Todo empieza con un saludo

Todo empieza con un saludo

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Julio Materano

Puede que pasen inadvertidos entre los turistas del crucero de última hora, pero los madeirenses saben perfectamente quiénes son. En la isla los venezolanos se distinguen por su forma de vestir. Se delatan por su habla desparramada, por el espíritu bravío de una personalidad casi siempre extrovertida y por su espontaneidad.

Son, no es pecado decirlo, gentiles. Los más conversadores en el transporte, los que nunca se callan y los de mayor contacto. Los que rompen la proxemia y saludan como de toda la vida. El temperamento de los connacionales contrasta con la personalidad introvertida de quienes eluden el contacto con la vista y le huyen al roce, a los restregones y al saludo de manos, el mayor vocablo de quien se acostumbró a una sociedad distentida que hace de su desgracia un chiste, como lo son los «venezuelanos».

Tal vez resulte insignificante. Pero duele no tener con quién hablar en el autobús. Me asombra la rigidez y la inaccesibilidad de los europeos, su hermetismo y el «somos nosotros». No hay quien convalide mis pensamientos en voz alta, como ocurriría en cualquier autobús en Caracas, donde habría una respuesta al qué calor. Aquí nadie quiere hablar, nadie pareciera dispuesto a compartir el tropiezo del día, un chiste o aquello que roba la tranquilidad. Los buses de pasajeros ensimismados, con la frialdad petrificada en el rostro, abundan en la ciudad. Es lo común, la norma, la regla inquebrantable.

Sinceramente, perdí la cuenta de los saludos que no pudieron ser, de las manos extendidas, de la cortesía atropellada, a juro. En una ocasión en la que quise presentarme a una desconocida se me heló la sangre cuando, al decir mi nombre, le extendí la mano y después de un rechazo que duró lo que un suspiro, tuve que improvisar un gesto que ni yo mismo logré descifrar. Fue un momento incómodo. Era como si despidiera a alguien imaginario. Me negaron el saludo y lo enmendé, desconcertado, batiendo la mano en el aire en varias direcciones. Entonces solo me di la vuelta y fui a buscar a esa persona que aluciné.

La sospecha de los madeirenses es cotidiana y tal vez estribe en su dinámica de vida. Es, en cierta medida, un pueblo observado, escudriñado por turistas fisgones que irrumpen el curso de los que podría ser una vida sin mayor aspavientos. Los visitantes están en las misas, de visitas en las iglesias, en las oficinas públicas, de paseos en carros de alquileres, en los mercados, en el transporte y en cuanto lugar se imagine.

Lejos de ser una actitud acordada, en ocasiones las malas caras podrían ser el reclamo unísono de privacidad. Sin embargo, en medio de todo ello existen testimonios como el de Paulo, un pequeño venezolano de no más de cuatro años de edad, que consiguió su propia hazaña. Su insistente saludo en las paradas de autobús, a los conductores y a quienes se le cruzan en su camino, fue también una cátedra a cielo abierto. Sin saberlo, el pequeño Paulo, quien nunca ha renunciado a la calidez de su tierra, logró un pequeño cambio en su entorno, el mismo donde se saluda con dos besos pero solo a los allegados.

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