Venezolanos pedalean Funchal con sus entregas a domicilio

Venezolanos pedalean Funchal con sus entregas a domicilio

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En la Madeira desolada, confinada por el Estado de Emergencia decretado en Portugal, los delivery, que son el único reducto de "normalidad", son hechos por una veintena de connacionales

Julio Materano

Luis Vilchez es constructor pero despacha comida a pedal. En realidad se gana la vida con Glovo.
Aunque, de a ratos, pareciera que a plomo, quizás por aquello de reponer con asiduidad la gasolina onerosa que requiere para peregrinar la ciudad sobre ruedas o tal vez por la parsimonia que ahora le exige su labor. Es —con su atavío de máscara y guantes— de los pocos que conserva la rutina de trabajo en medio del naufragio que se impone como cotidianidad.

Hace más de cuatro semanas que desafía el encierro en Funchal, una ciudad de hábitos extraviados y de calles enmudecidas que sucumbió deprisa al espanto del virus y que está cada vez más cerca del centenar de contagiados. Pero Luis, que el año pasado renunció  al ramo de la construcción en Venezuela, para procurarse una vida segura en Madeira, tiene salvoconducto para surcar la peste en la que ha devenido la fricción social. Ni los 83 casos confirmados en la isla do detienen.

En la Madeira desolada, afantasmada por el Estado de Emergencia oficializado el 19 de marzo por el gobierno portugués, los delivery, que son el único reducto de «normalidad», son hechos por venezolanos, que pedalean casi las 24 horas del día para satisfacer estómagos hambrientos. Desde hace cinco semanas los turistas, que son el motor del archipiélago, no llegan al aeropuerto y peligran los puestos de trabajo. Con la rutina de baja, la ciudad luce oxidada. Y los motorizados de cavas verdes y amarillas se cruzan en las puertas de supermercados, farmacias y establecimientos de comida para llevar. Al menos una veintena de criollos está dedicado a la entrega de encomienda.

A sus 49 años Luis, quien dice trabajar con un puñado de connacionales, asegura que le falta la fuerza de sus 32, cuando dio sus primeros pasos en aquello de levantar edificios. Porque Luis presume de su habilidad para hacer casas. «Desde joven tuve inquietud por la construcción. De hecho, en Trujillo, la ciudad donde me crié, construí dos grandes edificios, uno de ellos de 9 pisos, con locales comerciales».

Hoy sus días transcurren en moto, lejos de los trompos de hocicos dilatados, atestados de arena y cemento pulverizado. Su faena es más que alambre y cabilla cruzada, aunque, asegura, su vida no deja de ser divertida. Pues se ha tomado en serio el trabajo de animar a sus colegas y familiares en los momentos más oscuros. «Soy una persona alegre, que siempre ve el lado jocoso de la vida», se describe.En cierta ocasión en la que una señora entrada en edad encomendó un tratamiento médico a una farmacia y Luis, como es natural, debió llevárselo a casa, tuvo que aguantar el disgusto deslenguado de la doña en el portal de su residencia. La mujer, cuyo nombre importa menos que su desparpajo, le exigió explicación por las pastillas contra la menopausia que no llegaron consigo. No las había en la farmacia y la mujer que, buscaba aliviar el malestar propio de la medianía de su vida, no hacía más que balbucear, cuenta Luis entre risas.»Con este encierro, la gente encomienda de todo, productos de ferretería, artículos de higiene, medicina y, por supuesto, comida», comenta. El pasmo lo asalta cada vez que lo recibe un cliente detrás de cada puerta. Para su sorpresa, casi siempre niños nacidos en la era digital. «Los más pequeños, que son quienes manejan las aplicaciones, son nuestros mayores clientes y hemos tenido que adaptarnos a ese público», confirma.

Según Kantar, una consultora que le toma el pulso a la economía en Europa, el aislamiento ha mudado el patrón de consumo de las familias y ha disparado la compra de alimentos y otros artículos básicos a través de internet. La dinámica se afianza con el temor de contraer el virus, lo cual estimula la demanda de delivery.

“Para las próximas semanas estimamos que se va a mantener el auge de la compra de proximidad, y que progresivamente los consumidores irán trasladando los incrementos de compra de categorías básicas a productos complementarios de placer”, advierte Kantar en un informe de reciente data.

En Portugal Glovo y Uber Eats son las mayores compañías de reparto, con recogida y entrega a domicilio. Se trata de un servicio que ha sido estrenado hasta por las familias más tradicionales en medio de la pandemia. Con más de 2,4 millones de infectados por COVID-19 y 165 mil muertes a escala mundial, la crisis sanitaria deja secuelas en Portugal donde el poder adquisitivo de los hogares ha mermado en más de 30%. En Madeira, la región autónoma donde residen 250 mil personas, hay núcleos enteros desempleados, sin un ingreso fijo, por fuerza de la pandemia. Y Luis, que tiene dos hijos, uno de 8 y otro de 15, más una esposa en Ley-Off que ahora solo percibe dos tercio de su sueldo,  no se permite la cuarentena.

Sus rutinas sobre ruedas le auguran tiempos siniestros. En el año que lleva en la isla, ha trabajado en dos hoteles y ahora en la calle, donde realiza hasta una veintena de viajes por día, que entre todos le suman alrededor de 120 kilómetros. «La situación es dura, pero Madeira tiene potencial económico para convertirse en una gran fuente de desarrollo. Los privados podrían apostar con mayor fuerza al sector de la construcción, que estoy seguro traería muchos beneficios a esta región».

Su trabajo, que se cruza con la peor pandemia de la historia moderna, le restriega el potencial de una zona despoblada, con vastas extensiones de terreno, donde fácilmente podría construirse otra Madeira. Luis coquetea con todo aquello que podría construirse en los terrenos de espesa maleza que flanquean las afueras de la ciudad.

Su carrera como contratista se afianzó en Norteamérica donde pudo incursionar en el área inmobiliaria a través de un amigo.  «Entre 2003 y 2006 viví en Estados Unidos, aprendí inglés y una nueva cultura, pero nunca imaginé que me tocaría volver a emigrar y empezar de nuevo, en otro continente, donde he tenido que aprender un tercer idioma y renunciar a otras posibilidades para asentarme acá. Hace siete años atrás, cuando bromeaba con mi mujer, le decía que nos viniéramos a Madeira, la tierra de Pinocho, porque ese es el nombre traducido de esta isla: madera», ironiza mientras se prepara para su próxima encomienda.

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