Trombonista venezolano se abre espacio en la música clásica en Madeira

Trombonista venezolano se abre espacio en la música clásica en Madeira

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Después de trabajar medio año en un café, Maikol Rodrigues Gonçalves, un lusovenezolano que emigró a Portugal en 2017, ganó un puesto en la Orquesta Clásica de Madeira

Julio Materano

Entre el gusto por la música y la urgencia de alimentarse de algo más que melodías, no siempre resulta invicta la pasión por las artes. Al menos no en Venezuela, un país convulso que arrebata a mordiscos la afición por lo artístico y donde resulta difícil cultivar un órgano distinto al estómago. Maikol Rodrigues Gonçalves bien sabe de ello. Con 29 años y un delirio alucinante por el trombón, vio desvanecer, de momento, una vida prometida a la música, con todos  aquellos primeros compases de un niño cautivado por las notas más universales.

En noviembre de 2017, Maikol tuvo que dejar una carrera de casi tres lustros, años de preparación y todo un camino de mano de la Sinfónica Teresa Carreño para aventurarse a una nueva vida. Serían, como seguramente lo anhelaba, días de progreso, impregnados del sosiego de Madeira y al margen de la Venezuela en crisis. Pero, como también se lo temía, lo esperaba una vida de espaldas a la música, su mayor dicha, su gozo, el pulso de un artista.

“Pensé que todo lo que había hecho en Venezuela lo había echado a la basura. Aunque con mi salida del país no renunciaba del todo a la música, supe que no lo tendría fácil, que debía hacer otra cosa para asumir mis gastos. Era el riesgo que asumía”, relata Maikol, quien emigró junto a su esposa.

Y en verdad, aquel sentimiento de frustración, aquel duelo anticipado por la renuncia a un sueño que lo sedujo a los 12 años, no estuvo ajeno a su realidad. Su nueva vida en Portugal devino en un vendaval de reformas. Maikol cambió las ocho horas de ensayos que invertía cada día en el Centro de Acción Social para la Música, en Quebrada Honda, por ocho horas de trabajo en un café en Funchal. Ya no había trabajo en equipo a excepción de los repartos de las órdenes y en lugar de partituras solo manipulaba una carta de comida. Entonces el trombón, enfundado, nunca más volvió a sonar en su casa. Fue la nota sin ejecución, el silencio discordante, la pieza sin interpretar.

Con la rutina impuesta por la urgencia de un garoto, una bica o un carioca, no es excesivo pensar que su vida perdía armonía. Era tal vez el mayor desconcierto del que ahora resultaba protagonista: el vaivén con direccción a las mesas repletas de turistas le dictaba el tono a su rutina. “No fue fácil, porque como cualquier venezolano que emigra, tuve que trabajar en un café, servir mesas y hacer de todo. Me demandaba todo mi tiempo”, agrega. Y no lo niega, desde su primer día en Madeira tuvo la sensación de haber sepultado una vocación que había quedado atrás en el mismo momento que empacó su trombón. Maikol pasó de un ambiente estrictamente académico al trajín que impone una cafetería.

Pero su sueño de ser músico se le enderezó medio año después de su arribo al archipiélago, cuando conoció, en el mismo local donde trabajaba, a Pedro Zamora, un profesor del Conservatorio de Música de Madeira que lo ayudó a reencontrarse con su pasión. “Pedro habló con Luis Rodríguez, primer trombón de la Orquesta Clásica y me invitaron a una de sus clases. Luego hice una audición en el Conservatorio de Madeira, donde me evaluaron”.

El resultado de aquella prueba no fue cualquier cosa: su desempeño le aseguró una invitación que abre nuevas puertas en su carrera. Maikol, quien sumaba varios meses como empleado de mesa, pasó a ser el invitado oficial de la Orquesta de Madeira, donde ahora representa a Venezuela. Se trata de un logro que cupo en apenas un estuche y que atribuye a su formación y a su entrega indiscutible a la música, un lenguaje universal al que se niega a renunciar. “Esta experiencia como músico invitado, durante la temporada 2018-2019, ha sido muy grata, una de las cosas más grandes que he vivido. Y me ha servido además para dar a conocer mi talento”.

De su formación en Venezuela, dice, extraña la calidez de sus compañeros, la eficiencia de un sistema que supo capitalizar el talento de jóvenes vulnerables, amenazados por la violencia, y una vida tranquila que le procuró una orquesta con la que viajó a Portugal, Japón, Suecia, Suiza, Noruega, China e Irlanda, por mencionar algunos destinos. Actualmente Maikol vive exclusivamente de la música como lo hacía en Venezuela. “Una vez que te metes en la música clásica nuca puedes salir. Te traslada a otra realidad”, dijo quien también formó parte del grupo folclórico Os Lusiadas.

Hoy, la Orquesta Clásica de Madeira, una institución con 55 años de trayectoria, que ha dado conciertos a propósito de los 600 años de fundación de la isla, se nutre del talento venezolano y recibe artistas de la talla de Maikol, quien cree que la clave del éxito de cualquier música está en la dedicación y la paciencia.

Puede que su vínculo con la música sea una obsesión, pero no es gratuito. La pasión le viene de su madre quien fue, durante 20 años la voz principal de Perola Do Atlántico, una agrupación de folclor madeirense, que echó raíces en Venezuela y que divulgó la música popular de la isla. Los primeros pasos de Maikol fueron en el núcleo Montalbán de la Orquesta Simón Bolívar, donde lo sedujo el trombón, un instrumento que en la genealogía musical es considerado primo de la trompeta y de la trina.

El joven, quien también toca el acordeón, dice que vive inspirado por el maestro Abreu y honra su legado en el terreno de la música clásica. Asegura que fue un hombre servicial y admira a Joseph Alessi, un trombonista norteamericano, actual solista de la Filarmónica de Nueva York, profesor de la Julliard School de Nueva York y uno de los concertistas más reconocidos de la actualidad.

“Recuerdo que de pequeño mi mamá tuvo la idea de inscribirnos en el núcleo de Montalbán donde estudiamos dos de los tres hermanos con profesores de alto calibre”, comenta Maikol, quien recurre al legado del Sistema de Orquestas, un programa que en sus mejores tiempos puso a disposición de sus estudiantes transporte y subsidios para falicitar su aprendizaje, toda una política de apoyo que hoy demanda recursos, pero que sigue generando admiración en el mundo entero. Portugal es uno de los tantos países que busca replicar esta iniciativa.

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