por vender el taxi a una sobrina y hacer la ruta inversa de regreso a Madeira, donde recupera su oficio de tejedor de mimbre.

De Venezuela habla con nostalgia, lo más difícil era vivir encerrado por la inseguridad, caminar siempre con el miedo al lado, «pero yo extraño mucho a Venezuela, amo a ese país y quisiera volver, si las cosas mejoran. Allá tengo mi casa».

En Camacha tuvo que empezar de nuevo. Se inscribió en el Instituto Nacional de Empleo, logró una entrevista con el encargado del taller, quien lo puso a prueba tres meses, a pesar de su experiencia acumulada de más de 35 años en el arte de tejer el mimbre. Trabaja de 9:00 a.m a 6:00 p.m y gana salario mínimo.

«Yo tenía el conocimiento, pues eso nunca se olvida, pero había perdido un poco la habilidad manual, pero al poco tiempo la recuperé», dice y observa sus manos expertas en entrelazar los juncos de mimbre. Piensa que es necesario crear estímulos que motiven a los jóvenes a dedicarse a la artesanía tradicional para que no muera.

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