Un Nazareno en Portugal

Un Nazareno en Portugal

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Julio Materano

Eran, tómelo por pura verdad, los únicos pies desnudos en medio de aquel amasijo de feligreses encendidos. Unos cuatro dedos de ruedo dejaban al descubierto lo que sería una pisada de Nazareno en Portugal: un paso peregrino en aquel mosaiquillo pedante, todavía helado por la sombra de un invierno en agonía. Todo lo demás era una comparsa de botas estiradas y de zapatos brillantes como es natural en un invierno que todavía se niega a mudar.

Sin ser la esquina de Miracielos, la de casuchas nuevas, la de El Limonero del Señor, la descrita por Andrés Eloy Blanco en su poema, aquellos pies blanquísimos, seguramente entumecidos por los pequeños pasos helados, eran también el testimonio errante de una fe a la venezolana en plena Semana Santa en Madeira.

Corría el Viernes Santo con todos sus fervores y los creyentes más ardorosos se congregaron en la Catedral de Funchal, un templo que es el sagrario de la fe católica en la isla y que recibe a la diáspora venezolana con todas sus costumbres, como la adoración al Nazareno de San Pablo, una representación de Jesús con la cruz a cuestas, que para los creyentes simboliza la pasión del Mesías. Es el escándalo de la cruz, un misterio rememorado fervientemente por los venezolanos y que se evoca, tozudamente, en cada rincón donde llegan.

Ante tal insistencia de la feligresía venezolana en la isla, este año uno de los sacerdotes que ofició la misa del Miércoles Santo en la Iglesia da Sé, antes de iniciar la eucaristía se tomó su tiempo para explicar a los connacionales que se trataba de un día «normal» y que en Madeira no se tiene por costumbre la procesión del Nazareno. Ahí estaba el sacerdote con sus disculpas, con una palabra de aliento, un espaldarazo a la comunidad de venezolanos que suma entre 8.000 y 10.000 migrantes en una isla de un poco más de 250.000 habitantes.

Sin ser exactamente así, es la forma como la iglesia se excusa con los madeirenses que retornan de Venezuela, tierra donde acogieron el Nazareno. Se trata de una manifestación que convoca a una Caracas convulsa, de habitantes agitados, desequilibrados por las tantas necesidades básicas, a un acto de abandono, de entrega a la razón de la sinrazón de la fe, como se diría aquel arriero universal en El Quijote.

El mayor ejemplo de devoción pública ocurrió esa misma semana cuando un hombre, cuyo nombre importa menos que su gesto, flanqueó la procesión del Santo Sepulcro vestido de Nazareno, con su hijo de tres años también trajeado de túnica morada. El padre, que despertó el pasmo de los feligreses locales, acompañó la procesión siempre descalzo, una práctica que realiza desde hace muchos años en Venezuela y desde hace tres en la isla en acción de gracias por la salud de su pequeño.

Quienes emigran a Madeira no lo hacen solos. Llevan a cuestas sus anhelos y costumbres, una porción de país como lo es el Cristo Negro, que sin ser el protagonista de la Semana Mayor en la isla, tiene sus adeptos, creyentes silenciosos que empujan las manifestaciones religiosas arraigadas en Venezuela.

Lejos de la parsimonia y la solemnidad con la que transcurre la Semana Mayor en mi país, en Madeira tiene lugar con simplicidad. No hay Nazareno ni Cristo Negro. Tampoco feligreses en penitencia ni hombres con maderos de hasta 70 kilos sobre los hombros, mucho menos marchas de rodillas ni recorridos de siete templos. No hay martirio popular ni expiación de culpas. Es una semana sobria, sin apegos, de poco fervor y religiosidad. La agenda es corta y las celebraciones súbitas. No en vano, un sacerdote recordó en una de las homilías que en su juventud podía pasar hasta seis horas seguidas confesando mientras que ahora son pocos los que se acercan a los confesionarios.

Los ancianos de gestos fatigados son la mayoría en los templos. Es tal vez el rostro más envejecido de la iglesia en el mundo, una institución que, a juzgar por la edad de sus miembros, luce evidentemente cansada, agotada, al menos en Europa. Quizás ello explique la tibieza de una época en la que se conmemora la pasión, muerte y resurrección del hijo de Dios.

En torno a los que llegan de Venezuela, acostumbrados a una religiosidad fervorosa, es fácil pensar que añoran una iglesia activa, movida por la vitalidad de sus miembros más jóvenes. Y eso se nota en la calle, el espejo del fervor nacional. En Madeira, este año los venezolanos tuvieron un rol activo. Su presencia colmó la Catedral de Funchal y los susurros en español eran la prueba de ello. Además eran los de las fotos, los de los videos para enviar a la familia en Venezuela.

A propósito de la época, no resulta ajeno considerar el genio de la iglesia en Portugal. Es esencialmente reservada, de miradas escurridizas y de pocos saludos, donde los aplausos están de más y se delega en el coro todo el gozo de adorar a Dios. Los gestos de la paz están solo reservados a los domingos y las liturgias son más cortas. Es, a rasgos generales, una iglesia apartada del dolor y del gozo de la piedad colectiva. Quizás sea una fe más individual.

Un aspecto que atrapa poderosamente mi atención, es la estética de las imágenes, representaciones poco agraciadas, supongo que con siglos de historia, que reproducen con poca gracia lo sublime de la santidad. Son, sin mayor aspaviento, imágenes ajadas, esmirriadas, que tienen poco que ver con las reproducidas en la vecina España, el vientre de las imágenes que yacen en Venezuela.

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