A los políticos

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Julio Materano

Los gobiernos existen para procurar bien común.No se supone que hagan lo contrario: dañar ni estropear una sociedad hasta desmembrarla, hasta desbaratarla y alimentar, con morbo retorcido, sus monstruos más enquistados, aquellos vicios y perversiones capaces de precipitar al despeñadero a las minorías, como si fueran amasijos de historias pedantes.

Porque la verdadera política, aunque no se ejerza con aquella honda convicción social, es un favorecer. Es una salvaguarda de lo público que también es la ventana y el reflejo de lo privado, de las aspiraciones domésticas. Hay, porque existe aunque no se palpe, una línea divisoria, de trazo delgado, entre el partidismo y la política. Se llama servicio. Para otros quizás sea humanidad y quizás, desde una visión más teológica, hasta tenga que ver con la piedad.

Pero sea cual sea el sustantivo, el ejercicio de la política supone un acto compartido de libertad, de entrega honesta y de compromiso extendido. Quien se diga político debe dar muestras desinteresadas de obediencia y más aún si se desempeña en un cargo público, pues el llamado es aún más riguroso. El compromiso es uno e inalienable. Todo el que tenga acceso a la riqueza de una nación o determinada porción de su territorio tiene el deber de procurar las condiciones materiales y espirituales para proveer educación, salud y progreso. Las bases de cualquier desarrollo.

Quizás sea solo una entelequia, el concepto más idílico de política o la teoría más impoluta, pero tiene que haber mucho de ello, no en los políticos sino en sus políticas, pues al final es es el surco más profundo después de una gestión. Me asombra cómo quienes ostentan el poder ponen en marcha sus elucubraciones partidistas para tragarse cuanto voto ingenuo miran. No solo es la estrategia en Venezuela, donde el chavismo pactó con la perpetuidad, la es también en Madeira, la región autónoma de Portugal, donde los opositores se quejan del Partido Social Demócrata, con 42 años en el poder.

Los edificios públicos, cubiertos con armazones metálicos, que revisten las fachadas de concreto ajados y de ventanas vetustas, prueban los arreglos de última hora. Pero no todo es fácilmente remediable en la Madeira de tiempos electorales. Se requiere una inversión extraordinaria para contratar personal calificado y devolver el vigor a los hospitales que, sin ser nada parecidos a los de Venezuela, resuellan la falta de especialistas.

La lista regional de espera por atención médica asciende a 50 mil actos. De ese número, 21 mil son cirugías, 7 mil más que hace cuatro años, según detractores de la gestión de Albuquerque, la cabeza del PSD en la isla. Un partido que, a juzgar por la regresión del sistema de atención sanitaria, deja un saldo negativo, en su gestión todavía en curso. Es el trueno más ensordecedor. Cómo es que una isla, con 255 mil habitantes y un crecimiento económico sostenido en los últimos 72 meses, tenga tal dificultad. Los empleados públicos tienen al menos ocho años sin percibir un aumento colectivo y no deja de ser más barato tomar un vuelo a Madrid o Reino Unido que viajar al continente portugués.

Con los venezolanos en un primer plano en la escena política, puede que estos y otros temas se debatan en la Asamblea de Madeira. Por ahora, los miles de criollos que hacemos vida en esta porción de viejo continente permaneceremos despabilados para ver el curso de la política regional.

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