«Ya no soy portugués, ahora me llaman retornado»

A la diáspora venezolana, un fenómeno sin precedentes en el país, se le suman los ancianos que deciden reiniciar su vida en Portugal con 70 u 80 años

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Julio Materano

Los primeros migrantes se despidieron desde Maiquetía. Entonces eran profesionales, el recurso humano más calificado. Encarnaban, sin saberlo, el duelo anticipado por la fuga del bono demográfico: personas en edad productiva, entre 15 y 59 años. Los siguientes en embarcarse en la diáspora lo hicieron desde los terminales terrestres, sobre ruedas. Y los últimos del eslabón lo hacen a pie, primero hasta Colombia y de ahí a otros países.

Al éxodo venezolano, que avanza como un alud de dramas humanos, también se le suma un nuevo componente: los ancianos y adultos en edad de retiro que salen con el tiempo en contra. El mayor ejemplo son los portugueses que llegaron a Venezuela en la segunda mitad del siglo pasado y que hoy abandonan el país por fuerza de la crisis humanitaria, una emergencia que no discrimina y que embiste a todo el territorio con igual furia.

La huída de ancianos, con edades que alcanzan los 80 años, enciende las alarmas de la comunidad internacional y queda en evidencia en Europa, especialmente en busca de la tranquilidad que extraviaron en Venezuela. Aun cuando no existen cifras disgregadas en torno a la diáspora, hay un patrón que perfila a quienes huyen en edad avanzada a Portugal.

A juzgar por los testimonios, son personas que se desempeñaron como comerciantes, fueron propietarios de inmuebles y, no en pocos casos, tuvieron una estancia de hasta cincuenta años en Venezuela, un tiempo generoso en el que pudieron tener hijos, nietos y echaron raíces en una nación que gozó del esplendor de la bonanza petrolera. Todos con un aspecto en común: la dificultad para comunicarse en su lengua natal. João Felipe Gómes es prueba y testimonio de ello. Con una vida enraizada en Venezuela, tuvo que dejar todo en Barquisimeto para iniciar de nuevo en Madeira, su tierra.

Su historia no es la de un emigrante cualquiera. Es la de un octogenario que, con un corazón empeñado por la presión arterial, decidió dejar su casa para ocupar la vivienda que su difunta esposa recibió por herencia y procurarse una vida tranquila en Santo Antonio, Funchal. João, quien estuvo al frente de una fábrica de conservas y más tarde incursionó en la venta de licores, delegó en sus hijos el compromiso del negocio familiar para dedicarse a su vejez.

Ya no tenía el temple para atender su licorería en Barquisimeto. Aunque tarde, y con parte de su salud hipotecada, en 2018 decidió dar lo que tal vez sea su último paso: hacer el camino de vuelta a Madeirar. Lo hizo a sus 80 años, sin nada, como aquella primera vez que se marchó de Portugal, con las manos vacías, pero con la mirada puesta en Venezuela y con la obsesión de ver acomodarse aquel país de oportunidades que siempre le tendió la mano.

Porque después de todo fue allí donde João cosechó propiedades, el amor por lo propio y un nombre, aunque en realidad era más un apodo, un mote: «El portu», como se le conoce inconfundiblemente en su zona, la misma que dejó en mayo del año pasado para darle un vuelco a su vida plagada de carencias. João ya no tenía las pastillas para la tensión y le faltaban las medicinas de dormir. No tenía calma. Entonces la decisión fue irreversible, inminente: tuvo que retornar a la tierra de donde salió por primera vez a los 26 años tras los vestigios de la guerra.

«En Venezuela tenía muchas amistades y conocidos. Salía a la calle y compartía y hablaba con todo el mundo. Allá todos me trataban como el portu. Aquí no soy portugués, ahora me dicen el retornado». Sus traspiés con el idioma han suscitado burlas y confusiones, una realidad que lo ha llevado a refugiarse en la TV como principal fuente de entretenimiento.

En Madeira tiene todos los medicamentos pero le falta el calor de la gente, el bullicio y los domingos de recreo, el chiste de media tarde. Recientemente, el doctor debió cambiarle el antidepresivo, pues la tristeza ahora parece haber conseguido morada en sus carnes. Le ha afectado el cambio. Es el duelo por dejarlo todo. João, al igual que muchos madeirenses retornados, no cotizó de manera estricta en Portugal y tiene en entredicho el acceso a una pensión.

El regreso de portugueses entrados en años deja secuelas psicológicas importantes. “Los adultos mayores sufren de aislamiento, discriminación y carencias psicosociales y afectivas; además, aquellos que se encuentran en situación de migración, padecen aún más el tema de movilidad, muchos no cuentan con apoyos de familiares para realizar trámites oficiales e incluso son excluidos de la comunidad”, advierte Juan Manuel Correia, un docente especialista en migración de la Universidad Simón Bolívar.

Adaptarse a la nueva realidad resulta más difícil a quienes se les considera de la tercera  edad. En el caso de quienes retornan a la tierra de Camões, el duelo viene acompañado del desarraigo y la pérdida parcial de la lengua materna. Con 3,7 millones de refugiados, exiliados y desplazados en todo el mundo, Venezuela atraviesa lo que se cataloga el éxodo más grande en la historia reciente de Latinoamérica, según la Agencia de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). La ONU pone sobre el tapete las cifras gordas de una crisis migratoria sin precedentes. Los acontecimientos políticos, de derechos humanos y socioeconómicos, dice Acnur, obligan a un número creciente de venezolanos, entre ellos ancianos, a irse de Venezuela. Y muchos llegan asustados, cansados y en extrema necesidad de asistencia.

Los lusovenezolanos no son la excepción. En la década de 1960 el censo muestra que alrededor de 15% de la población en Venezuela era inmigrante, principalmente oriundos de España, Portugal, Italia, también de origen libanés, sirio y judío. Hoy muchos de los emigrantes son los hijos y nietos, la cara visible de esos extranjeros. A decir de los expertos, esto reconfigura el panorama nacional en Venezuela, un país que envejece por fuerza de la migración.

Aunque en el último censo poblacional, realizado en 2011, Venezuela quedó retratada como una nación joven —con una edad mediana de 27 años— las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE) muestran a contraluz la radiografía de un país cuya población se hace vieja, principalmente, por dos razones: la migración y la violencia.

Hoy los más corridos lo dejan todo para iniciar de nuevo, como Alexadrina Gonçalves Marques, quien se mudó de El Marqués, en Caracas, hasta  Póvoa de Varzim, una ciudad al norte de Portugal, a 24 kilometros de Porto, donde nació.

Con 70 años y la salud averiada por la diabétes y las dolencias de la fibromialgia, dejó su firma contable, 10 empleados, casa y carro propio para arrimarse al regazo de una tía materna y escurrirse de la crisis. Con un aspecto cada vez más famélico, Alexandrina perdía cerca de dos kilos por mes.

Pero el cambio no solo devino en una mudanza de país. También tuvo que competir en un mercado laboral estrecho. Alexandrina ha logrado abrirse paso como obrera en el área de la limpieza. Pero tiene un problema, no se ve como tal.

Después de ejercer la contaduría durante 45 años, tuvo que limpiar por necesidad. «La primera vez que agarré una escoba me dio un ataque de risas. Fui el contador de tres casinos en Venezuela, el Majestic, en La Urbina; El Fortuna, en El Marqués, y el Granos de Aventura, en Guarenas-Guatire, y ahora debía limpiar uno en Portugal. Lo tomé bien, no me sentí humillada, era mi trabajo con una empresa de mantenimiento. Luego trabajé un mes en la construcción, donde me encargaba del mantenimiento de los galpones de Mercadona. Llegaba agotada, a las 6:30 de la tarde a casa», relata con cierta coquetería.

Allí cambió los atildados tacones con los que solía ir a su oficina por unas botas industriales de casi cinco kilos. Con una cubierta de metal en cada pie, para protegerla en caso de un siniestro, Alexandrina no caminaba. No despegaba los zapatos del piso, sino que arrastraba los pasos por todo un galpón kilométrico para cumplir con las jornadas de mantenimiento. Llevaba casco, dobles pares de guantes y tapaboca para evitar que la tierra penetrara sus pulmones. Es apenas el comienzo de su experiencia laboral.

«Me gradué como contador público en la Universidad Central de Venezuela en 1975. Siempre he sido alegre y comunicativa y tengo visión de futuro. Trabajé de manera independiente, por eso quise salir del país, por el caos en que se sumergía toda la sociedad. Todo ello se lo advertí a mis empleados y amigos en 2014».

La mayor decepción le vino en una ocasión en la que recorrió Caracas, de Caricuao a El Marqués, y no consiguió ninguno de los cuatro medicamentos que necesitaba. «Por esos días una de mis sobrinas, que vive en Atlanta, Estados Unidos, me llamó y me dijo: ‘Tía, si no te saco de ahí te vas a morir’. Y entonces me fui a Estados Unidos. Estuve por tres meses, hasta que finalmente llegué a Portugal el 23 de enero de 2018».

Un año y cuatro meses después de su arribo, las gestiones para solicitar la pensión no han rendido frutos. Alexandrina pudo solicitar una reinserción al Estado, que no es más que una ayuda económica por 186 euros mensuales, que destina a algunos gastos. Hoy comparte sus trabajos de mediano plazo con el cuidado de su tía de 80 años, quien padece de demencia senil.

El neumonólogo Antonio Quintal, un especialista con más de 32 años de ejercicio en la medicina, señala que los profesionales retornados, en especial los de la tercera edad tienen dificultades para ejercer en Portugal. Las trabas incluso han llevado a la población lusovenezolana a ejercer en otros países.

Plácido Baptista, un abuelo de 65 años que regresó a Madeira en abril de 2017, después de 42 años en Venezuela, integra, sin saberlo exactamente así, ese grupo de portugueses retornados en la vejez. Baptista, quien se desempeñó como taxista en en los últimos tiempos en Venezuela, se vio obligado a retomar su oficio de tejedor de cestas en Camacha, su tierra de origen. Al llegar tuvo que inscribirse en el Instituto de Empleo y sortear las pruebas en un oficio que venía realizando desde hace más de 35 años.

De Venezuela habla con nostalgia, lo más difícil era vivir encerrado por la inseguridad, caminar siempre con el miedo al lado. “Yo extraño mucho a Venezuela, amo a ese país y quisiera volver, si las cosas mejoran. Allá tengo mi casa”.

Este artesano, quien dejó su propiedad, ahora vive alquilado en Camacha. Pero no todos regresan para trabajar, pues las condiciones físicas no siempre son favorables. Es el caso del matrimonio Oliveira, que regresó de Caracas en marzo de 2019, después de 50 años para tramitar una pensión de vejez y buscar una viva sosegada, lejos de la convulsión del país. Con casi 70 años, han tenido que habituarse al idioma y a explorar la isla, incluido su sistema de salud.

En medio de todo ese panorama que se avecina, no se vislumbran políticas concretas para asistir a una población que reclama mayores servicios y beneficios en Venezuela. A toda la emergencia que envuelve a la tercera edad, el Gobierno respondió en enero con un programa del que apenas se conoce el nombre. Se trata de la Misión Chamba Mayor, un remedo de Chamba Juvenil, aquel programa social que tiene un registro de 1,1 millón de jóvenes desempleados que piden ser incorporados al mercado laboral, ahora maltrecho. Solo en el Área Metropolitana de Caracas 139 mil personas de la tercera edad viven solas, de las cuales 84.000 son hombres y 55.000 mujeres, según proyecciones del INE.

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