Tendencias evolucionan en Paris

Tendencias evolucionan en Paris

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El concepto de tendencia en los desfiles ha quedado obsoleto. Esa es la conclusión que deja la más reciente edición de la Semana de la Moda de Paris. En siete días de desfiles se vieron tules, crinolinas y encajes victorianos junto a americanas austeras, pantalones de pinzas y faldas plisadas. Hay mujeres burguesas, hadas de cuento, faraonas góticas, uniformes de ejecutiva y hasta alusiones a las Meninas. Con este panorama, resulta imposible predecir el estilo que triunfará la próxima primavera. Aunque en tiempos de prendas virales, colaboraciones sorpresa y shows que parecen superproducciones, quizás eso sea lo de menos.

Una de las tendencias más sorprendentes que ha recorrido la Semana de la Moda toma como referente a María Antonieta y, en general, toda la ampulosa indumentaria dieciochesca. Aparece en Balenciaga, donde Denma Gvasalia hizo un pequeño guiño al final de su desfile incluyendo varios vestidos en terciopelo con miriñaques monumentales; y en Rick Owens, que viste a sus tecnofaraonas con cancanes plisados o de látex.

J. W. Anderson, director creativo de Loewe, vuelve la vista hacia los Países Bajos y decora sus piezas de encaje con polisones que funcionan como una evolución de los cinturones con ala que lanzó hace un par de años y que tantos éxitos le granjearon. Pero sin duda el más literal en la interpretación historicista de este vestuario fue Thom Browne que jugó a mezclar tejidos y algunos patrones de sastrería masculina con guardainfantes. Como ejercicio visual, este retorno a la mujer encorsetada y constreñida por una silueta cincelada con estructuras de metal siempre es eficaz por lo teatral del atuendo. Pero si esta tendencia esconde un mensaje más profundo —la fascinación por la mujer que sacrifica su libertad por encajar en un canon de belleza— entonces sería mejor no tratar de trasladar el pasado al presente.

A excepción de las firmas jóvenes y/o emergentes (Marine Serre) o las que siempre han tenido la sostenibilidad en el centro de su discurso (Stella McCartney), casi ninguna firma ha hablado a través de sus colecciones del apocalipsis climático que copa la agenda actual. Sí lo han hecho, sin embargo, de forma implícita. Esos ingentes escenarios que siempre levantan para convertir los desfiles en carne mediática, y que por lo general son de usar y tirar, se están convirtiendo en decorados reutilizables.

Gucci es la primera firma en realizar un show con huella de carbono cero: el aeropuerto artificial que hizo las veces de set se construyó con materiales reciclados. Las emisiones de carbono provenientes del desplazamiento de los mil invitados y de los centenares de trabajadores han sido recompensadas con inversión en proyectos sostenibles.

Algo parecido sucedió con Louis Vuitton, que construyó su espacio en el Louvre a base de madera de pino de bosques franceses tratados de forma limpia, y que será reutilizada. Y los más de cien árboles que decoraron el desfile Dior han sido donados a proyectos forestales.

Tanto en París como en Milán o Londres, las propuestas han pasado del barroquismo victoriano al rigor del traje de chaqueta sin solución de continuidad. Hay creadores expertos en deconstruir el dos piezas, como Haider Ackermann quien, con sus blazers fluidas y sus pantalones con patrones maestros, ha firmado uno de las mejores colecciones de la semana de la moda. Hermés apuesta por la americana de silueta ochentera (de hombros holgados y cintura ceñida), Givenchy combina las blazers con bermudas, Louis Vuitton hace guiños al dandismo del siglo XIX y Saint Laurent lo reviste de lentejuelas. Los de Balenciaga, en su tónica habitual, parecen demasiado normales pero vistos en detalle son los más transgresores.

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