Venezuela desde la distancia

Venezuela desde la distancia

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Julio Materano

A tres meses de mi llegada a Madeira, una concurrida isla que es el herraje entre Portugal y Venezuela, no dejo de mirar con asombro la cercanía de dos tierras con tan descomunal océano de por medio.

Enmudezco, lo admito, cada vez que oigo el nombre de mi país por cuanto lugar transito. Y se me extravían las palabras del corazón para explicar el susurro en el que se me ha convertido la patria, una nación malherida que fue orgullo, auge y bonanza para muchos nativos de la isla y que está en boca de todos. No hay quien no se refiera a ella. Porque Venezuela, se me despeina la carne al decirlo, tiene dolientes en Europa. Son hijos adoptivos, expatriados, a los que le dio una segunda oportunidad y que murmuran las ruinas con amagos de incredulidad.

Los más afligidos, no es desmesurado afirmarlo, son familias portuguesas que han sufrido en sus carnes el duelo de la miseria, el espanto del retorno sin rumbo, el llanto desaforado por el duelo que jadea una Venezuela en inminente amargura. Nadie está a salvo de los colmillos de la emergencia humanitaria. Y el conflicto político no parece tener salida inmediata, ni siquiera a mediano plazo.

El país es un fantasma, un espejismo de sí, un espectro de lo que alguna vez fue. Está en todas partes. En las homilías proferidas en los templos católicos, en las súplicas de los fieles, en las empanadas de Ribeira Brava, en los peatones indignados que desgranan su nombre, en el lamento de quienes vieron eclipsar los últimos 20 años de su vida en el país y entre quienes tal vez desean regresar para recoger sus pasos en una nación de la que ahora solo se vislumbran escombros.

Pero también hay esperanza. Hoy parte de Venezuela luce fuera de sí. En Madeira, la tierra de Bolívar está representada en la diáspora lusovenezolana, en los hijos y nietos de los portugueses que fueron los hacedores de una época de progreso. Desde aquí es difícil eludir el caos que envuelve al país. La nación luce maniatada, sumergida en una atmósfera de desorden que arropa todas las dimensiones de la vida.

El conflicto político es totalizante, distrae, roba el aliento a las familias desesperanzadas, arrastra aires de incertidumbre y revuelve la hojarasca de promesas incumplidas en las que se convirtió el chavismo. El país tampoco tiene buen lejos. Es apenas un amasijo de gente hambrienta, muerta de sed, que en ocasiones camina con una sentencia de muerte consabida en los medios: la escasez de medicinas que supera el 85% y el cierre técnico de los servicios hospitalarios que han sobrevenido en una avalancha humana desaforada que deja huellas en casi todos los países de suramérica.

Pero en Madeira, también es cierto, Venezuela es su gente, una extensión de sí, las personas que trabajan desprejuiciados y que aprenden un idioma por fuerza de la crisis, para formar parte de una nueva sociedad. En Madeira puedo mirar a mi país en los ojos de quienes acaban sus jornadas a la media noche y se van, agotados a casa, a recobrar energías para un nuevo día de trabajo.

Con los excesos agotados y la desvergüenza afianzada como política de Estado, es engorroso descifrar el enigma en el que se me ha convertido el país, su futuro, lo que ha podido ser y lo que aún no es. Desde afuera, es verdad, tengo la sensación de estar mejor informado que mi familia, pero es solo eso, una impresión, el consuelo en medio del desasosiego.

En tres meses, debo admitirlo, la crisis me arrebató las referencias de primera mano. No sé cuánto puede comprar el bolívar, ni cuánto tiempo duran los apagones, tampoco cuánto más se demora el transporte y ahora poco conozco de la dieta de mi país, todas aquellas privaciones domésticas que rápidamente se tornan disparatadas en cualquier sociedad que goza de plena salud económica. En tres meses, he logrado saber que, se puede tener lo elemental con un trabajo. Que no hay que empeñar la vida para comer y resolver los gastos básicos.

La Venezuela en el exterior es un país amistoso, hermanado por la melancolía que convoca a una misma tierra, pero que no consigue calma en medio de la angustia que secuestra a un país entero: la brega por la comida, la salud, la luz y el agua. Aquí he sido testigo de como mis relatos, que son partes de mi historia personal, de una vida con ciertos privilegios en Venezuela, dejan perprejos a quienes piden razón de Venezuela.

A quienes me preguntan cómo es vivir en tus entrañas, solo respondo, en un español sencillo, para que me entiendan: es difícil.  Entonces hay quienes se quedan con las ganas de saber más y les hablo de la falta de agua, de los apagones, de la ausencia de luz, de que el sueldo solo alcanza para comprar uno o a lo sumo tres artículos de la canasta básica, y del ingenio de la gente para sobrevivir y de inmediato la expresión de quien pregunta se vuelve más ruda. El miedo parece petrificarse en los ojos. Y también hay risas de incomprensión. «Cómo es que hay dos presidentes», también me preguntan. Entonces le hablo de legitimidad, de usurpación y democracia, pero nadie entiende. Solo se mira el caos desde afuera. No hay orden.

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