Una luz en el extranjero

Una luz en el extranjero

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Julio Materano

Puede que Venezuela sea un país roto. Se me antoja malherido por la pobreza, desecho por las restricciones de los últimos 20 años y descosido con el filo de la tiranía que segrega a cada comunidad como una hilacha de nación.

Todo eso retumba en mi mente como un dictamen de verdad. Las historias de vidas desgraciadas me irrumpen la razón y entonces no consigo la habilidad para fabricarme una realidad distinta a la Venezuela en emergencia, al país de la convulsión, del sobresalto, del arrebato, de habitantes desequilibrados por el hambre y perturbados por sus necesidades.

Pero en medio de ese país urgido, coexiste también la Venezuela más amable, la de las gestas cotidianas, que aún conserva vestigios de lo que alguna vez fue: un destino que supo acoger a inmigrantes de todas partes del mundo, especialmente de España, Portugal, Italia, Alemania y del Líbano. Porque Venezuela es la síntesis de su gente. Está hecha del mestizaje, es producto del trabajo de los extranjeros y del calor de un pueblo que supo acoger, amablemente, la novedad de los foráneos, de los forasteros que huyeron de las guerras y dictaduras de Europa, durante la primera y segunda mitad del siglo XX.

Al final, lo que verdaderamente cuenta es la idiosincrasia de un gentilicio cercano, desprovisto de echonerías y marcado por la desvergüenza y desenvoltura que da el Caribe. En Portugal, un lugar que escogí para emigrar, somos bien vistos por quienes conocieron de cerca el gentilicio del país. En Europa somos los más bonachones, los más abiertos y empáticos. No perdemos el tiempo para intercambiar números y reencontranos en el terreno de lo común: la arepa, el queso blanco y la admiración por el agua templada de las costas venezolanas.

La mayor sorpresa sobre nuestro gentilicio me la llevé hace pocos días en un evento intercultural en Funchal, donde pude abordar a miembros de la comunidad ucraniana en Portugal y a la pregunta de cómo son vistos los venezolanos desde allí, una mujer procedente de Ucrania me contó que el grueso de los amigos de su hija, una adolescente en edad de bachillerato, son venezolanos. A nuestros muchachos los tienen por gente divertida, espontánea y ocurrente, que sabe escuchar y ponerse en los zapatos de los demás. Todo aquello me conmovió.

Aunque sencillos, la mujer sacó a relucir los grandes aportes de los venezolanos en la isla: el trato cálido, cercano y la entrega en cualquiera que sea la actividad. Venezuela es, en la actualidad, uno de los cuatro países a nivel mundial con mayor número de emigrantes. Es el colectivo que más ha crecido durante los últimos años en España y el segundo en Portugal, después de los brasileros.

Los connacionales se distinguen por su habladuría. Tienen la habilidad de conversar con un desconocido como si fuese el amigo de toda la vida.Tenemos facilidad de comunicación y nos gusta integrar a la gente en nuestras conversaciones.

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